Deportes

El legado de Riquelme: se despidió Román, lloren la muerte del último 10

EL LEGADO DE RIQUELME

Diego García | Jueves 05 de febrero de 2015
Con la retirada de Riquelme exhala uno de sus últimos suspiros la figura del enganche libre de la mordaza táctica. Por Diego García.


Jugar a la pelota
. Eso es todo. Actuar siempre en coherencia con esta primitiva querencia, interiorizada casi con el disfraz de necesidad, sin importar el contexto, escenario o compañía. Con el cultivo colateral y no tan indirecto de las filias y fobias de un hincha bostero inserto en un núcleo familiar que representa el paradigma de la concepción argentina del fútbol como fuego sagrado del corazón, conformado por nueve hermanos -cinco chicas y cuatro mozos- y un padre, el señor Ernesto Riquelme -valga a este respecto subrayar que el protagonista confesó que jamás ha pedido la camiseta de River a su amigo y compañero de exquisita generación Pablo Aimar porque “no me dejan entrar en casa”-, que acostumbró a su futbolista en potencia a acompañarle desde los 14 años en los torneos de mayores -llamados “relámpago“, que se disputaban por dinero- albergados en villas en las que no faltaban “piñas y patadas”. Así escapó Román, en 18 años de carrera, de profesionalizar -en sentido pragmático- su despliegue sobre la hierba. De este modo destacó su resplandor junto a aquellos pocos nombres que, en el balompié de la mercadotecnia de las últimas décadas, rezuman la asilvestrada pureza simbólica del jugador que trasciende con independencia de traspasos millonarios. Posicionando su estela de naturalidad en el cortejo del balón alineada con el romántico camino marcado por Bielsa, cuando el técnico sobre el que gira la reflexión metafísica de este deporte en el presente denuncia que "el mundo del fútbol cada vez se parece menos al aficionado y se parece más al empresario”. “Los empresarios que se adueñan del fútbol creen que los aficionados son igual a los 30.000 operarios que tienen, pero los operarios trabajan y los aficionados sienten", sentencia el lanzador de ilusiones, ahora empeñado en Marsella.

Porque Juan Román Riquelme se dispuso, allá donde jugó y desde su alumbramiento, a aplicar ese desafío perenne al tacticismo que ha terminado por sentenciar a la sospecha perpetua a los jugadores dotados con cualidades de calidad selecta, casi artística, que contemplan la labor defensiva como una atribución ajena. Así, este artesano enfrentado a la pompa del éxito paseó siempre una honestidad enraizada en el rol que desarrolló en los potreros. Una vertiente desde donde ejercer la exclusividad del último pase que solo se traduce con literalidad si se cataloga su esencia como la del enganche, tan regionalista que no se comprende separado del profundo arraigo a la tierra. Alejada de la significación del trecuartista italiano o el mediapunta español, sin cotejo estricto en el Viejo Continente. Desde esa conducción elegante, la propuesta de baile al marcador de turno como elemento a disfrutar, no a eludir, con el tiempo de recreo que resultara necesario -en América todavía no mandan las prisas ni hay hierba corta en el fútbol y de ahí su sabor añejo-, elevando a lo absoluto el término gambetear, creció su legado hasta alcanzar la consideración de icono para discutir la abrasión de la dialéctica táctico-colectiva-pragmática sobre lo natural, lo imprevisible e improvisado. Lo genial.

Arrancó su hueco en la batalla conceptual atravesando el puente del escepticismo con el aliño de la gestión impecable de la pausa, del tempo de la transición, la apertura de caminos y pasadizos disparado sobre una visión de juego preclara y un toque aterciopelado. Alcanzando el estatus de resolutorio de campeonatos aposentado en la élite desde la atalaya del que considera el esfuerzo físico como un actor secundario de todo esto e impone la sencillez en el análisis de lo que acontece en el verde bajo el prisma de lo endógeno, del talento inmaculado e incorruptible. “El entrenador tiene demasiada importancia hoy en día y el fútbol está un poco raro. Hay nerviosismo cuando se pierde y siempre es porque juega mal el “10”. De lunes a viernes nos quejamos de que el fútbol argentino está mal y cada vez se juega peor, pero, a la vez, escuchamos que hay que quitar al “10” y poner a un “5” en lugar de sacar un “5” y meter a otro “10, resumía Riquelme antes de regresar por última vez a Boca -lo hizo en tres ocasiones-, en esa relación ardorosa que solo el hincha sin aristas metido a futbolista relevante entreteje con su club y los dirigentes aledaños. Ese manejo, tan latinoamericano, de números en lugar de nominaciones relacionadas con juicios posicionales y prerrogativas específicas sujetos bajo la autocracia de la táctica moderna, delata su libertad salvaje para leer y afrontar su decisivo quehacer como faro de sistemas diseñados en el laboratorio táctico.

“Me gusta tener la pelota, agarrarla constantemente y hacer jugar al equipo”, expuso días después de su debut profesional el tímido nuevo ídolo del gigante emocional latinoamericano, Boca Juniors. Noventa minutos concedidos por Carlos Bilardo para un mayor de edad de reciente cuño. Aperitivo distinguido para la tribuna xeneize conformado por controles deliciosos, bisagras técnicas que deshilacharon la marca de la retaguardia de Unión de Santa Fe, un pase ilustrado en plano ciego desde el pico del área rival para la zurda del Tito Pompei y la primera asistencia, con el Negro Cáceres como receptor, que tomó cuerpo descubriendo un carril limpio para el desmarque del central ex del Zaragoza, obviando el achique de cuatro peones rivales. A esta extensión del dominio jerárquico del escenario desde la competitividad juvenil a lo profesional, que hizo explotar el templo argento por excelencia, arrastrando para aquel “8” recién llegado el amor furioso de La Doce y embelesando para la posteridad a La Bombonera en una suerte de pleitesía platónica, se atribuye el advenimiento oficial del último “10”. Un nombre que vino a tomar el relevo en la institución de El Diego. El tótem divino, que pasó a abandonarse al furor en la tribuna del coliseo de la calle Brandsen 805, sembraba el terreno sentimental para que el testigo, tan diferente en estilo y estética -por esto último nunca padeció lo espeso de la sombra de la comparación con Maradona-, recogiera con naturalidad la responsabilidad. “¿Qué se siente jugando por primera vez en La Bombonera?”, le preguntó el reportero tras el pitido final. ”No, no, no es la primera vez, ya había jugado en este estadio antes, con la reserva, pero es impresionante”, aseveró el protagonista de uno de los debut más rotundos que haya conocido la cultura futbolística.

La honestidad espontánea del sentido común llevó a racionalizar y enfriar el éxtasis presumible al aprendiz en su exitoso saludo oficial a los focos y, asentado en este vértice de análisis, plano en humildad, la figura de Riquelme creció hasta colmar la cima del fútbol americano y mundial sin mermar un ápice la elegancia en la conducción y en la aceptación de las dentelladas rivales inherente a sus pasos desde que ingresara en la cantera de Argentinos Juniors. Dibujando una trayectoria en la que cada decisión, fuera y dentro de la cancha, asomaría salpicada por la impermeable ligazón enraizada a su patria chica, su núcleo familiar y de amistad, con todo el simbolismo que encerrara, en los tiempos que corren, que un ejemplar tan bendecido por el talento como este colocara lo monetario fuera del objetivo que traza el escenario. Y más, contemplado desde la concepción europea de la estrella del fútbol. “En 1996 pasé de Argentinos (Juniors) a Boca y al poco tiempo me compré mi casa a cuadra y media de donde nací (el barrio bonaerense de Don Torcuato) y sigo viviendo ahí. Tengo a mis amigos todos los días y la paso muy bien”, sintetizó Román sobre el diseño de su espacio vital. Una filosofía que limitó su estancia a este orilla del Atlántico y le granjeó, sobre todo durante su brillante estancia en Villarreal, la reputación de ogro de marca blanca, que peleó, como portavoz de cierta parte del vestuario, por más días de permiso vacacional para aquellos jugadores que dejaban a sus familias en América. Una iniciativa, ésta, tan nostálgica como traicionada por buena parte de los interesados en aquel camarín, según relataba el Vasco Arruabarrena, la voz amiga que le propuso esquivar el acuerdo Barça-Atlético para que hiciera proyecto lejos de la patria en comodidad, brazo con brazo con su ex compañero de batallas en aquel Boca de la Libertadores de 2000.

Pararse a pasear a través del recorrido deportivo de uno de los mejores futbolistas de la historia xeneize circunscribiendo el relato a su ilustre palmarés -tres Libertadores (2000, 01 y 07), cuatro Aperturas (1998, 00, 08 y 2011) con dos de ellos imbatido, un Clausura (1999), una Intercontinental (2000), máximo asistente y Bota de Plata en la Copa América (2007), máximo asistente de la LFP (2005), mejor jugador de la Libertadores (2001), jugador con más presencias en la Bombonera y con más goles y partidos en la Libertadores en la historia de Boca- escapando a lo trascendente de su legado constituye un dislate proporcional al peso de su resistencia, casi aislada en este presente, a la extinción definitiva del enganche paradigmático que enamoró en el siglo XX. Es por ello que los matices que perfilan el personaje acompañan a este coloso de seda en cada cita, con independencia de lo egregio de la cita.


Con dicha lealtad a su instinto y particular concepción del juego, perfilada bajo el paragüas formativo de Pékerman en las inferiores de la albiceleste, fascinó a Carlos Bianchi -el oráculo del banquillo bostero del presente siglo- en el Mundial sub-20 de 1997 y, sobre todo, en el Torneo Juvenil de Toulón, del siguiente verano, del que resultó mejor diamante a pulir (enfrentándose en el casting a nombres como Pablo Aimar, Thierry Henry, David Trezeguet, Ricardo Carvalho, Frederick Kanoute, Esteban Cambiasso, Nicolas Anelka, Michael Owen o Frank Lampard), para obligar al Virrey a diseñar un sistema que cultivara de trabajo una estructura que liberara a su creador rutilante de la labor menos grata, entregando a su “10” la elección del pentagrama a ejecutar del último bloque argentino envuelto en misticismo. Y, del mismo modo, girando en torno al axioma de “jugar a la pelota” -expresión que sustituye en su léxico a “jugar al fútbol”-, afrontó y ejecutó algunas de sus obras maestras. Extractos de singular belleza que exceden la frialdad estadística del resultado o el título cosechado.

El Parque Antártica de Sao Paulo acogió, el 13 de junio de 2011, la vuelta de las semifinales de la Copa Libertadores de aquella edición, con tablas en la ida. El Palmeiras, equipo local, caldeó el ambiente permitiendo, con displicencia, el ardor en la escena con los lastimosamente tradicionales en el país carioca fuegos de artificio y bengalas, en la tribuna y la violencia sobre el césped -en aquel episodio, un hincha hizo acto de presencia en la chancha para asestar una patada voladora al linier acusado de mala praxis por la torcida-. En la previa, la dialéctica apuntaba hacia una agresividad dirigida a romper el romance Riquelme-balón. En la práctica, el último enganche que ha hecho honor a dicha consideración sufrió una práctica ligada a tan elevada creatividad teórica, el marcaje al hombre. Sin embargo, Román, que jugaba de delantero cuando al equipo de su padre le faltaba un compañero de entrada a la villa de turno, pintó un cuadro icónico en la máxima competición de clubes americanos. No solo maniató al cerrojo dispuesto en forma de lapa personalizada, Galeano, sino que repitió la pieza regia que convirtió en costumbre desde que avistara Unión de Santa Fe a los 18: dirección del ritmo de juego desde la mediapunta, conducción fluida de las transiciones, con pausas -y respiro de sus compañeros- dibujadas a través de gambetas endulzadas por amagues, recortes y taconazos que, a menudo, veían su epílogo con cuatro brasileños persiguiendo el “10” de la espalda de Román. Una presentación al mundo, que confirmaría domesticando a la mejor versión física de Makelele -excelencia táctico-física del mediocentro defensivo de este siglo- en otra pieza de museo ante el Real Madrid protogaláctico en el Estadio Nacional de Tokio, reproduciendo el guión personal, que confluyó en la petición aceptada de cesión de cintura a su par y cambio de dirección para perfilar un chut raso que besuqueó la ribera del poste de Marcos para el 0-2. Explotaba la delicadeza jerárquica de Riquelme en Brasil, un acontecimiento que se convirtió en sistemático, atravesando su experiencia en la Libertadores.

Subiendo el latido de la vibración, el hijo de Don Torcuato alcanzó cotas reservadas a los excelsos, relativas a generar imágenes que trascienden generaciones en el subconsciente colectivo. Más allá de lo anecdótico -las orejas de “Topo Giggio” que se plantó, tras resolver el 3-0 de aquel clásico ante River de 2001, con mirada desairada hacia el palco que gobernaba Mauricio Macri, todavía alejado de las aspiraciones para con la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y de la investigación por espionaje a ciudadanos- o lo axiomático de su estilo, el populacho y la historia del balompié guardan en la retina de la leyenda a Yepes como sujeto pasivo de un recurso de inconcebible regusto. En otro duelo ante River, en otra cita relevante, la vuelta de los cuartos de final de su primer entorchado en la Libertadores -24 de mayo del 2000- y en una goleada más asestada a los millonarios en la Bombonera -que disfrutó de un libre directo con golpeo de seda del 10 xeneize para hacer sollozar a Bonano en la ida del Monumental- Riquelme sobresalió para alcanzar lo memorable de entre aquel recital orquestado de los Óscar Córdoba, Hugo Ibarra, el Patrón Bermúdez, el Vasco Arruabarrena, Guillermo Barros Schelotto, Sebastián Battaglia, el Chelo Delgado y Martín Palermo. Y lo hizo diseñando un túnel sobre el central colombiano en la banda, a la altura de la medular, de espaldas, con toque orientado hacia la salida de la trampa de ayudas que le arrinconaban. Todo ello pisando la pelota, una herramienta que denota el nivel técnico, tan elegante y distinguido como inherente al manejo del balón del astro en cuestión. De aquella cima, superada en sentido plástico con el doble taconazo en túnel con Charles Pérez y Rosario Central como víctimas -este contexto constituye, además, un guiño al ser el enemigo íntimo de Argentinos Juniors, la cuna de Román-, reflexionó el protagonista destacando que “vi que tenía la línea (de banda), que tenía en la espalda a uno de River y a otro en el medio. Lo único que me quedaba era hacer eso y tuve suerte porque me salió bien. Pero lo más valorable de todo eso es que Yepes no me dio una patada. Si es cualquier otro me hubiese tirado contra el cartel”.


Sin exabruptos propios de la euforia o el hedonismo de la estrella. Así, con un discurso extremadamente futbolístico, en el que nada importa fuera del césped, que emana del orgullo del tímido, fronterizo con el respeto críptico, esta icónica figura asume la doble concepción que de su dimensión se guarda según el continente que juzga explicando que “no es necesario correr en Europa, lo que ocurre es que la pelota va muy rápido allá” y reflejando, en este relato sobre su arribo a Can Barça, la fricción entre la escuela que protege al enganche y la que supedita la calidad al trabajo táctico-físico: “Después de la conferencia de prensa en la presentación, todos estábamos contentos y el entrenador (Louis Van Gaal), me dice que tiene que hablar conmigo. En el vestuario había una mesa llena de vídeos. Me dijo: “Estos vídeos son todos de usted. Cuando tiene la pelota es el mejor jugador del mundo, cuando no tiene la pelota jugamos con uno menos”.

Recién llegado a la ciudad condal comprendió lo indigesto del trago. El prestigio americano carecía de valor en Europa y su estilo no gozaba de colchón de entendimiento en un sistema engrasado sobre el rigor táctico, la economía de espacios y la velocidad en el ritmo asociativo. Conceptos antagónicos a su paradigma de juego. Consiguió regatear aquella obsesión de recluir su magnetismo jerárquico a la banda izquierda lanzando al submarino amarillo hacia el histórico tercer puesto de la Liga y la legendaria semifinal de Liga de Campeones en la que marró el penalti ante Lehmann. Y escribió con Diego Forlán apuntes dorados en el rebelde de aspecto más ofensivo y alegre del último tiempo en nuestro fútbol antes de secar la llama de su nostalgia para regresar a Boca y tomar las riendas creativas del equipo campeón de la Libertadores de 2007, sin deshacer la maleta, como si cuatros años de exilio no importaran –en aquel punto Rodrigo Palacio, hoy interista, acompañaba a Palermo y Banega dirigía la posesión. Román anotó tres dianas en el último peldaño ante Gremio -uno en el 3-0 de la ida en La Bombonera y dos en el 0-2 disputado en el Monumental de Porto Alegre- para dirigir la mayor diferencia de goles en una final de Libertadores, sumar 8 goles a su Bota de Plata, por detrás del guaraní Salvador Cabañas (América mexicano), y cerrar un retorno resplandeciente con la nominación al Balón de Oro internacional como único representante de los clubes latinoamericanos.

No cercenó al aficionado la posibilidad de seguir paladeando su talento añejo, exótico en estos días, sin colocarse la camiseta de Argentinos Juniors para devolver a este clásico a la primera división del fútbol argentino. Para el anecdotario quedará que el último partido como profesional de Juan Román se disputó el pasado 7 de diciembre en el estadio Diego Maradona, el mito que provocó su renuncia a vestir la albiceleste por una fricción mutua cuando éste dirigía a la selección argentina desde el banquillo en 2009. Ahora, su vida personal no variará demasiado. El pasado fin de semana se le vio animando a su equipo en La Bombonera, tomando mate en tribuna. Es probable que no presuma de legado, ni que se muestre irrespetuoso hacia Martín Palermo -la relación de compañeros idolatrados convertida en hielo con el paso de los años y las fricciones, que alimentaron el faranduleo paralelo al vestuario bostero más de lo que le habría gustado a la timidez del artista-, y que permanezca tenaz en la desavenencia con los dirigentes de Boca, o que pugne por seguir influyendo en el futuro de la institución de su espíritu desde el palco, como susurra la rumorología. Lo que parece irrebatible es que se apaga la mística del último nombre relacionado con la ortodoxia de lo inesperado, del fútbol de figura diagonal para con el guión teórico, y no se avistan demasiados candidatos en el horizonte mientras Riquelme aguarda su homenaje con rubor y “vergüenza”.

Ángel Cappa, mano derecha de Cesar Luis Menotti en el 82 y en la expansión de la palabra extramuros definía a Riquelme como uno de los últimos menottistas: “Es uno de esos tipos realistas capaces de hablar las cosas con convicción, que se anima a decir que de cualquier forma no se puede ganar, y que lleva el fútbol puesto, por eso tiene problemas. Por eso dicen que es un tipo conflictivo: porque no acepta las barbaridades y las pelotudeces que circulan alrededor del fútbol. Sí, Riquelme es, quizás, el último menottista. Es el tipo donde queda algo de la cultura argentina, del cuidado de la pelota”. Y, en efecto, Menotti, el generador de la metafísica futbolística en su antagonismo con Bilardo -aquel que hizo debutar con toda responsabilidad a Román, cerrando todo ápice de balompié argento relativo a su recorrido deportivo-, que recomendó al Barça su fichaje y resaltó que “no tengo dudas que hará emocionar al Camp Nou y feliz a la afición” para, más adelante, señalar desde su cargo de asesor futbolístico del club culé que debían “cuidar” a su compatriota en pleno lost in translation tras la llegada de Antic en Navidad, contempla la dimensión de Riquelme como “el mejor jugador que maneja la gestación y la tenencia de la pelota, con una belleza especial”. Y todavía, en este epílogo, le regala un guiño teórico: “Con una jugada te gana el partido pero, para mí, en el último tiempo se entrenó demasiado porque a esa altura no importa tanto la condición física". Él solo quería jugar a la pelota. Y sólo lo consiguió, en esplendor, en su casa. Donde tenía a mano el asado de rigor con las amistades que le acercaban al entrenamiento en las inferiores de Boca.