Opinión

Rebelión en la cocina

Viernes 23 de mayo de 2008
Un fantasma vanguardista recorre los fogones de medio mundo, con innovaciones para todos los gustos. Lejos quedan los tiempos en los que salir a comer o cenar se convertía en un mero placer gastronómico. En España, uno de los más prestigiosos cocineros, Santi Santamaría, ha levantado la liebre. Con seis estrellas Michelín a sus espaldas -pocos pueden presumir de semejante galardón-, se ha atrevido a decir lo que muchos pensaban: no toda la “nueva cocina” es aceptable.

Bien es verdad que cada uno es muy dueño de tener su propio gusto, pero de ahí a imponer una moda basada en humo, hay un trecho. Humo precisamente es lo que se puede degustar en algunos restaurantes “de vanguardia”, amén de toda suerte de pócimas y composiciones químicas que, al menos en teoría, se asemejan más bien poco a eso que llamamos “comida”. Así pues -como en tantas cosas- también en la cocina hemos entrado en un mundo virtual. Vender humo, por otro lado, sale rentable. Mucho. El precio de un “menú degustación” -al que más vale recurrir, pues muchas veces la nomenclatura de los platos nos hace dudar si la carta estará redactada en nuestro idioma- puede alcanzar niveles exorbitantes. Y sí, desde luego que hay quien ha innovado cocina y economía. La cocina, como otras disciplinas, no ha de anquilosarse sino avanzar. Por tanto, la búsqueda de nuevos sabores y texturas es enriquecedora, nunca mejor dicho. Pero, ya que de innovar hablamos, una cosa es cocinar algo distinto, y otra servir un plato hecho a base de gelificantes y emulsionantes con esencia de no se sabe muy bien qué. A la gente le gusta saber lo que come, lo cual no siempre es posible. Y un último dato: el rey de todo certamen gastronómico suele ser el jamón. Sin florituras. Esperemos que a nadie se le ocurra “deconstruirlo”.

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