TRIBUNA
José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 06 de febrero de 2015
Un muy estimado antiguo alumno –libre, pero sin nada de oyente…- del cronista en la vieja Universidad de Barcelona ofrece en su trayectoria pública actual un ritornello que, a las veces, cabe semejar enfadoso, mas en su almendra es toda una lección de sana y alta política. “Programa, programa y programa”, tal es para él –y muy puesto en razón- la esencia de cualquier política, proclive per naturam a la dispersión y, en último extremo, a la frivolidad o esterilidad si no se articula sobre goznes conceptualmente bien definidos. Si se sustituye el término “programa” por el de proyecto, seguramente nos encontraremos en un terreno aún más destacado al incluir aspectos y facetas de la existencia humana más extensos y tal vez incluso más importantes que el de la política tout court.
Pues todos atesoramos la experiencia de que sin proyecto ni la vida individual ni la colectiva logran encaminarse a metas fecundas en el ámbito personal e institucional. En efecto, en todos los medios en que se desarrolla la convivencia social se observa sin mayor dificultad que aquellos de nuestros conciudadanos con un destino más plenificante, así como las corporaciones privadas o públicas de estela más refulgente y provechosa son los que ordenaron su andadura conforme a una idea-fuerza o unos principios nítidos encaminados a la consecución de unos ideales u objetivos también dibujados con la precisión que es humanamente agible.
En la vida española hodierna la ausencia o, por mejor decir, la carencia de proyectos constituyen una de sus notas configuradoras, con elevado déficit para su desenvolvimiento más enjundioso en todos sus planos. Se constata así que instituciones de capital trascendencia y muchas otras de prestancia y fulgor sociales menos relevantes, pero no por ello de menor primordialidad para aquistar o mantener el nivel de nación notoria en el panorama internacional, se despliegan en un horizonte rutinario mortecino. Aunque lejos de ser las únicas, la Universidad y el Ejército ejemplifican con patencia cegadora lo afirmado. El Alma Mater hispana, desustanciada por el gigantismo burocrático y la grisaciedad vocacional, resulta ser con pesarosa frecuencia una simple caricatura de su espléndido, maravilloso ministerio al servicio del rigor científico y humanístico, peldaños insustituibles para escalar a las sumidades de los grandes pueblos de estos comienzos de siglo. Entre ellos, sin duda, se halla el ruso.
Nada se entiende de su política del día sin la total asunción del lado de Putin y de una inmensa mayoría de sus compatriotas del ideal de la “Gran Rusia” que conformó, durante siglos y sin cesura cronológica alguna, el talante patriótico de sus gobernantes y elites. Sus fuerzas armadas se erigieron en todo tiempo en protagonistas ahincadas de un proyecto –un sueño- nacido de las entrañas de la sociedad rusa. Sin perjuicio de abordar en otra coyuntura con el debido detenimiento tan singular asunto, es claro que, reducido a poco más de un remedo de las múltiples y beneméritas ONGs que pueblan la geografía española, el Ejército español se ubicua, a la fecha, en coordenadas mentales y acaso también profesionales muy alejadas de motorizar o ayudar grandemente a hacer realidad proyectos concernientes a sostener intacta la unidad española a través de medios pacíficos, sin pretorianismos ni viejas apelaciones “al soldado”.