Críticas

Mr. Turner, paisajes en la gran pantalla

PODRÍA GANAR HASTA 4 PREMIOS

Laura Crespo | Lunes 09 de febrero de 2015
Cuenta los últimos 25 años de vida del paisajista británico William Turner.

Contemplar un paisaje, uno increíblemente bello, durante dos horas y media y mantener el interés por sus colores, sus formas o sus matices de principio a fin exige de un alto grado de sensibilidad. Lo mismo ocurre con Mr. Turner, la aclamada obra –un término muy adecuado en este caso- del cineasta Mike Leigh sobre la vida de William Turner, el ‘pintor de la luz’. Una encomiable labor de plasmar la vida de un hombre y no la de un mito, con un trabajo de fotografía excepcional y una interpretación magnánima. Son los puntos (muy) positivos de la cinta sobre los que es necesario volver en más de una ocasión durante el visionado para no dejarse arrastrar por la sensación de un alargamiento innecesario, por el peso de un metraje excesivo que termina afeando el conjunto.

Como Turner, Leigh ‘pinta’ una serie de estampas: pone al protagonista en distintas situaciones que invitan al público a descubrir este o aquel rasgo del hermético ser del pintor. El cineasta británico ha querido ser fiel al más puro realismo y consigue que, a diferencia de lo que terminan siendo la mayoría de biopics, en Mr. Turner no quepa la indulgencia ni la condescendencia con el retratado. El pintor de los paisajes se presenta como lo que fue: un hombre cuya capacidad artística era inversamente proporcional a sus habilidades sociales, rudo, con una expresión corporal más parecida a la de un jabalí que a la de un ser humano, emisor de sonidos guturales y gruñidos muy lejanos a las palabras y con apenas aptitud para la empatía.

La necesidad de ser pulcro en la representación de Turner lleva a no ficcionar el guión que, sumado a la apoteósica labor del actor Timothy Spall, infiere a la cinta un aire documental: se van sucediendo las situaciones, los episodios de la vida del paisajista, sin que haya un hilo conductor más allá de la figura del propio Turner. El director recoge a William Turner en la época previa a la muerte de su padre, como si ese personaje interpretado por Spall ya estuviera allí viviendo su vida antes de ponerle la cámara delante, y reproduce algunos momentos de los 25 años que van desde entonces hasta el fin de los días del propio pintor. No hay un conflicto concreto, nada que le otorgue a la historia la contundencia de la unidad, como si no existiera un público al que hay que intentar agradar sino una existencia real fortuitamente expuesta a ojos ajenos.

Es una fórmula atractiva e interesante que, sin embargo, alargada durante dos horas y media termina por restar interés y afectar a un ritmo que peca en exceso de regular, sin picos que agarren al espectador y le obliguen a seguir metido en la trama. En definitiva, la película queda aquejada de un constante riesgo de desconexión con el patio de butacas.

Con una ración extra de paciencia, Mr. Turner sí se presta a disfrutar, en especial, de dos factores que la convierten en una verdadera obra de arte. Dos aspectos con nombre propio: Timothy Spall y Dick Pope. El actor londinense se perfila claramente como uno de los candidatos fuertes al Oscar por una interpretación compacta, sudorípara, enfermiza y plagada de matices hasta la extenuación. Especialmente destacables son las secuencias que comparte con Roger Ashton-Griffiths, el padre del artista en la película, con quien genera una complicidad pasmosa y retrata de forma sutil y desconcertante la tóxica relación paternofilial. Para quienes son además eruditos en William Turner y su trabajo, la brillante representación del pintor será una delicia, sobre todo en aquellas escenas que reproducen las vivencias escondidas detrás de algunas de las pinturas más célebres del artista británico.

Por su parte, Pope vuelve a trabajar para Leigh como director de fotografía y, si ya había demostrado su destreza a la hora de trasladar el peso del argumento a la atmósfera visual en cintas anteriores del realizador (Life is Sweet, Naked, Career Girls, Vera Drake o Another Year entre otras), en Mr. Tuner ofrece el festín definitivo, instando al espectador a gozar de las luces y las sombras propias de la obra del pintor en la pantalla. La plasticidad, las texturas y los colores de la pintura de Turner se trasladan a las vistas panorámicas de la película y garantizan un inmenso goce estético.



En lo temático, aparte de la evidente tesis sobre la figura de Turner tanto en lo personal como en su concepción de la pintura, la película rezuma un buen abanico de reflexiones acerca del mundo de arte, su elitismo prácticamente inmutable que ha cambiado en siglos de forma pero no de fondo, la inconsistencia de sus lindes o la aleatoriedad de estar dentro o fuera de ellas. Mr. Turner pone también el acento en lo efímero e irracional del éxito, incontrolable, imprevisible y poco fiable.

Más allá de la figura de William Turner, la película tiene una lectura universal en tiempo y espacio puesto que, en el fondo, habla del irremediable paso del tiempo y sus consecuencias: de lo que está de moda y lo que deja de estarlo, de envejecer en una sociedad que muta cada vez más rápido y de sentir la obsolescencia en las propias carnes.

Mr. Turner es una obra de arte que merece ser observada como tal: con delicadeza, capacidad de análisis y apertura sensorial. Como producto cinematográfico, la combinación de un argumento sutil y un metraje muy excesivo le resta nota.