Opinión

Ibermúsica en Nunca Jamás

TRIBUNA

Jorge Casesmeiro Roger | Martes 10 de febrero de 2015

Si cultura es la configuración humana del mundo (Fritz März), culto es todo aquel que participa activamente en ella. Algo que Alfonso Aijón ha hecho con creces, derramándose a conciencia por la promoción de la música clásica en España. Pero los impresionantes ciclos que fundó y dirige desde 1973 parecen hoy condenados al silencio. Porque como confirmaba recientemente a los medios el propio Aijón, Ibermúsica se encuentra en bancarrota después de haber perdido este año ochocientos abonados. La noticia conmueve. Pero más admira leer que este emprendedor octogenario ha puesto su casa en venta para salvar la temporada; lo que, según cuenta, ya ha conseguido en tres ocasiones hipotecándola. Y qué quieren, a mí la idea de un hombre capaz de hacer eso para que otros puedan ver a Evgeny Kissin interpretar una sonata de Beethoven, por poner un ejemplo, me parece grandiosa. Viste, Aijón, unos ochenta y cuatro años tan lúcidos como intrépidos. Este hombre tiene thymos, habría dicho un griego ante su gesto (coraje, ímpetu, vigor).

¿Y qué?, parece responder él. Se acabó. Adiós, Leonard Bernstein; adiós, Celibidache, queridísimo Solti… Nuestro tiempo ha pasado: “Las colas que daban la vuelta a la manzana, o la gente que hacía noche aquí, en la puerta del Teatro Real, para comprar una entrada de Ibermúsica, no volverán a repetirse”. Por qué?, pregunto. “Porque ningún gobierno –lamenta Aijón–, sea del color que sea, ha apoyado la música como debía hacerlo. Yo admiro a los deportistas, dice, y aplaudo el apoyo que ha tenido el deporte por parte de los distintos gobiernos. Pero es una lástima que no hayan hecho lo mismo con la música, con la cultura en general, para fabricar esos públicos enormes. Y eso se está pagando ahora: el público de la música clásica son los señores de pelo blanco. Y se están muriendo o no pueden salir de casa. No ha habido una renovación”.

¿Entonces? El futuro, señala el empresario, está en la educación. Pero no en los conciertos para jóvenes, que según él no sirven: “Los jóvenes, fisiológicamente, prefieren saltar durante dos horas en un concierto de rock a estar sentados en un auditorio escuchando música clásica; no tienen concentración. Y eso se corrige llevando la música a la escuela, que esté presente desde párvulos”.

¡Fantástico!, exclamo entonces; y luego, pensando en todos los momentos que ya compartido con mi hija de cuatro años en torno a la música clásica, me digo que antes, antes incluso de la escuela infantil. La música clásica puede ser, ya en casa, una compañera de crianza tan cálida como eficiente: acuna el sueño, salpica en la bañera, acompasa los juegos y también las primeras pinturas… ¿Qué no? Miradla. Tan pronto mueve las caderas con el Bugui Bugui de los Cantajuegos, como se yergue para danzar el Mon coeur s’ouvre à ta voix de Saint-Saëns. Y esta convivencia se da con total naturalidad porque el niño, como recuerda George Steiner, es la materia prima de la cultura y de la civilización en sí. Algo, por cierto, que ya advirtió Ortega cuando dijo que la madurez y la cultura no son creación del adulto y del sabio, sino que nacieron del niño y del salvaje. ¡Claro! Si ya la primera acepción de la palabra cultura, que nos viene de Roma, también significa crianza. Y no en vano los griegos llamaban paideía –de paidos o niño– al compendio formativo de su propia civilización.

En resumen, que el niño es el padre del hombre (Wordsworth), porque como glosaba el rondó de Machaut: Mi fin es mi comienzo / y mi comienzo mi fin. Y cuando una cultura se olvida de los niños, de agacharse y de auparlos, le pasa lo mismo que a esos conciertos de pelo blanco: que se muere por falta de recambio. Entonces me pregunto: si este empresario ejemplar habla tan claro, si el derrumbe es tan obvio como diáfano el camino a seguir, ¿por qué no hacemos algo al respecto? Alfonso Aijón, con su sapiencia y el dedo en el mapa, señala hacia la infancia. Pongamos rumbo a ella. Y en cuanto a los jóvenes, sigamos invitándolos a bordo. Quizá la imagen de un adolescente concentrado en una sinfonía de Bruckner parezca hoy imposible. Pero, francamente, no más que la de un anciano vendiendo su casa para que siga el espectáculo. Como decía un amigo: son cosas que no se ven, pero existen.