Juan José Laborda | Jueves 12 de febrero de 2015
A los pocos años de que Chile fuese independiente, en 1839 se enfrentó en una guerra con Perú y Bolivia, entonces confederados, y la apartada y modesta República chilena obtuvo un triunfo militar tan grande como insospechado. Esa guerra, como otras que estallaron en Sudamérica en el siglo XIX entre los nuevos Estados iberoamericanos, rompió en mil pedazos, y hasta ahora, la ilusión de Bolívar y de San Martín de reunir en una unidad política los países del viejo reino español. ¿Por qué los territorios que surgieron del estallido de las colonias inglesas se unieron en dos unidades estatales -los ingleses se temieron que Canadá fuese integrada en USA sin apenas resistencia- y la América ibérica se separase en un gran número de soberanías estatales? ¿No había mayor homogeneidad idiomática y religiosa en los iberoamericanos que en los americanos del Norte? Y además, a comienzos de la era de las independencias americanas, eran más ricos y poblados los países surgidos al Sur del Río Grande que los ubicados al Norte.
El caso fue que la guerra de Chile con la Confederación Perú-Boliviana envenenó las relaciones entre las nuevas naciones sudamericanas, pero aquel conflicto, que haría imposible la unidad del Continente iberoamericano, forjaría para la República chilena su conciencia nacional, y también, estructuraría su sistema político y sus relaciones sociales.
En 1993 visité Chile invitado por Gabriel Valdés Subercaseaux (1919-2011), entonces presidente del Senado, cuando Frei hijo desempeñó la presidencia de la República. Gabriel Valdés, democristiano de la generación política de Adenauer, Erhard, Fanfani, Moro o Andreotti, había sido ministro de Asuntos Exteriores con Frei padre, el presidente anterior a Salvador Allende. Su mandato como presidente del Senado coincidió con el mío, y colaboramos mucho en tareas parlamentarias entre nuestros respectivos países. Firmé un acuerdo entre nuestros dos Senados, por el que intercambiábamos información política y establecíamos recíprocas estancias de funcionarios parlamentarios, con el objetivo de conocernos mejor como administraciones y como economías integradas en espacios de librecambio.
Mis sucesores en la presidencia del Senado prefirieron crear los grupos de amistad parlamentarios, que algunos calificaron de agencias de viaje altamente dinámicas, y yo lo llevé bastante mal, porque el Senado de Chile constituía una oportunidad única, y era una pena que sólo fuese otro grupo de amistad más, junto a otras naciones latinoamericanas, cuyos sistemas institucionales, a diferencia del chileno, no se parecen en nada al español.
Así que cuando iba a intervenir en el Senado de Chile, Gabriel Valdés tuvo la suficiente confianza para pedirme que evitara cualquier crítica al régimen de Pinochet, pues entonces el dictador ocupaba plaza como senador vitalicio de la República. “A ver si le gusta, presidente”, le contesté a mi colega chileno. Yo había preparado en España mi discurso, y en él hacía mención a la función nacionalizadora que desempeñó históricamente en Chile el Ejército (junto con las otras dos armas). Cuando terminé de leer mi texto, los senadores, puestos en pie, me obsequiaron con un sentido aplauso. El presidente Valdés me felicitó en público, y senadores de la Concertación (socialistas, radicales y democristianos), y de la oposición (los partidos de la Alianza por Chile), se acercaron para conocerme. En aquella ocasión hice amistad con Sergio Romero Pizarro, un senador de Renovación Nacional, el más ideológicamente liberal de los partidos de la Alianza, que después fue también presidente del Senado, y recientemente fue embajador del gobierno del presidente Piñera en España.
He tenido la oportunidad de hablar del componente militar de la República de Chile con varios políticos chilenos, de todas las ideologías, y desde hace muchos años. Coincidiendo con Sergio Romero en su embajada, un historiador de la Universidad Católica de Chile, Alejandro San Francisco, fue agregado cultural, y gracias a esa circunstancia conocí su obra “La guerra civil de 1891 (I) La irrupción política de los militares en Chile” (y II) “Un país, dos ejércitos, miles de muertos”. Hace poco tiempo, un investigador de ese país, Rafael Sagredo Baeza, ha publicado un libro, titulado “Historia mínima de Chile”, de la colección de “Historias Mínimas” de la editorial “Turner”.
Con esos estímulos me atrevo a opinar lo siguiente:
Los militares se identificaron siempre con la República, y la República chilena casi siempre se asentó en la división de poderes, con cargos y gobiernos elegidos, y con sufragio universal masculino desde 1888, y femenino para las elecciones municipales desde 1935, y para la totalidad de los cargos desde 1949..
Desde sus orígenes, con Bernardo O´Higgins (1778-1842), el héroe militar que logró la independencia, el ejercito tuvo un gran prestigio entre la población. Por causas específicas que ahora no puedo resumir, pero que tienen alguna relación con su aislada situación geográfica y su eficaz defensa armada en esa parte del continente americano, Chile se definió como comunidad nacional a partir de elementos que ya se hicieron presentes durante el mandato de Bernardo 0´Higgins: librecambio comercial con el exterior; identificación de la obediencia a la ley con la moral republicana; y surgimiento de dos élites, o tal vez, dos oligarquías políticas -una autoritaria y otra más ilustrada-, y junto a ellas, una tercera fuerza social y política que basó su representación en la gran mayoría del pueblo chileno.
Me interesa concluir señalando una importante diferencia de las dictaduras militares en Chile, cuyo tardío ejemplo ha sido la de Pinochet. Mientras Argentina, Venezuela y Brasil, al igual que sus modelos europeos franquista y fascista, padecieron dictaduras militares con su fuerte componente ideológico, que abolieron las libertades políticas y las económicas (el corporativismo y el proteccionismo comercial fueron sus signos propios), los dictadores militares chilenos, y el ejemplo de Pinochet fue explícito, no tuvieron ese componente populista que, sin embargo, caracterizó a Mussolini, Franco, Perón, Getulio Vargas, o más recientemente, al comandante Hugo Chávez.