Opinión

Del Tamayazo al Tomasazo

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

José Antonio Ruiz | Viernes 13 de febrero de 2015

Putin decreta el alto el fuego en Ucrania y los socialistas se lían a hostias en Madrid. El mundo, al revés.

Al paso que llevan, van a caber todos dentro del maletero de un Seat 600 en el WC de la sede de Callao, donde Pedro el Cruel ha enviado echando leches al cerrajero del partido para que cambiara el bombín de la puerta del despacho de Tomás Gómez, después de llevárselo por delante con la Vespa puesta, en un alarde testicular sin precedentes, de estibador butanero, sin esperar siquiera a que lo arrollara el tranvía de Parla. Aunque para numerito, el de Antonio Miguel Carmona, lágrimas de Cocodrilo Dundee. Como diría Woody Allen, a veces «la vida es como una colonoscopia». Otro que tal baila, Simancas, le ha dicho a Anabel Díez: «Gómez nos llevaba a una derrota inmensa». Claro que no es que Rafa, La alegría de la huerta del maestro Chueca, sea Julián Besteiro, o se haya significado precisamente por ser Eva Perón a la hora de arrastrar a las masas. Cuando hasta los deseos más descabellados acaban cumpliéndose: «Habría que disolver la FSM cada cierto tiempo», dijo en cierta ocasión un socialista guasón cuyo nombre no recuerdo. El carnaval de Madrid ya tiene rey, el metafísico Gabilondo, aun en contra del deseo de su hermano Iñaki, que no termina de ver la jugada. Ángel espera la coronación de la reina, la condesa de Bombay, a falta de saber la suerte que aguarda al Chino de la coleta blanca, que lo mismo termina teniendo que abrir un videoclub en Chinatown para ganarse la vida si le falla el chollo de la política y Florentino no le busca un puesto de canapero en el palco VIP del Bernabéu. El guión se hubiera llevado de calle el Oso de Oro de la Berlinale. Taquillazo seguro.

Hacía mucho tiempo que el diario El País no ejercía su rol de cañón de Bertha de una facción del PSOE, celebrando con inusitado alborozo, a golpe de petardazo de silicona, el atropello del Invictus en las vías de Gran Vía, con una portada excelsa a cuenta de una supuesta encuesta de Metroscopia (el oráculo de Delfos de Toharia) que algún incauto sobrado de imaginación debió pergeñar cinco minutos antes del cierre de edición: «La destitución de Gómez sitúa al PSOE en primer lugar y desplaza a Podemos».

Alguien está flipando, o mamado. Definitivamente hay mucho más porno duro en la sociología, la política y el periodismo que en ese lubricante para insatisfechos de las 50 sombras de Grey.

Fornicatio electoral, nuevo opio del pueblo. A esta España sadomasoquista, roma de entendederas, se le están escobillando los pitones de tanto frotarse con la lujuria, la lascivia y el latrocinio sin fin. Al toro ibérico le están afeitando los cuernos, como al toro rosso de Red Bull. Día llegará que alguien le pregunte por su extraño amansamiento y este país nuestro sólo acierte a responder con evasivas, emulando a Strauss-Kahn, queriendo, en vano, quitar plomo a su desmedida afición por el despiporre, diciendo que «sólo fueron cuatro orgías al año», y sólo la puntita. Para entonces, si vivimos para contarlo, ya no tendrá defensa posible.

Treinta y tres años después de la España gloriosa del 82, de los 202 escaños de Felipe queremos un hijo tuyo, y tal y tal…, la vida sigue igual, según se mire, aunque seamos tres décadas más jóvenes pero sobradamente preparados y hayamos conseguido redimirnos en Sudáfrica del ridículo de Naranjito.

Pero en el fondo ya nada será igual, al menos en el PSOE, que ha pasado del “rodillo” de González, a la rueda de molino con la que Sánchez pretende hacer comulgar a su menguante feligresía, temerosa de pasar del puño al puñetazo y de la rosa al capullo.

Los unos andan enzarzados en su particular caza de brujas, y los otros elucubrando acerca del aperitivo favorito de Montoro. España en sí misma está comenzando a ser un inquietante precedente.

Antes que Cristóbal, Solchaga fue una calamidad como ministro de la cosa, además de un «prepotente» que paseaba por el Foro permanentemente encabritado, según la cariñosa adjetivación que le endosó Ramón Tamames. Pero pasará a la historia como un visionario sin parangón, en nada comparable con dos aficionados sobrevalorados como William Blake y Heinrich Füssli. Deberían nombrarlo especie protegida en vías de extinción, o miembro honorífico del patronato del American Visionary Art Museum de Baltimore, donde se rodó The Wire, de la HBO, la productora de Los Soprano y Juego de tronos, allí donde hizo un carrerón de mil pares antes de cambiar el tercio y meterse a diplomático el embajador de los Estados Unidos en España James Costos.

Beautiful people, patrimonio nacional. Spain: The Great Escape. Se veía venir que la cultura del pelotazo acabaría marcando más tendencia que la Fashion Week Madrid.

No parece que Montoro acabe de caerse de la higuera de Zaqueo que sigue en pie allá en Jericó; lo que sí parece que se ha propuesto es pasar a la intrahistoria bíblica como el ministro de Hacienda más verborréico, dada su predisposición natural a las admoniciones, su incontinencia verbal sin cura posible y su envidiable facilidad a la hora de venirse arriba.

Mi tocayo José Alejandro Vara habla de la afición macarrónica de Montoro en términos de «escalada verbal». Un servidor, que es bastante más ordinario en el uso de la adjetivación, opina que Cristóbal es tan bocas («la lista de Falciani es tan sólo un aperitivo de lo que tenemos en Hacienda»), que acabará jodiéndole la faena a los inspectores de la Agencia Tributaria como siga alardeando con sus insinuaciones y amenazas veladas, que además acostumbra a lanzar con esa voz chiripitifláutica, como cualquier friki pendenciero salido a deshoras de una macro discoteca de polígono industrial, donde reinan los canis y las chonis. Alguien debiera leerle la cartilla de la seguridad social, o cuando menos el artículo 95 de la Ley Tributaria, ese que habla del carácter reservado de la información fiscal.

Como los anti corruptos ultra ortodoxos insistan en recrearse en su suerte en la cruzada contra el trinque y la trinca, acabarán consiguiendo el efecto contrario al deseado: cargarse el sistema, porque como escribe Raúl del Pozo, «la corrupción es el sistema». Empieza uno quitándose el padrastro, y a lo tonto tonto, tirando y tirando, termina despellejándose de cuerpo entero, como le sucede a Gregorio en Los desheredados.

No hace falta pertenecer a la mafia siciliana, ni a la camorra napolitana, ni a la yakuza japonesa; ni siquiera mancharse las manos de barro o de sangre para convertirse en un amasador de fortunas, en un ocultador de herencias, en un evasor fiscal titulado, o en un ilustre chori de cuello blanco. El dinero negro, dinero sucio es, provenga del tráfico de drogas, del contrabando, del puterío, de la recalificación por parcelas del solar ibérico, o de la evasión de impuestos confiscatorios, a la que llegado el caso habría que aplicar la misma atenuante o inclusive la eximente de quien roba a un ladrón.

Hacienda somos todos, pero unos más que otros, a la luz del carboncillo de Forges. Si yo fuera rico, me lo trataría de tomar con el sentido del humor de Tevye, el lechero de El violinista en el tejado. Y si fuese cliente del Santander, supongo que no llevaría muy bien que el patrón del banco no confiara en su propio banco que ha heredado su queridísima hija para tener sus dineros particulares. Esta es la hora en la que doña Ana Patricia Botín todavía no ha comparecido para dar explicaciones a cuenta de la cuenta milmillonaria que su familia tenía en Suiza, en una de esas cajas fuertes del HSBC custodiadas por cocodrilos.

El periodismo está para echarlo a los perros de presa y que se lo coman crudo. El Confidencial publica a granel y por capítulos, como si fuera una telenovela, los nombres de los millonarios que aparecen en la lista del informático chivato, pero sin molestarse antes en investigar y discriminar si los citados son evasores fiscales o simplemente ricos con sus cuentas y sus impuestos en regla, que están en su derecho de tener su dinero en el calcetín, debajo del colchón, en la bragueta, o donde les salga del trigémino. Se limitan a vomitar la inmundicia sin masticarla, en bruto, los muy brutos. ¡Qué nivel, queridos compañeros del metal!

Ahora es cuando el abajo firmante está comenzando a comprender al inolvidado Umbral cuando decía que «el periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto».