Cobeña es un pueblo de las afueras de Madrid. Desde lejos, despunta la torre de la Iglesia de San Cipriano, con su chapitel de pizarra y su estilo austero, herreriano, que evoca el misticismo de los campos de Castilla, con sus planicies, encinas y pedregales. Salvo algunas casas viejas, el resto de las viviendas carecen de historia. Se copian unas a otras, componiendo hileras que a veces recuerdan los suburbios ingleses, con sus fachadas idénticas y sus pequeños patios adornados con franjas de césped y flores de distintos colores. No pretendo menoscabar la poesía de las flores –el Principito de Saint-Exupéry dedicó su vida a cuidar de una rosa-, pero yo aprecio más belleza en los campos de trigo y cebada, con su sencillez teresiana y su silencio conventual. La naturaleza domesticada es obra del ser humano. Un jardín es un buen escenario para disputas filosóficas, pero la Naturaleza, con su espontaneidad y grandeza, invita a la reflexión teológica. El paisaje castellano es humilde, pero sus tierras despobladas son tan limpias como el cielo. Antonio Machado recorrió sus caminos, hablando a solas. No era un loco, sino uno de esos hombres que buscan a Dios en su interior, pero también en las cosas.
Desde hace pocos meses, yo me acerco a la Iglesia de San Cipriano, con una inquietud semejante. Wittgenstein afirmó: “Tenemos la sensación de que incluso en el caso de que se llegaran a responder todas las preguntas científicas posibles, los problemas de la vida seguirían totalmente intactos”. Pienso que la perplejidad de Wittgenstein es la perplejidad de la inteligencia humana al confrontarse con sus límites. El misterio de Dios no cesa de interpelarnos, pero corren malos tiempos para el espíritu. Sólo creemos en lo que se muestra a los ojos, sin advertir que en algunas cuestiones la razón no propaga la luz, sino una angustiosa penumbra. La ciencia jamás podrá apaciguar nuestra necesidad de hallar un sentido que trascienda nuestras vivencias cotidianas. Yo noto esa necesidad cada vez que traspaso el umbral de la iglesia, con mi fe unamuniana, lastrada de dudas y paradojas. No siento tanto aprecio por mi identidad como el filósofo salmantino. No sueño con una inmortalidad que me permita conversar mis hábitos y mis manías, pero tampoco me atrae una eternidad impersonal. Ser una gota en una conciencia infinita me parece tan enojoso como disolverme en la nada. Si Dios no existe, la especie humana es la más desdichada, pues es la única que conoce su inevitable deriva hacia la muerte. Una lagartija que toma el sol experimenta una dicha más perfecta que un ser humano agasajado por los placeres terrenales.
El placer siempre es efímero y cuando rebasa nuestras expectativas, produce hastío. El éxito nunca se libra de la melancolía. Siempre hay algo que nos escapa. El alpinista que llega a la cima suele plantearse de inmediato un nuevo reto. Siempre falta algo y yo estimo que esa carencia se corresponde con nuestra incapacidad de vivir sin Dios. El Dios cristiano no es un ídolo, sino el Padre que nos acompaña y que se encarna como Hijo para solidarizarse con nuestro sufrimiento, transformando el desamparo en esperanza y alegría. Algunos opinan que Dios es una superstición al servicio de los poderes establecidos. Otros, con una perspectiva más benevolente, consideran que es una fantasía infantil, el anhelo de un ser finito que no soporta la perspectiva de la muerte. Los que intentan llegar al fondo de las cosas, se preguntan si no hay un mañana para los inocentes, para los que murieron por culpa de la intolerancia, la crueldad y el fanatismo. Estas especulaciones delatan el profundo vacío que se abre a nuestros pies, cuando simplificamos la realidad hasta el extremo de identificar el ser con nuestras limitadas, insuficientes y relativas percepciones. Yo he comenzado a recobrar la fe, escuchando al párroco de Cobeña. Alto y espigado como un cirio, con una incipiente barba de anacoreta y el pelo levemente desordenado, su desaliño machadiano es el fiel reflejo de su desbordante humanidad. Nuestra primera entrevista se produjo en la sacristía. No es fácil describir el encuentro entre un profesor de filosofía que se dejó seducir por el marxismo y un sacerdote con una fe profunda y sincera. El anticlericalismo es una vieja tradición española y yo aún no he conseguido desprenderme de sus prejuicios, pero sí he roto mis vínculos con una utopía que goteaba odio y sangre.
Siempre he rechazado la idea de acercarme a Dios desde la impotencia y el miedo. “Dios no es un tapagujeros”, advirtió Dietrich Bonhoeffer, el pastor luterano que se opuso al régimen nazi y participó en una red clandestina creada para salvar a judíos de las cámaras de gas. Muchas veces se ha minimizado la lucha de notables teólogos cristianos contra la barbarie nazi. Karl Barth, quizás la mente más preclara de la teología protestante del siglo XX, se negó a realizar el juramento de fidelidad a Hitler, lo cual le costó la pérdida de sus cargos académicos y el exilio. Martin Niemöller, pastor luterano, apoyó inicialmente al nazismo, pero en 1937 su conciencia se rebeló, obligándole a enfrentarse públicamente con la dictadura. Su beligerancia le acarreó la deportación a los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau. Sobrevivió y, en un sermón pronunciado en la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern (Renania-Palatinado), improvisó el poema que se atribuye erróneamente al poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, / guardé silencio, / porque yo no era comunista…”. Creo que todo el mundo conoce el resto, pero recordaré los dos versos finales: “Cuando vinieron a buscarme, / no había nadie más que pudiera protestar”. Bonhoeffer no fue tan afortunado como Niemöller. Murió ahorcado el 8 de abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenbürg. Sus últimas palabras fueron: “Este es el fin; para mí, el principio de la vida”. Bonhoffer aconsejaba buscar a Dios desde la plenitud, no desde el miedo: “No en los momentos de debilidad, sino en la fuerza; esto es, no a la hora de la muerte y del pecado, sino en plena vida y en los momentos mejores del hombre”. Siempre había pensado que no hay otro camino hacia Dios, pero Juan Antonio, el joven párroco de Cobeña, me aconsejó que leyera Introducción al cristianismo, un ensayo de Joseph Ratzinger publicado en 1968. Me contó que le había conocido personalmente, que Ratzinger –más tarde, Benedicto XVI- no era un ogro, sino un filósofo tímido, con una perspectiva fecunda del hombre y la fe. Pude comprobarlo enseguida. De entrada, Ratzinger diversifica los caminos hacia Dios, adecuándolos a cada circunstancia: “Tanto la precariedad de la existencia humana como su plenitud apuntan a Dios”. Esa flexibilidad se compagina con un punto de partida con el que yo me identifiqué de inmediato: “Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe. Para uno la fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la duda o en forma de duda”. La duda impide que el creyente y el no creyente se aíslen y se recluyan en sí mismos. “La duda es la forma en que la fe, a pesar de todo, subsiste en [el no creyente] como reto”.
La fe es un reto y yo de momento lo afronto con Juan Antonio. No somos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz “una monja y medio fraile”, pero componemos una pareja atípica. Por la diferencia de estatura y por unos orígenes radicalmente distintos. Yo procedo de una familia liberal y laica. Durante muchos años, pensé que el monólogo de Segismundo constituía la última palabra sobre la condición humana: “el delito mayor del hombre es haber nacido”. En cambio, Juan Antonio ha crecido en un hogar católico y no sé si ha conocido la duda. Sí me ha demostrado su escrupuloso respeto a la libertad de los otros, su talante abierto y dialogante, que no implica tibieza en sus creencias. Durante la Misa, poco antes de la Eucaristía, desvía la mirada hacia un fresco que representa la Anunciación. Su mirada se detiene un instante en el Espíritu Santo, buscando su inspiración. Esa inspiración se refleja en su labor pastoral y en sus homilías. El último sábado comentó un pasaje del Evangelio de Marcos. Jesús cura a un leproso y le advierte severamente que no revele el milagro. El leproso no le hace caso y pregona a voces lo sucedido. Al divulgarse la noticia, “Jesús ya no podía presentarse en ciudad alguna, sino que se quedaba fuera del poblado, en lugares desiertos; y aún así acudían a él de todas partes” (Mc 1:45). Jesús no impone su presencia. Simplemente, invita a todos a aproximarse. Juan Antonio imita a Cristo, como buen sacerdote y, poco a poco, va recogiendo los frutos.
Aún no he abandonado el terreno de la duda, pero me consuela saber que las vacilaciones conviven con la fe. Cuando paseo por la estepa, acompañado por la ternura franciscana de Bella, una perra rescatada de un cruel abandono, observo el pueblo y siento que la aguja de la iglesia es un ancla arrojada desde el cielo. Saber que está ahí me ayuda a volver a casa con esperanza. Envidio a Santa Teresa de Jesús, que escribió: “…quien a Dios tiene / nada le falta: / sólo Dios basta”. Este año se celebra su quinto centenario. No es una mala época para milagros. O simplemente para acallar nuestras dudas y aceptar el escándalo de la fe. Ya no soy un hombre que camina solo, sino un peregrino que ha encontrado un cayado y empieza a sentir el calor de una comunidad.