Opinión

La amenaza populista en Europa

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 17 de febrero de 2015

Históricamente el populismo parece haber tenido más aceptación en América Latina que en otros lugares del mundo, lo cual en modo alguno ha significado apreciar este fenómeno como "latinoamericano". El populismo es una actitud política, o una forma de ejercer la actividad pública, que puede darse en diferentes lugares y momentos, como se aprecia actualmente en las sociedades europeas, que advierten -quizá tarde- el peligro populista a las puertas de sus gobiernos y que amenazan la zona euro de una manera muy visible, especialmente a partir de la victoria de Syriza en Grecia el pasado 25 de enero.

En su origen el populismo fue una actitud política, que significaba una apelación al pueblo, y tenía como resultado un acercamiento que involucraba a la población con las actividades gubernativas. A comienzos del siglo XX, por ejemplo, dicha actitud significó una ampliación de la democracia, cuando la política era aristocrática, con regímenes liberal parlamentarios que solucionaban los problemas (o los agrandaban) en sendas reuniones privadas en algún club social o en otro círculo cerrado.

En una época como la nuestra, con democracias repartidas transversalmente por el mundo, es evidente que cuando se habla de populismo a comienzos del siglo XXI no se está mencionando la superación de los regímenes oligárquicos (aunque sí podrían ser algunas de sus manifestaciones), sino que se tiene en cuenta lo que ha sido el populismo, históricamente, en el siglo XX, en especial como fenómeno político, pero también en su variante económica, tan bien expuesta por S. Edwards y R. Dornbusch (editores) en Macroeconomía del populismo en América Latina (México, Fondo de Cultura Económica, 1991). En cualquier caso resulta claro que el populismo se niega a morir.

Sea en el primer caso, como simple actitud política, o incorporando otros aspectos relevantes que han valorados los especialistas, como sería un liderazgo dinámico (carismático), que convoque y movilice a la población, sumado a un programa reformista, de coalición amplia y base urbana, el populismo requiere una nueva revisión. Aunque el populismo sigue resultando un concepto elusivo, difícil de aprehender y de explicar, conserva un rasgo interesante, cual es que habitualmente se distingue al dirigente populista cuando se lo ve hablar, proponer, ser candidato.

En la Europa actual, el populismo no tiene domicilio político conocido y excluyente. Perfectamente se puede ubicar dentro de los grupos nacionalistas y xenófobos, que explotan el odio racial o el exclusivismo cultural, así como ciertos hechos puntuales (la matanza en Francia en enero pasado o sucesos análogos), para hacer que el pueblo reaccione de manera virulenta en la línea de sus postulados. Asimismo, el populismo se puede situar a la izquierda del mapa político, como ocurre en el caso de Syriza para Grecia o como podría ser Podemos para el sistema español, los que además tienen buenas relaciones políticas y reconocen una visión común sobre la crisis actual de Europa y sobre sus soluciones.

El programa de Syriza es interesante por lo "novedoso" y rebelde que se manifiesta, con propuestas que van desde el reformismo radical a lo propiamente revolucionario. Algunas de sus ideas son propias del buen gobierno que sería exigible a cualquiera que aspire al poder (realizar una auditoría sobre la deuda pública), mientras otros implican una revolución económica como no se veía desde hace mucho tiempo en Europa, aunque en América Latina haya sido y sea parte de su vida habitual. El alza del impuesto a la renta se parece mucho a la propuesta socialista francesa de hace un par de años; la rebaja del gasto militar está en muchos programas en diversos lugares del mundo, más todavía en tiempos de crisis; igual cosa con los comedores para niños en los colegios; así como subir el salario mínimo es una aspiración repetida en diversos lugares de Europa, con el daño colateral en el empleo que se puede apreciar, al igual que aumentar las prestaciones de desempleo a los parados.

Donde el proyecto se vuelve más radical es en temas como la nacionalización de los bancos (no extraña la fuga de depósitos que ha dejado escuálidas las arcas bancarias griegas); la nacionalización de las empresas públicas (ferrocarriles, aeropuertos, correos, agua), que parecen responder más a una decisión ideológica que a un análisis económico específico en cada caso; nacionalizar los hospitales privatizados; uso de edificios del Gobierno, la banca y la iglesia "para alojar a personas sin hogar". En estos casos la revolución parece el paradigma, más que las meras propuestas populistas. Y surge un problema crucial: el populismo en el poder debe realizar lo prometido, y no es lo mismo criticar al sistema en su conjunto que tener que solucionar los problemas amplios que existen en toda la sociedad. En otras palabras, el populismo goza de mayores simpatías en la oposición que en el gobierno, que siempre resulta complejo.

Lo que causa alarma en Europa resulta particularmente interesante si se analiza desde una perspectiva histórica y de las imágenes políticas. Algunas de esas propuestas, y otras más radicales, fueron parte de la política de la Revolución Cubana y del programa de Allende y la Unidad Popular en Chile, que fueron recibidos muchas veces con apoyo y admiración en la vieja Europa. Igual cosa ha ocurrido con algunas de las variantes del peronismo en Argentina. Varias de esas ideas han sido parte del programa revolucionario de Venezuela en los últimos años, y en alguna medida tienen su correlato en otros países latinoamericanos. Si todo funciona como habitualmente ocurre, lo más probable es que en los próximos años siga habiendo populismos latinoamericanos, mezclados con propuestas revolucionarias de distinto tipo.

Los tiempos han cambiado, y probablemente lo que estemos viendo, en Europa y en América Latina, es una mezcla de neopopulismo con neomarxismo-leninismo, y otras incrustaciones propias de los tiempos poco ideologizados que vivimos. Pero también debemos evaluar un aspecto que está en el origen del populismo y que los gobiernos actuales y otras agrupaciones políticas harían bien en advertir y tomar decisiones al respecto. El populismo actual ha logrado nuevamente acercar la política a la gente, ha intentado poner temas y hacer interpelaciones que muchas personas se preguntaban en sus casas sin obtener respuestas, ha permitido relativizar los privilegios de los poderosos para hacer una política más transversal. Por último, pero de gran importancia actual, ha sido capaz de utilizar los medios de comunicación para mantener a la gente o bien informada o bien participando de los procesos políticos.

Esta última dimensión, en realidad, no es una variante del populismo, sino que debiera ser una característica de la democracia, régimen que debiera estar dispuesto a actualizarse y perfeccionar su funcionamiento, si no quiere vivir condenado a sufrir. Por eso, el problema del populismo no sólo es una amenaza, sino también una oportunidad de reinvención y perfeccionamiento.