Opinión

El dibujo en España

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Martes 17 de febrero de 2015
La arquitectura para los moradores de siglos pasados siempre fue arte y ciencia. A pocos contemporáneos, hoy día, les parecerá cierta esa afirmación; menos cierta será si dedicamos unos instantes a la contemplación de algunos edificios modernos, son tan feos y disfuncionales que la “arquitectura” no en arte ni ciencia. Las artes en la Edad Media fueron auxiliares de la arquitectura, durante el Renacimiento se confundieron con ella, pero, poco a poco, la pintura y, sobre todo, la escultura se sobrepusieron a la arquitectura, desterrándola de su gloriosa alcurnia de la casa de las Bellas Artes. Así, la arquitectura quedóreducida a lo que tenemos hoy: un cálculo complicado e ingenioso, pero tan utilitario que podemos decir que ha quedado sin alma, mejor dicho, sin otra sustancia que no sea cemento.
Las muestras del Museo del Prado, una dedicada a Bernini y otra al dibujo español, nos ayudan a regresar a los tiempos lejanos, cuando los arquitectos eran artistas y los artistas, arquitectos. Gian Lorenzo Bernini, un italiano, que como muchos otros artistas, trabajó para la corte italiana y española, unidas por lazos políticos y culturales. Le pertenecen obras maestras, como las cabezas de Anima beata y Anima dannata, y también proyectos arquitectónicos como el de la capilla Cornaro en Santa Maria della Vittoria en Roma, el frustrado proyecto del campanario de San Pedro del Vaticano y otro de la capilla Poli de la Iglesia de San Crisóstomo de Roma.
Otra exposición, Dibujos españoles en la Hamburger Kunsthalle, es una muestra de espectaculares dibujos de arquitectos y grandes pintores a la vez, Alonso Cano sería uno de los mejores exponentes de arquitecto y pintor, en realidad, de artista total. Hijo de carpintero, Cano conocía técnicas y rudimentos de la arquitectura, continuó su educación en el taller de Francisco Pacheco donde su amigo fue Diego Velázquez. La única culpa de Alonso Cano fue caer en desgracia en la corte y no llevarse bien con las autoridades, esto contribuyó a cierta devaluación de su obra. Gracias a esta exposición podemos saber que la calidad de los dibujos de Francisco Herrera el Mozo era tal que, durante mucho tiempo, los atribuían a Murillo. Herrera el Mozo, altivo y algo desagradable en el trato personal, heredó el talento de su padre y dirigió varias obras, entre cuales la Basílica del Pilar en Zaragoza. Otro, como dice Palomino «gran dibujante, perspectivo y arquitecto», Juan de Valdés Leal, trabajó como arquitecto en las decoraciones de la catedral de Sevilla para celebrar la canonización de San Fernando.
La convivencia de la pintura con la arquitectura en el siglo XIX se plasmó en obra Monumentos Arquitectónicos de España. Esta obra, donde el dibujo es fundamental para las estampas calco- y litográficas, reproducen los monumentos más emblemáticos de la historia arquitectónica de España. Sin el conocimiento de la arquitectura es imposible reproducir con tanto detalle los edificios y formas arquitectónicas, y, de hecho la Escuela Especial de Arquitectura antes formaba parte de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El proyecto duró treinta años en condiciones adversas, a pesar de esto lograron hacer docenas de monografías. Desgraciadamente, muchos dibujos y láminas quedaron inéditos y otras dispersadas entre bibliotecas y particulares.

A través de estas tres exposiciones vemos la evolución del dibujo como creación artística y práctica: la arquitectura, tampoco la escultura, hubieran alcanzado la perfección que hoy día podemos observar en las obras maestras de escuela española. María Zambrano en una de sus obras nos dice que el dibujo manifiesta lo primero y lo último de la presencia material de las cosas: es lo invisible que muestra a lo visible y lo hace aparecer y es la luz que se esconde para que se manifieste la sombra.