Jornada de revancha y metamorfosis en el Parque de los Príncipes de la capital francesa. Ambos conceptos, al menos, presumibles en la previa. El primero atiende a la presunta inquina con la que el PSG afronta este cruce de octavos de final, considerando la indigesta eliminación parisina de la pasada edición de la Liga de Campeones a manos del proto-proyecto de Mourinho; el segundo, relativo al técnico luso, que calibra en este evento la profundidad y competitividad del viraje hacia la posesión de balón y la propuesta ofensiva de mando que ha implementado en su Chelsea, bajo la llegada de Cesc Fábregas y Matic.
Así, Laurent Blanc dibujó sobre el verde el sistema y colección de nombres habituales -salvo el infortunado Cabaye- para insuflar una puñalada de intensidad física y veneno en transición al visitante de este martes. Con Ibrahimovic escoltado por la astucia rematadora de Cavani y el desborde vertiginoso de Lavezzi -Lucas Muora, ausente por su lesión ante el Caen-, crece un bloque que cuenta con la potencia en la medular y la zaga como su principal elemento. Thiago Silva y Marquinhos medirían la cobertura de las subidas de los laterales-carrileros y Matuidi y Verrati actuarían como lanzadores y dinamizadores de una presión, presumiblemente elevada. David Luiz, variante del once, actuaría como pivote central para socorres el juego aéreo y las líneas de pases en estático.
Mourinho, por su parte, no escondió sus armas e intenciones en la mencionada transformación ideológica y alineó su estructura preferida, con Matic, Ramires y Cesc en un centro del campo más creativo que de contención y Hazard y William como puntales movibles del desequilibrio. Diego Costa regresaba al sistema tras su ausencia en la Premier y Azpilicueta e Ivanovic conformaban la intención de apoyo y salida desde la banda similar a la del PSG. Más posesión que en el cruce de 2014 y horizontalidad para ir creciendo en esta piedra dura de roer con el centro de la zaga y la meta como red de seguridad ante el juego aéreo local. Cuadrado y Pastore, estilistas de rango puro, aguardarían su opción con el desarrollo del escenario.
Con este guión de ardor francés y contemporización blue arrancó el duelo cumbre de esta primera ronda eliminatoria de la Liga de Campeones. Un envite que no escapó al tacticismo estricto en su primer capítulo donde comandaron las posesiones lentas, sin juego entre líneas. Ambos equipos buscaban la presión en campo propio, jugueteando con achiques de espacios en la cueva propia y en el ecuador de la cancha. El PSG se mostraba más vertical, con balones en largo a Ibrahimovic, buscando superioridad en banda y con el robo y salida rápida como dogma a reproducir de manera axiomática.
El buen repliegue colectivo del Chelsea, con lo artístico apostado en las ayudas a los laterales, amortiguaba las variantes galas. Los ingleses trazaban posesiones de riesgo controlado, cayendo en la horizontalidad, sin problema para acumular minutos intrascendentes con la mira alejada de la portería. Hazard, William y Cesc intercambiaban posiciones para ganar el carril central en lo vertical, pero el sistema de Blanc colapsaba esta parcela con ferocidad.
Con ambos equipos cómodos en lo compacto del repliegue estático y una disposición tan pulida de despliegue táctico, la búsqueda y consecución del error rival para volar a la contra y el balón parado cobraban un peso nuclear en el desenlace del duelo. Y el escaso bagaje de ocasiones generadas lo atestiguó con radicalidad. Un robo en dos contra uno a Hazard en la medular con salida hacia banda concluyó en un centro puntiagudo de Cavani que Matuidi cabeceó, en llegada de segundo línea, para la estirada de Courtois. Tras el rebote y recuperación local., un centro del propio Matuidi fue rematado por Ibra a las manos del meta belga. Esta amalgama abrió el fuego en el minuto 10.
Quince más tarde se estiró el Chelsea tras una pérdida no forzada de Lavezzi en campo propio que confluyó en una acción de desborde y centro cerrado de Hazard que no encontrón rematador por la salida atinada de Sigiru. Respondió Van der Biel –sobresaliente en lo ofensivo-, que ganó la espalda a Azpilicueta y encuentró el delicioso pase en profundidad de Verrati, para centrar raso y obligar al despeje prematuro a Terry.
Sobrevino entonces la ranura que deshilachó la tensa intensidad en repliegue. Un saque de esquina de Lavezzi al primer palo desencadenó el solemne testarazo de Cavani, tras una lectura impecable de la intención de su compañero, que desembocó en un envío al primer poste que Courtois despejó con una reacción notable. Corría el minuto 33 y el duelo, replegado en sí mismo, atisbaba oxígeno en la pizarra. No en vano, tres minutos después, una falta lateral botada por Cesc al segundo poste cayó en los pies de Terry, que escorado sobre el perfil izquierdo del ataque, envió un centro trompicado al centro del área. En el punto de penalti surgió la magia en las botas inesperadas, las de Cahill, que inventó un taconazo en espuela que Ivanovic transformó en el primer gol con un cabezazo que cayó en la escuadra de Sigiru.
Se adelantaba un Chesea al que le funcionaba el guión sin fisuras. Reaccionó el PSG con una inmediata subida de presión para incomodar la anestesia a través de la posesión horizontal que pretendía el rival británico. Hasta ese instante, los franceses habían atacado controlando los riesgos tras pérdida, sin subida continua de ambos laterales ni intención entre líneas. Ahora sí implicó Blanc la llegada valiente de carrileros, con Lavezzi apostado en la cal. Pero la intención no se tradujo en cosecha y tan solo un cañonazo de Ibrahimovic, en una falta en la frontal provocada tras pérdida de Diego Costa, inquietó al meta belga antes de la reanudación.
El técnico campeón del mundo en el 98 tocó arrebato en busca del maquillaje de la eliminatoria, relativizando el peso del riesgo a la espalda. La salida del vestuario del PSG, con los laterales convertidos en extremos, Cavani en el centro del ataque, pegado a gigante sueco, y las líneas adelantadas, con la intención decidida de robar los minutos de paz con la pelota al Chelsea, provocaron un progresivo arrinconamiento inglés y dibujando un escenario nuevo en el que los locales ganaban cada rebote, y, sobre todo, en campo ajeno. Subió las pulsaciones del esfuerzo y el talento técnico de los blues quedó empequeñecido ante la intensidad de David Luiz y Matuidi en el achique precoz.
El físico galo ganaba la partida en 15 minutos de efervescencia y empuje. Y los franceses recogieron el empate y una ocasión clara para remontar en el fulgurante pistoletazo de salida de la reanudación. Cavani dibujó un cabezazo impoluto al segundo poste tras el centro de Matuidi y fallo en la marca de Cahill y Matic que empató el duelo, haciendo fútil el esfuerzo de Courtois. El paisaje había volcado por la borda la comodidad de los pupilos de Mourinho y, en el 54, encontraba las tablas. Acto y seguido, en el 60, Ibra trazó una pared en la frontal que confluyó en cambio de ritmo, desborde y disparo que Courtois despejó con una pierna prodigiosa para salvaguardar la mente de los suyos. Azpilicueta sacó, bajo palos, el rechace que capturó Lavezzi.
No reaccionó un Chelsea sacado de eje, sin la pelota, desbordado por el ritmo de juego, hasta que el reloj coqueteara con el ecuador de segundo acto. No sin sufrir un cabezazo alto, en saque de esquina del Pocho, de Thiago Silva. El bloque blue bregaba por recuperar el tempo a través del balón, pero la red de ayudas dispuesta entre la delantera y la medular, secaba cualquier avance con intencionalidad vertical de Cesc, Hazard y William. Pero la tormenta de llegadas en banda y centros al área no cesaba y la pugna por imponer el tempo esbozaba un partido enriquecido, en el que el repliegue visitante trataba de capear la sobreexcitación local y no había espacios gratuitos.
Sin cambios, ni en el dominio francés, ni en el repliegue británico -despojado en lo absoluto de la pelota-, ni en los nombres en liza, arribó el último cuarto de hora. Mourinho entendió, entonces, que debía otorgar aire a la medular y una amenaza psicológica al contendiente. Cuadrado entró por William -exprimido en labores defensivas- y el Chelsea buscó adelantar líneas en la presión para sacudirse la exigencia de repliegue. Pero este movimiento generó espacios a la espalda que Cavani aprovechó para trazar una pared, sentar a su par, Matic, y cruzar un disparo que lamió el poste de Courtois.
En el 80 de juego Pastore relevó a Lavezzi, Óscar a Cesc -que brilló en la manutención de la posesión en el primer tiempo- y Remy hizo lo propio con Diego Costa -inutilizado en lo ofensivo ante el dominio posicional galo-. Apuestas de transición en ambos esquemas si bien el bloque local tenía la jurisdicción del mando en lo estático. El argentino se estrenó con un lanzamiento desviado ante la replegada zaga visitante, asentada a estas alturas en la intención de ganar el empate de cara a la vuelta en Stamford Bridge. Y Courtois amarró el valioso empate en el coliseo parisino negando a Ibra el tanto en un testarazo imponente en el segundo poste tras centro de Maxwell.
El Chelsea arrancaba un resultado optimista tras regatear la situación en la que los franceses trataron de colocarles: elevar el ritmo de juego, en cada acción de ataque o defensa, arriesgando todo al dominio en campo rival, para colapsar la cohesión inglesa y que entrara en histerismo. Al final de 90 minutos de regusto exquisito -en una concepción alejada de la alegría combinativa-, el PSG demostró capacidad competitiva ante un líder de la Premier que escapó sin la pelota, su principal apuesta renovadora para esta temporada.