Opinión

38 grados: una Fundación de anhelos

TRIBUNA

Cristina Hermida | Miércoles 18 de febrero de 2015

38 grados es una Fundación creada por cuatro mujeres con una gran formación en el mundo jurídico-empresarial pero, sobre todo, de gran calidad y entereza humana: Carmen Martínez, María Martínez-Mena, Araceli Herrero y Macarena Hidalgo. Buena prueba de ello es que haya sido la búsqueda de un noble y loable objetivo lo que terminara uniéndolas en esta nueva “empresa”: conseguir aliviar el sufrimiento de aquellos seres humanos que se encuentran al final de su vida. Quizás alguien pudiera preguntarse cómo puede conseguirse esto sin ser médico o profesional sanitario especializado. La Fundación 38 grados va más allá, confiando en los medios no de índole exclusivamente material, al saber que una importante fuente de paz y serenidad espiritual para el enfermo terminal es el conseguir resolver esos temas o anhelos pendientes, todavía no cumplidos. Verdaderamente esta Fundación se siente firmemente convencida de que al margen de cómo haya sido la historia de cada persona, un buen final en el que se logran los deseos últimos de cada uno puede terminar dando sentido a toda una vida y a la de los que rodean al enfermo.

El 16 de febrero se ha presentado de forma oficial esta Fundación, sin ánimo de lucro, en el espacio Platea Madrid, contando con la presencia de Vicente del Bosque, Matías Prats, Sergi Arola, Blanca Fernández Ochoa, entre otros personajes conocidos. El nombre de la Fundación “38 grados” y el logotipo “una mariposa”, símbolo de la vida en muchas culturas, tiene una curiosa explicación. Una mariposa para que vuele como la que aparece representando a la Fundación requiere que los músculos de las alas lleguen a alcanzar la temperatura mínima de 38 grados. Todos los que se encuentran involucrados en esta Fundación pretenden ir sumando grados y, en definitiva, aportar ese calor humano necesario para conseguir levantar el vuelo sereno y feliz a los que nos dejan, lo que repercute, a su vez, positivamente en la paz que se transmite a todos los que asisten a esa despedida final.

Sus cuatro mujeres fundadoras han tenido experiencias cercanas a la muerte de muy diverso signo que les han hecho reflexionar sobre el dolor y el sufrimiento del enfermo cuando éste siente que no le queda apenas tiempo o medios para cumplir esos anhelos pendientes que podrían dar sentido a su vida, muchas veces, por requerir apoyo externo para lograr hacerlos realidad. Esa valiosa ayuda pretende proporcionarla esta Fundación, a través de todos sus miembros, consciente de que la sociedad de nuestros días vive de espaldas a la muerte como si ésta no fuera un acontecimiento natural sino más bien accidental.

Ya recordó el filósofo Aranguren en su Ética (1958), siguiendo a Zubiri y a Ortega, que no sólamente cada una de nuestras acciones cotidianas y morales son definitorias de nuestro êthos, sino que además de ellas se producen en nuestra vida unos actos privilegiados en cuanto a la profundidad y reasunción que en ellos se alcanza. Se trata del “instante”, la “repetición”, y el “siempre”. Los tres actos son privilegiados, decisorios pero no definitivos. El acto definitivo (y al mismo tiempo instante, repetición y siempre) sería la hora de la muerte. De esta hora de la muerte se preocupa generosamente la Fundación 38 grados, a sabiendas de que hay que diferenciar dos aspectos: lo que tiene de suceso -el morir- y lo que tiene de acto humano, de última instancia concedida al hombre para la obra moral de sí mismo. En aras de que la muerte además de biológica sea libre, resulta fundamental preocuparse por la etapa en la que el ser humano todavía se dispone de sí mismo. Y éste es propiamente el acto más privilegiado, el acto definitivo, porque hasta llegar a él, el hombre conserva ante sí algunas posibilidades de modificar su êthos. Con la muerte, decía Aranguren, el êthos va a quedar definido y terminado, las posibilidades van a quedar fijadas para siempre, agotadas en el ser, coincidentes con él; empezamos a ser, definitivamente, lo que hemos hecho de nosotros mismos, lo que hemos querido ser.

No anestesiemos pues –pienso yo- el sentimiento de la muerte inminente sino aprovechemos ese sentimiento para llegar a ella con los deberes hechos.Cuidando de nuestra muerte, nos la apropiamos, nos la incorporamos. Lo que se consideraba puro “hecho bruto” se transforma en la suprema posibilidad. Estábamos sometidos a la muerte y nos volvemos libres para la muerte. La muerte queda así plenamente interiorizada. La muerte se convierte en acto humano, en acto libre.

Fue Xavier Zubiri quien puso de manifiesto que el tiempo no es sólo duración, ni simple futurición sino que posee una tercera estructura, la del emplazamiento. La vida es constitutivamente, emplazamiento, plazo. La vida considerada éticamente desde el punto de vista del emplazamiento, consiste en un “mientras”; “mientras seguimos viviendo”. Pero ¿hacia dónde seguimos viviendo? Expresado positivamente, hacia la autodefinición, hacia la consecución y posesión de sí mismo por apropiación de posibilidades. Cada una de nuestras acciones a lo largo de nuestra vida determina, pero no termina nuestro êthos, es definitoria de nuestra personalidad aunque no definitiva. Definitiva, terminadora y terminante, no hay más que una, la de la “hora de la muerte”. Muchas felicidades a la Fundación 38 grados por haber impulsado el sentido ético de este momento.