Investigación liderada por el Institutode Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC). Por EL IMPARCIAL
El campo magnético del
Sol es el responsable de su ciclo de once años y de fenómenos tan llamativos como las manchas o las tormentas solares. "Pero también muestra otra faceta, una red magnética que cubre toda la superficie del Sol en calma y cuyo flujo magnético total supera al de las zonas activas". Así lo afirma una
investigación encabezada por el
Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) que ha revelado de dónde procede el flujo que alimenta esa red.
El trazado de la
red magnética solar "se corresponde con los bordes de los llamados
supergránulos, estructuras debidas a la existencia de gas caliente subiendo a la superficie (algo similar al burbujeo del agua al hervir) y que presentan un diámetro medio de unos veinte mil kilómetros", explica el
IAA-CSIC.
"Hemos descubierto que, dentro de los supergránulos, en lo que se conoce como
intrarred, aparecen pequeños elementos magnéticos que viajan hacia los bordes e interaccionan con la red", señala Milan Gosic, investigador del IAA que lidera el estudio.
Si el seguimiento de estos elementos hasta ahora muy poco conocidos ya constituía un avance en la observación solar, "el cálculo de su contribución a la red magnética solar ha supuesto una sorpresa: estos pequeños elementos son capaces de generar y transferir, en apenas catorce horas, todo el flujo magnético detectado en la red".
El
modelo hasta ahora dominante postulaba que los campos magnéticos de la red "procedían, por un lado, del decaimiento de las zonas activas, como las manchas, y, por otro, de unas estructuras conocidas como regiones efímeras, que aportan mucho flujo pero son poco frecuentes".
En este sentido, el estudio de Gosic y colaboradores "ha supuesto un
cambio de paradigma, ya que ha demostrado que las regiones efímeras son demasiado escasas para que su aporte resulte significativo".
El hallazgo ha sido posible gracias a la resolución del
satélite japonés HINODE en series temporales extraordinariamente largas -unas cuarenta horas- para este tipo de instrumentos, lo que ha permitido monitorizar la evolución de las celdas supergranulares durante toda su vida.