TRIBUNA
Juan José Laborda | Jueves 19 de febrero de 2015
Chile es una experiencia política e institucional singular en el continente Suramericano. Como España en Europa, Chile es también un país separado por una cordillera, y estar aislados de sus continentes ha sido parte de sus respectivas naturalezas, pero en determinadas circunstancias, los dos países fueron símbolos de los valores comunes de la civilización europea y americana. Si la guerra civil española a nadie dejó indiferente, el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende, y la dictadura bárbara que ocupó su lugar, modificó la evolución de las democracias en Europa y en Latinoamérica.
Por eso Chile es importante como experiencia política. Desde luego, el desapego y la desilusión afectan a la presidencia de Michelle Bachelet y a su alternativa parlamentaria, al igual que sucede hoy en la mayoría de las democracias mundiales. Los casos de corrupción en la gestión pública, y la sensación de que la política está alienada por la publicidad, las encuestas, los medios informativos, y los poderes opacos del capitalismo, crean el mismo humus que permite que crezca el populismo, la única opción alternativa a las democracias liberales, en este tiempo actual sin revoluciones populares.
Para Chile, como para España, lo fácil será parecerse a Argentina, Venezuela y Grecia; lo difícil es querer ser como Dinamarca y Nueva Zelanda, porque exige sacrificios, saber que los deseos nunca pueden convertirse sin más en derechos, y que el camino que conduce a los mejores modelos democráticos no es emocionante, ni tampoco lleva a una perfección absoluta y definitiva de la sociedad, y aún de las personas individuales.
Ese dilema se puede plantear en la democracia chilena, como ahora está ocurriendo en España. El profesor chileno Alejandro San Francisco temía que el populismo torciera la buena senda de Chile, si las grandes fuerzas democráticas actuales no colaboran seriamente para afrontar el futuro, y no son capaces de mejorar la moral democrática de Chile. Cuando la población acaba, por eso, desconfiando de las reformas paulatinas y legales, y asume las ilusiones de un cambio rápido y siempre vengativo, entonces existe el riesgo de que aparezca la demagogia, la enfermedad propia de las democracias, desde Tucídides hasta nuestros días.
Según el índice de la solvente Heritage Foundation, Chile tiene la 7ª economía más abierta del mundo, en una relación de 178 países, únicamente por detrás de Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, etc, y por delante de países como USA(12ª), Reino Unido(13ª), Alemania (16ª), España (49ª); relación en la que los modelos populistas ocupan los últimos lugares, como Argentina (169), Venezuela(176ª) y Cuba(177ª).
Sin embargo, Chile tiene un reto importante reduciendo las desigualdades sociales. Las diferencias de riqueza, de clase y de estatus eran hechos naturales que caracterizó a una sociedad regida por patrones aristocráticos, aunque respondían a una burguesía oligárquica, cuyo rango y predominio procedía de su propiedad minera y agraria. La reforma agraria y la nacionalización de las minas, especialmente las de cobre, fue el programa de Salvador Allende, y la democracia cristiana de aquellos años, la de Eduardo Frei (1911-1982) y de Radomiro Tomic (1914-1992), no fue a la zaga en sus propuestas radicales. La dictadura de Pinochet mantuvo las diferencias sociales, y además suprimiendo las libertades republicanas.
La pobreza severa de una parte importante de la sociedad fue la característica diferencial de Chile, comparado con países como Perú, Argentina y Venezuela, y la mayoría de los demás de Suramérica. El profesor Alejandro San Francisco, que era un niño en los años posteriores a Frei, Tomic y Allende, me comentaba que en aquellos años un 40 por ciento de los niños padecía malnutrición. En mi opinión, las desigualdades en Chile se daban en una sociedad que obedecía a las mismas reglas crueles de la inglesa del siglo XIX, la que denunció Charles Dickens.
Hoy el progreso social con la democracia es un hecho evidente. Los chilenos son conscientes del gran cambio. No obstante, en educación y en asistencia sanitaria queda mucho por hacer. Chile ocupa el último lugar entre los países que evalúa el informe PISA, porque su sistema educativo no consigue reducir las grandes discriminaciones que aún están presentes en él. La baja calidad de los estudios supone un cuello de botella para el desarrollo económico del país, y una discriminación para muchos ciudadanos, que apenas tienen contacto con la cultura, salvo los entretenimientos de la televisión. Los chilenos ya no pasan hambre, pero su alimentación no es muy saludable, y la ausencia de un sistema público y gratuito de prevención de las enfermedades, impide que se hagan campañas realmente eficaces para que la población no consuma productos industriales malos para la salud. Muchos chilenos de bajas rentas se endeudan comprando teléfonos inteligentes de última generación y televisiones de plasma, y sin embargo consumen comida basura. La frase del filósofo Byung-Chul Han se aplica a la realidad social chilena: “El poder del capitalismo neoliberal…En lugar de hacer a los hombres sumisos, intenta hacerlos dependientes.”
Mientras hoy el pueblo chileno sabe que progresa, los pueblos de Argentina y de Venezuela tienen la amarga comprobación de que sus sociedades retroceden a gran velocidad. Pero el progreso, el que se hace respetando la ley hasta para reformarla, necesita que la mayoría de los ciudadanos siga creyendo en la democracia y en los políticos democráticos.