Opinión

Oliver Sacks se despide

TRIBUNA

Rafael Narbona | Domingo 22 de febrero de 2015

El famoso neurólogo y escritor inglés Oliver Sacks acaba de publicar en The New York Times un emotivo artículo, comunicando que sufre un cáncer terminal y que sólo le quedan meses –tal vez semanas- de vida. Sacks cita a David Hume, que se enfrentó a su propia muerte con una admirable dignidad. El filósofo inglés tenía 65 años cuando fue desahuciado por los médicos. La noticia no le impidió escribir en un sólo día un pequeño texto autobiográfico, que tituló De mi propia vida y que se publicó en 1776, el mismo año de su muerte. “Imagino un rápido deterioro –escribe Hume-. Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que aún es más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y sigo gozando de la compañía ajena”. En 1779 aparecieron de forma anónima sus Diálogos sobre la religión natural, donde tres personajes ficticios (Demea, Filón y Cleantes) discuten sobre la existencia de Dios. La aparente finalidad de los procesos naturales parece un argumento a favor de una inteligencia creadora. Filón objeta que no es legítimo establecer analogías entre el conocimiento humano y la naturaleza del universo. Nuestra mente fabrica cosas, pero eso no significa que los procesos naturales surjan de una iniciativa inteligente. La noción misma de finalidad no es un fenómeno objetivo y contrastable. Sólo es una categoría de nuestro entendimiento que proyectamos sobre los datos de la experiencia. Incluso si admitiéramos la finalidad como la fuerza motriz del mundo natural, nada nos permitiría probar que la causa originaria de ese proceso sea un Dios bueno, omnisciente y omnipotente. La causa primera podría ser un fenómeno puramente natural, no un acto de voluntad de un Dios personal. La posteridad ha considerado que Hume expresaba sus opiniones por medio de Filón, pero no se atrevió a manifestar en vida su escepticismo religioso.

Oliver Sacks no cree en Dios y lo ha confesado públicamente. Afortunadamente, vivimos otra época y el fundamentalismo religioso –que aún no ha desaparecido- no ha podido frenar el anhelo de libertad, al menos en el mundo occidental, donde las iglesias predican sus dogmas, sin ejercer la violencia y aceptando las controversias. Sacks afirma que nuestro cerebro ha evolucionado para creer en Dios y crear experiencias místicas. La neurociencia ha demostrado que la epilepsia del lóbulo temporal puede producir alucinaciones. Cuando la crisis epiléptica remite, el individuo recupera el sentido de la realidad, pero su memoria conserva el recuerdo de las alucinaciones y, en determinado contexto cultural, se acepta la posibilidad de que constituyan una experiencia mística, sobrenatural. Entre crisis y crisis, a veces aparece el síndrome Gastaut-Geschwind, una alteración de las estructuras subcorticales del sistema límbico que produce llamativos cambios de personalidad. Los afectados muestran un interés exagerado por las cuestiones teológicas, morales y filosóficas, experimentando conversiones religiosas que cambian radicalmente su estilo de vida y modifican sus relaciones interpersonales. De origen judío, Oliver Sacks opina que los místicos no son impostores, sino personas que han sufrido epilepsia del lóbulo temporal en sociedades con un fuerte componente religioso. La epilepsia del lóbulo temporal es puntual y no produce deterioro cognitivo, por lo cual es perfectamente posible desarrollar una actividad profesional con un alto grado de implicación en tareas de todo tipo. ¿Se puede decir que Santa Teresa de Jesús sufría epilepsia del lóbulo temporal? Oliver Sacks opina que sí. La religión católica contesta que no. ¿Quién tiene razón? Es imposible proporcionar una respuesta unilateral. Creo que en este caso lo más razonable es rescatar la vieja distinción kantiana entre pensar y conocer. El ser humano sólo puede conocer los objetos de experiencia que ocupan una posición en el tiempo y en el espacio. Dios nunca será un objeto de experiencia. ¿Significa eso que no existe? Kant no es ateo ni agnóstico. Cree firmemente en Dios, pero no en las pruebas racionales sobre su existencia. Dios está más allá del mundo empírico. Aunque pudiéramos enviar una sonda a los límites del universo, no hallaríamos ni el más leve rastro de una dimensión sobrenatural. Sin embargo, podemos deducir la existencia de Dios como una exigencia de la razón y pensar el universo desde una perspectiva teológica. Lo esencial es no mezclar planos incompatibles, pues sólo lograremos aumentar nuestra confusión y perplejidad.

Sacks se define como un “ateo silencioso”. Le parece irracional que algunas personas cuestionen la teoría sintética de la evolución, pero entiende que la fe es un asunto personal y merece respeto. No obstante, considera que la muerte es el final de un ciclo y no lamenta que sea así. Hace un tiempo, declaró: “Yo vivo en la naturaleza. Soy feliz y me siento en casa. No anhelo nada más. No siento nostalgia de Dios”. Ante la inminencia de su muerte, Sacks se despide con la misma honestidad y entereza que su apreciado Hume: “No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. Me he relacionado con el mundo, con esa forma especial de comunicación que surge entre los escritores y los lectores. Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”. No sé si Sacks tiene razón y la creencia en Dios sólo es un anhelo irracional, pero saber morir es un gesto de dignidad que está al alcance de nuestras manos. El destino de la especie humana es un enigma, pero en cada vida late un infinito que puede inspirar hermosas despedidas. Como la de David Hume. Como la de Oliver Sacks. Como la de Dietrich Bonhoeffer, pastor luterano ahorcado en el campo de concentración nazi de Flossenbürg, que subió al patíbulo exclamando: “Este es el fin; para mí el principio de la vida”. O como la de cualquiera que lea estas líneas.