José María García-Luján | Sábado 24 de mayo de 2008
Se ha hecho una especie de santo y seña entre los empresarios y los profesionales (y diría que también entre la ciudadanía en general) el saludarse comentando con acritud lo mal que está todo. Como si del calor de Sevilla en agosto se tratara o del frío de Burgos en enero, los comentarios banales giran en torno a la tan temida y anunciada crisis. ¡Todo está fatal!
Sin querer desdecir al común de los mortales en dichas aseveraciones conviene reflexionar sobre el punto y seguido o puntos suspensivos que ya se merecen tales comentarios.
A los malos espíritus sería adecuado no continuar invocándolos a cada momento. Todo el mundo sabe que el cenizo tiene mala suerte porque cree en su mala suerte y no para de darle alas. De la misma forma el sentimiento generalizado de crisis provoca pérdida de ilusión, de espíritu emprendedor, de ánimo inversor, de confianza del consumidor, y por tanto, genera más crisis.
Esto no significa no querer ver la realidad ni mucho menos, sino simplemente capear el temporal con la mejor cara posible y sin regodeos innecesarios en la poca fortuna que nos toca padecer.
Los indicadores están ahí y tampoco vale mirar hacia otro lado, pero tiene que cesar esa especie de campeonato nacional de pesimismo con que nos saludan algunos dirigentes económicos porfiando entre sí al respecto de si la crisis es para dos años, para cuatro o para diez.
Y ahora que estamos en pleno San Isidro, que cada cual lidie este morlaco lo mejor que pueda, pero sin estridencias.
Todo pasará... espero.
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