Opinión

De aquí ya no se sale

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 25 de febrero de 2015

Durante décadas, hemos escuchado los relatos de jóvenes adolescentes nacidas en países occidentales en el seno de familias emigradas, practicantes de otras culturas o religiones, que intentaban librarse de convencionalismos o tradiciones que ya no sentían como suyas. Unas férreas reglas que obligaban, por ejemplo, a casarse con el hombre elegido por sus padres sin tener en cuenta sus sentimientos o emociones. Un esposo a quien, probablemente, no conocerían hasta pocos días antes de una boda que podía haber sido ya pactada el día en que nacieron. En realidad, era un hecho que sabían desde que empezaban a tener capacidad para comprender que eso de enamorarse y salir con chicos de una religión o procedencia distinta les estaba firmemente vetado. No les correspondía. Porque, aunque tuvieran compañeras de clase, vecinas o amigas con derecho a reclamar igualdad y pocas cortapisas en sus libertades de despreocupada adolescencia, su destino era otro. El que estaba pactado. Algunas de ellas, incluso, tendrían que abandonar a su familia y el país en el que habían nacido porque el marido que les había “tocado” vivía en la otra punta del mundo.

Pero saberlo de antemano, adoctrinadas desde niñas por sus padres, no disminuía en algunos casos la esperanza de vivir como el resto de jóvenes con las que se cruzaban cada día. ¿Se acuerdan de la joven india de la película de Gurinder Chadna dispuesta a desafiar a sus padres para alcanzar su sueño de jugar al fútbol? La protagonista, interpretada por Parminder Nagra, estaba tan empeñada en emular a su ídolo Beckham que acaba por conseguir, después de un sinfín de disgustos, regañinas o castigos, el beneplácito de su padre. Final feliz. Pero esta historia contada en clave de humor muy british servía en realidad para “denunciar” todos aquellos otros casos de chicas a las que la libertad de elegir un camino - seguro que nunca tan extravagante como el de la joven del filme – no les iba a resultar posible. Como tampoco parecía posible en 2002, cuando se estrenó “Quiero ser como Beckham”, que llegaría un día en el que algunas familias musulmanas residentes en Gran Bretaña empezarían a preocuparse porque sus hijas se tomaran demasiado a pecho eso de las tradiciones religiosas, llevándolas al extremo de dejar sus acomodadas casas para casarse con un yihadista, el que les tocara.

Y, sin embargo, eso es ahora lo que más inquieta a muchos padres. Incluso no creyentes o practicantes de religiones que nada tienen que ver con el Islam. Aunque no se tengan datos concretos sobre el número real de mujeres occidentales que ya han viajado a tierras del EI para convertirse en esposas de yihadistas, lo cierto es que el fenómeno, lejos de ser un suceso esporádico, se ha convertido en una especie de rebeldía contemporánea para adolescentes de todo el mundo. La fuga de Shamina Begum y Amira Abase, ambas de 15 años de edad, junto a Kadiza Sultana, de 16, se ha convertido en uno de los casos más mediáticos, aunque no sea el primero que ocurre. Ni, por desgracia, el último. El caso, además, ha servido para que los gobiernos de Londres y Ankara se tiren los trastos a la cabeza provocando un conflicto diplomático que, en todo caso, debería ser aplazado de momento para lograr el objetivo más urgente. Es decir, encontrar a las tres chicas y devolverlas a casa antes de que acaben encerradas en tierra hostil pariendo un bebé de padre yihadista dentro de la política del califa Abu Bakr al Baghdadi, que hizo un llamamiento para que las mujeres acudieran a Siria e Irak a fin de poblar el Califato y formar familias. Un mensaje que a través de las redes sociales ha llegado a los todavía despistados cerebros adolescentes, agitados por hormonas, que creen encontrar en la más insólita y arriesgada aventura la misión de sus todavía cortas e ingenuas vidas.

Mientras las autoridades turcas critican a las británicas por haber tardado más de tres días en dar la voz de alarma y pedir que buscaran a las chicas que volaron desde Londres directamente a Estambul, Scotland Yard dispara contra la compañía aérea Turkish Airlines en uno de cuyos aviones embarcaron las chicas sin que nadie reparase, por ejemplo, en el pequeño detalle de que una de ellas subía a bordo gracias al pasaporte sustraído a su hermana mayor. Sea como fuere, la policía británica se ha cubierto en este caso de maldita gloria porque, según ha revelado el Daily Telegraph y confirmado el director de la escuela londinense a la que acudían, las tres jóvenes fueron interrogadas tras ser delatadas por una compañera de clase que sabía de sus planes de fuga. La policía, sin embargo, no encontró evidencia alguna de que las chicas se hubieran radicalizado y estuvieran pensando en unirse a los de la bandera negra.

La suerte de Shamina, Kadiza y Amira parece, por el momento, echada. Se teme que su contacto estuviera esperándolas ya en el aeropuerto turco para conducirlas a tierras del Califato. Allí las mujeres extranjeras se han convertido en un reclamo para los yihadistas que también llegan de países occidentales. En Internet hay páginas que funcionan como agencias matrimoniales. No faltan testimonios pretendidamente reales de otras extranjeras convertidas que alaban sus nuevas vidas, consejos para ser devotas esposas dignas de sus maridos guerrilleros y hasta los itinerarios más directos para entrar desde la frontera turca al norte de Siria. Lo que no se dice es cómo salir de allí. Quizás porque ya no sea posible.