Pues ya lo están viendo ustedes, hay ciertas personas que les das una tarjeta y se calzan un Cartier o un Louis Vuitton. Esto sería un pecado venial tipificado en el código de no tengo fondos pero ya lo pagaré por ser persona decente, y otra cosa muy distinta es quien comete adulterio de moralidad con el dinero ajeno. Dicho de forma coloquial, el primero, el del Cartier, se endeuda en su economía personal, mientras que los otros lo hacen utilizando el dinero de los depositantes en la antigua Caja Madrid.
Esta práctica codiciosa e inmoral viene a destapar la falta de virtuosa esencia que algunos practican cuando tienen más poder del que merecen. Hay quienes por el propio contagio de estar al lado de los ventajistas también aprovechan que la tarjeta pasa por el datáfono para cargar sus bolsillos y no ser menos. Es una manera de darle vaselina a los jefes y estar a la altura del delinque. Las tarjetas de crédito, ya saben, ese instrumento de plástico con una banda magnética, algo parecido en tamaño a las tarjetas de visita que servían entre altos cargos directivos para identificar su rango y que era más que suficiente para la reverencia o el favor, pues eso, que si haces un extorno de lo dispuesto a resultas de haberte aprovechado de los honrados, no eres nadie en las esferas. Creo que ahora se dice no ser trending topic.
La cúpula de Caja Madrid que mantuvo relaciones íntimas con el presunto lucro, y no solo ellos, sino aquellos satélites con participación estelar en los consejos de administración, léase consejeros propuestos por sindicatos obreros, partidos políticos y cargos con responsabilidad en patronales de doble dictado, han venido a enseñarnos cuales son los caminos del embaucamiento y a la vez que nada es fruto del virtuosismo de unos pocos, más bien obedece al diseño de alta costura financiera, es decir, que no se dan puntadas sin hilo. De ser considerada apropiación indebida en los ahora directivos imputados, aquellos preferentistas de buena fe y letra pequeña, y demás damnificados, no solo tienen sobrados motivos para el vómito, sino que de ellos será el reino de la compensación exigiendo justicia en recibir lo sustraído, así como en recuperar la salud perdida, el desquite moral y sentirse restituidos de su calvario por el hacer de esta caterva ignominiosa, la cual tendrá que someterse al veredicto de condena con arreglo al dolo causado. Otra cosa no cabe.
Ya sabemos que la justicia en España es lenta, muy lenta, de gran parsimonia, a veces, y según qué casos en litigio, es como si con un caballo de cartón se aspirase a ganar el Grand National. Exasperante ver que los afectados claman en un desierto de impávida soledad, mientras los causahabientes de las tropelías se enervan cuando afloran las facturas de su opaco proceder, restaurantes de lujo, joyerías, hoteles, balnearios, viajes, supermercados, regalos, fiestas, reparaciones de barcos, safaris y demás canonjías son algunos ejemplos de la interminable cita. Por desgracia, el monopolio del engaño está de moda entre los tejedores de enredos, aquellos que amparados por la opulencia de unos cargos de ámbito social no reparaban en volverse opacos para tener derecho al uso de las mal llamadas tarjetas black, pues éstas no eran negras, sino blancas y con letras doradas. Con esta acreditación, consejeros, consejeros ejecutivos y directivos implicados tanto de Caja Madrid como de Bankia, al parecer gastaron un total de 15,5 millones de euros mientras el suscriptor de preferentes, con los ahorros de su vida, era víctima de la letra pequeña, casi imperceptible, a buen seguro impresa en alguna linotipia de ocasión.
En fin, para el codicioso compulsivo ya saben: “lo mío, mío, y lo de entrambos, también mío” Casi todo está dicho.