Arrancó el duelo con una tregua de cinco minutos sin llegadas que sirvió para que el Atlético conociera de primera mano la obra ideada por Schmidt. En un despliegue diseñado sin tempo ni consideración a la pausa cuando se goza de balón en campo ajeno, el Leverkusen lució frenética intención sin inquietas el orden colchonero ni la meta de Moya. Un centro-chut de Bender que no encontró rematador en el 6 de juego representó el aviso de contra vertiginosa alemán. Hasta siete piezas llegaron a posiciones de remate en una transición de apabullante mayoría teutona.
Respondió el Atlético a balón parado a través de una falta lateral botada por Gabi que cayó en las botas de Saúl. El canterano chutó y Griezmann peinó fuera. Lo que se intepretaba como la enérgica reacción de personalidad en vivo cobró en perspectiva la concepción de oasis desértico. Porque el Bayer elevó entonces los decibelios del caos efervescente sobre el césped y los pupilos del "Cholo" se dispusieron a no encajar gol en un ejerciciod e achique obligado y continuo que se extendió hasta pasada la primera media hora de partido.
Una deficiente salida de Moyá al saque de esquina de Calhanoglu que recogió Wendell con un remate cruzado que desvíó un atacante local y sacó bajo palos Siqueira, en el 12, plasmaba de manera palpable el escenario real del duelo. La primera ocasión clara del Bayer nación de una pérdida rival. De Siqueira. La situación de robo y salida de la que se alimenta la orda interna y externa de llegadores de Schmidt.Y sobrevino una tormenta que a punto estuvo de hacer resbalar al Atlético, con excepción honrosa de Godín, el mejor en la tempestad.
El juego entró en el correcalles de salida lanzada continua del Leverkusen, con dos toques por barba y desmarque vertical perpetuo de los mediocampistas, que abandonaban su puesto táctico para dejar a Castro como organizador. Quedaba penalizada cualquier pérdida a riesgo de sufrir en la fulgurante transición local. Los colchoneros, fuera de eje, replegaban efectivos hasta que se calmara el vendaval y las revoluciones locales, sin encontrar la precisión necesaria para intimidar a la contra o pausar el ritmo.
A medida que el equipo de la Aspirina ponía el bello de punta a la tribuna con un fútbol tradicionalmente alemán -con incremento de la exigencia física por la potencia y centímetros locales- hizo acto de presencia el cañonazo de Spahic desde larga distancia que solo encontró freno en la cruceta. Se abría, en el 24, los peores momentos del Atlético, incapaz de robar la pelota, de ganar los balones divididos y de contemporizar a través de la posesión. Y las opciones locales se sucedieron: volea de Castro desviada tras cabezazo de Bender desde la frontal -en el 26- y Moya sacó de la cabeza de Drmic, in extremis, el centro de un Bellarabi excelso en su continua movilidad -en el 28-.
Tan solo Saúl sacó a los suyos de la cueva con un lanzamiento desde media distancia que no encontró portería. Sin elaboración. Con la batalla anatómica perdida, constituía toda una prueba de consistencia mental y concentración. El riesgo de fallar un pase y quedar desguarnecido permanecía latente y los de Leverkusen cortaban con faltas, terrestres o aéreas, cada intento de respiro madrileño.
El último cuarto de hora, con el nivel de intensidad local rebajado, acogió dos cambios rojiblancos obligados por lesión: Siqueira, fuera del partido por la velocidad de Belarabi y por presuntas molestias musculares, dejó su sitio a Gámez y Saúl, apagado tras sufrir un rodillazo en la espalda, abandonó el verde por Raúl García. Por el camino emergió la figura de Griezmann para configurar un cierre de primer acto delicioso.
En el 38 rozó el gol del francés. Leno sacó de su testa un centro tras rebote de Arda. Un matiz que atisbaba el desnudo por endeblez defensiva, característica del bloque de Schmidt, que había quedado enmascarada bajo la exuberancia vertical. Y como paso previo al intermedio Tiago cazó una pelota suelta tras córner lanzado por Gabi para cruzar un disparo que no entró por la estirada de esplendorosos reflejos de Leno. Antes, un córner venenoso lanzado por Calhanoglu sin rematador ni despeje heló la sangre rojiblanca. Cinco minutos que anunciaban un cambio de escenario.
Empezó el segundo acto el Atlético con la firme intención de llevar el duelo a un viraje básico. Y consiguió aplicar su modificación en los primeros instantes: el repliegue ya no era encierro y entregó la pelota de manera definitiva a los alemanes, que sufrían para encontrar huecos en estático. Un chut en el 50 desde el centro del campo de Raúl García, que no encontró portería, dibujaba cierta mejoría.
Sin embargo, cuando gozaban los colchoneros de la mayor comodidad y sensaciones en su visita de este miércoles, un error de colocación de la zaga penalizó hasta el extremo. Bellarabi atrajo a toda la zaga, que regresaba corriendo para retomar posiciones tras una pérdida en campo propio, dejó de pisada al mediapunta turco, que se hizo hueco y cruzó una flecha inapelable para Moya. En el 56 mordía el polvo un bloque español que resistió en los primeros 45 minutos.
A partir del único tanto del duelo se desarrolló una suerte de juego de ajedrez tautón, en el que los pupilos de Schmidt azotaron con coyunturales repuntes de intensidad el tono lento del resto de partido. De la injusta reclamación de mano de Wendell -y penalti a favor español- en área ajena nació una contra lanzada con explosividad admirable por Bellarabi, de 6 alemanes para 3 colchoneros, que perdonó el Bayer con una horrible entrega a banda.
Sobrevino el tercer cambio rojiblanco que sacó del césped a Arda -desasistido tácticamente- para dar entrada a Torres -sobrepasado por el ritmo del partido y desorientado en defensa- con el fin de reforzar la segunda jugada y mover la velocidad de Griezmann a la banda. Reaccionó Schmidt dando descanso a Bender, que tenía amarilla, estaba exhausto y sufría para sujetar la transición visitante, e introduciendo la capacidad asociativa de Rolfes.
Se consumía el tramo central del segundo acto con la constatación de la pérdida de pericia combinativa a través del peor partido que se le recuerda a Gabi en citas trascendentales. El Atlético nunca elaboró. Incapaz de dar dos pases seguidos ni de encontrar a los puntas en largo. Todo el peligro generado queda constreñido, por rocambolesco que pudiera parecer, a saques de banda rifados al área de Gámez y Juanfran.
Una falta muy lejana y frontal ejecutada a las manos de un seguro Moya por Calhanoglu en el 70 suponía el único chispazo de un Bayer que se gustaba congelando el ritmo. Ejerciendo un dominio en estático que parecía valerle a un Atlético agazapado, que no quiso presionar. Quizá por inseguridad ante las contras locales. No en vano, en el 73 surgió el paradigma sintomático del duelo: una parada de Leno, que tapó una acción de pizarra colchonera, volvió a traducirse en contra venenosa local que Drmic concluyó en chut tímido obviando la presencia de otro delantero en soledad de remate.
El tramo final del duelo, con el bloque de Simeone arrinconado y cuya creatividad ofensiva se limitó a trazar pelotazos, sin gusto ni intención por cansar al rival por abajo, asistió a la expulsión de Tiago. El luso vio amarilla al tapar una contra clara en el 24 de partido y cazó a Bellarabi en banda, pagando cierto desquicie, en el 76. Acto y seguido Papadopoulos perdonó el segundo al rematar un balón suelto tras la falta lateral botada por el lanzador turco. Su intento no tomó fuerza ni colocación de milagro. Y allí se cerraron los intentos a puerta.
El equipo español agonizaba, perdiendo en lo físico, en lo táctico y en lo creativo. Pero salvaguardó su portería de un daño mayor en un giro pragmático de su técnico. Kiessling entró por Drmic, Calhanoglu se fue por Brandt y Raúl García cabeceó sin fuerza y desviada una falta regalada por Spahic en el 87. Mala versión colchonera que deberá reconducir la situación, con Godin y Tiago ausentes por el apartado disciplinario, aunque el lado positivo de la borrasca sufrida debe permanecer presente: el Atlético sobrevivió con el bagaje ofensivo bajo cero. La intensidad y precisión, claves en el Calderón.