Sábado 24 de mayo de 2008
Ayer se celebró en Belgrado una nueva edición de Eurovisión, el tradicional concurso de la canción europea, que, a pesar de su solera y popularidad, no deja de ser una competición televisiva sin carácter oficial. Si hay algo que ha caracterizado a la edición de este año ha sido el carácter intencionadamente “friki” de los representantes de los países. Irlanda, por ejemplo, perdió las semifinales, representada por un muñeco conocido como el pato Dustin y España ha recuperado el interés por el certamen gracias al popular Rodolfo Chikilicuatre, personaje histriónico, interpretado por un actor, que empezó siendo una broma del programa de Andreu Buenafuente y que ha acabado, no sólo representado a España en el concurso sino dando una clase de “español” en el Instituto Cervantes de Belgrado.
Con estas líneas no pretendemos criticar la deriva que ha tomado Eurovisión ni sumarnos al coro de voces de los “eurofans”, totalmente contrarios al Chikilicuatre. No les falta razón. Chikilicuatre y sus bailarinas no son otra cosa que una burla a un concurso pretendidamente serio, y su presencia en el mismo, que demuestre el nihilista sentido del humor de los españoles, puede interpretarse como un síntoma claro de su decadencia. Los símbolos importan y mucho. Pero, como decíamos al principio, Eurovisión no deja de ser un concurso de las televisiones europeas, sin carácter oficial y que, por más que sus votaciones muchas veces se reflejen las alianzas y desencuentros entre los diferentes países, poco o nada tiene que ver con la soberanía de un Estado. El Chikilicuatre es el representante de la TVE en este concurso, pero no un “embajador” ocasional de España. Si tuviera que serlo, entonces sí sería preocupante que se hubiera elegido a un personaje como él.
Por ello, su presencia en el Instituto Cervantes de Belgrado, explicando a los estudiantes serbios el significado de la palabra “perrea” y otras de las, más que delirantes, soeces y zafias expresiones de su canción, tiene un trasfondo inquietante. El sentido del humor, la autoparodia y la ironía son elementos sanos y que denotan inteligencia. Pero cada cosa tiene su sitio y razón de ser. Existen ciertas instituciones que no tienen porque verse rebajadas al nivel de seguirle el juego a un personaje que tiene su sitio y lugar como espectáculo televisivo, una actuación, en todo caso, discutida y discutible por su chabacanería y mal gusto. Elevar al Chikilicuatre abriéndole las puertas del Cervantes, seguir su broma hasta ese punto, no es reírse con él, sino dejar que él se ría de uno, permitiendo que una institución, que es de todos porque todos la pagamos y por el nombre emblemático que lleva, se preste a proyectar una imagen lamentable de España. Puede que la organización de Eurovisión se lo pueda permitir, pero una institución como el Cervantes no puede ni debe. Corresponde a la Directora de tan alta institución y al Ministro de Cultura reflexionar sobre este desatino. Si nosotros no nos tomamos en serio ni respetamos nuestros símbolos, ¿quién va a hacerlo?.
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