A pesar del cierto desapego de la opinión pública con el parlamento, me parece que este último debate sobre el estado de la Nación ha tenido entidad. Las intervenciones del presidente del Gobierno y de los diputados de los partidos de la oposición nos han permitido conocer las distintas opiniones que tienen sobre la situación política, en este final de la legislatura.
Simultáneamente a conocer quién había hecho la mejor intervención parlamentaria de todas, los medios informativos, que otorgaban los laureles a los vencedores en oratoria (en realidad, cada cual se lo auto-otorgó a su respectiva línea editorial), dieron la exclusiva de que las elecciones se iban a adelantar al mes de noviembre del presente año.
¿Será cierto? Lo desconozco. Pero este periodismo a la caza de las novedades, con el propósito de mantener como sea el flujo de noticias impactantes, algo tiene que ver con el estado alterado de nuestra sociedad. Como una buena parte de los ciudadanos no sigue estos debates, su juicio sobre los mismos, y sobre la política en general, se basa en las versiones de los medios informativos, de manera que la opinión pública depende, cada vez más, de la opinión publicada.
Al término de la primera jornada del debate, la mayoría de las versiones en radios y televisiones valoraban a Rajoy y a Sánchez de acuerdo con las premisas que previamente habían realizado los periodistas, que informaban de lo que se estaba desarrollando en el Congreso de los Diputados. Como casi invariablemente habían hecho juicios sobre si Pedro Sánchez revalidaría su liderazgo en un PSOE inquieto, o si Mariano Rajoy mantendría su poder absoluto en el seno de su partido, el contenido de los discursos de uno y del otro apenas fueron analizados, más allá de los juicios previos, es decir, de los pre-juicios de los comentaristas: como el duelo parlamentario entre el presidente del Gobierno y el líder del PSOE fue bastante bronco, muchos informadores manifestaron que el debate perjudicaba, según los gustos, a Rajoy, o a Sánchez, y que beneficiaría a las opciones aún extra-parlamentarias, “Podemos” y “Ciudadanos”.
Tanta preocupación por su posible irrupción alterando el sistema actual de partidos, ¿no aparece demasiado evidente que esa llegada sea el deseo oculto de una nueva fuente de sensacionales noticias, una anhelada nueva crónica de sucesos informativos? Los telediarios de la primera cadena pública, no es que marcaron la pauta de ese tratamiento sesgado de sus informativos, sino que su versión del debate no se parecía a lo que realmente sucedió en el Congreso.
En ese contexto de inflación de video-política, las intervenciones de Rajoy y de Sánchez me parecieron dignas de una democracia europea, eso sí, condicionadas por un calendario apretado de citas electorales: Andalucía, municipales y autonómicas, Cataluña y, finalmente, elecciones para el gobierno de España.
Ante esos desafíos electorales, Rajoy confía todo a los efectos de la salida de la crisis económica. José Antonio Zarzalejos, un periodista que procede de medios conservadores, ha sorprendido con un artículo muy crítico con el discurso del presidente del Gobierno.
Zarzalejos se queja que Rajoy está pintando un futuro económico irreal, y que no hizo ninguna mención al perdurable desempleo, a la acentuación de las desigualdades sociales, a la destrucción de las clases medias, a la sobrepresión fiscal de años anteriores (y que no se compensa con las nuevas promesas del ministro Montoro), al rescate de las cajas de ahorro que ha supuesto 60.000 millones de euros, pero sobre todo, Zarzalejos reprocha al presidente del Gobierno que no mencione los problemas políticos que siguen siendo preocupantes: la deriva independentista catalana, el estrago causado por la corrupción que lastra a su propio partido, las reformas institucionales pendientes, la desmoralización de la opinión pública con los representantes políticos, el oportunismo electoral con asuntos como el fin de ETA y la doctrina Parot, o la táctica de pasar mirando para otro lado en casos como las promesas incumplidas de modificación de la ley del aborto. Y para culminar sus críticas, Zarzalejos, un periodista monárquico, no puede aprobar que un presidente del Gobierno, en un debate sobre el estado de la Nación, no diga nada de la abdicación del anterior rey y lo que supone su sustitución por Felipe VI.
Pedro Sánchez hizo una intervención muy política, preparada en todos sus términos, que en general ha causado una buena impresión, y además, revalidó ante sus diputados su autoridad, motivo de numerosas conjeturas en las semanas previas. Fue muy crítico con Rajoy, y el presidente le respondió con una dureza extrema, que para algunos periodistas fue motivo de regocijo, y para otros resultó impropia de su condición, ya que al fin y al cabo estaba obligado a mantener unas formas contenidas.
No coincido con esas opiniones. Aparte de que esa agresividad de Rajoy con Sánchez beneficia al líder socialista (¡como si estuviera preparado para él!), el parlamento es un invento de la civilización democrática, que transforma las pugnas políticas en encuentros dialécticos, que pueden llegar a ser muy hoscos. Es un duelo incruento, y que siempre está vigilado por un juez, que regula el debate, que es el presidente de la Cámara. Lo que es síntoma de la enfermedad de la democracia no es que los debates parlamentarios tengan una dureza dialéctica extrema, sino que las diferencias políticas se manifiesten fuera de las Cámaras. Por eso, cuando los dirigentes de partidos que no tienen diputados declararon a los periodistas que ellos estaban haciendo el verdadero debate de la Nación, me vinieron a la memoria las veces recientes que los partidos políticos, que sí tienen representación parlamentaria, han sacado a la calle a sus partidarios, un método que ahora emplean los auténticos contrarios a la democracia representativa.