Los Lunes de El Imparcial

Fernando Cid Lucas (Coord.): La narrativa japonesa: Del “Genji Monogatari” al manga

ENSAYO

Domingo 01 de marzo de 2015
Cátedra. Madrid, 2014. 328 páginas. 15 €

Por Hidehito Higashitani


El libro consta de diez artículos monográficos, amén del Prólogo y el Epílogo, a cargo de distintos especialistas, mayormente españoles, sobre los prinicipales autores y obras que aprarecen a lo largo de la milenaria historia de la narrativa japonesa. Contiene dos artículos dedicados a las ingentes obras de Genji Monogatari y Heike Monogatari respectivamente, otros dos dedicados a Ihara Saikaku y a Jippensha Ikku, autores de la época de Edo, y finalmente seis artículos dedicados a los autores modernos y contemporáneos posteriores a la época de Meiji: Natsume Sōseki, Akutagawa, Kawabata, Mishima, Ōe y Murakami.

La mayoría de los artículos está avalada por la laboriosa tarea de lectura tanto del texto original como de importantes estudios monográficos sobre el tema y expone su acertado análisis sobre cada autor y las obras de que se trata. Sobre todo, lo que hace más atractiva la lectura es la intervención de especialistas que tienen en su haber alguna que otra traducción suya al español de la obra original en cuestión. Por ejemplo, el Heike Monogatari está explicado y comentado de una forma clara y convincente para los lectores del habla española para facilitarles la aproximación a la obra, por ejemplo empezando por la etimología de la palabra “monogatari” (contar o narrar sucesos) y exponiendo su excelente visión literaria al decir, cuando se coteja la obra con la epopeya de la literatura occidental, que “no hay que buscar pretensiones y grandilocuencias, con el fin de encontrar equivalencias a su título original” (pág. 65). Además los comentarios concisos sobre los principales personajes y el trasfondo histórico de la obra ayudan mucho a su comprensión para un lector occidental.

Lo mismo se podría decir con respecto a los excelentes artículos sobre Ihara Saikaku y Natsume Sōseki redactados por los traductores del respectivo autor y sus obras. En el comentario sobre este último, el autor del artículo habla de Sanshirō (1908) comparando la obra con las novelas europeas y estadounidenses modernas y actuales de la siguiente forma: “Es seis años posterior a Camino de perfección o cuatro anterior a El árbol de la ciencia, ambas novelas de Pío Baroja, con las que comparte el tema y fondo, y abre un género que en la novela anglosajona llega hasta Pynchon pasando por Salinger...” (pág.146), análisis que aleja este trabajo de una pesada e insípida acumulación de datos en que suelen caer algunos artículos de este tipo.

De paso, tendremos que mencionar también algunos pequeños descuidos en la transcripción en rōmaji del japonés al español. A lo largo de la lectura de todo el libro, resulta bastante chocante y desconcertante la falta de un criterio unificador y se mezclan el sistema Hepburn y el Kunrei-shiki. Por ejemplo, Nihonshoki aparece escrito a veces como Nihonsyoki en el mismo artículo, y Ujishūi Monogatari y Ujisyūi aparecen indistintamente. Y también son muy frecuentes los errores de transcripción en rōmaji de los nombres propios de personas y de las obras que se comentan, que los omito aquí para evitar la prolijidad de citas.

Por otro lado, habrá que referirse a la transcripción de los apellidos y los nombres de los autores citados en el libro. Ya se sabe que según la onomástica japonesa, el apellido precede al nombre. Por tanto, en las traducciones al idioma europeo, cuando se trata de los autores clásicos de renombre, se ha seguido la costumbre de respetar la ordenación de la onomástica japonesa. Así por ejemplo, Ihara Saikaku (apellido seguido de nombre), Jippensha Ikku (ídem.), Natsume Sōseki (ídem.), Akutagawa Ryūnosuke (ídem.) etc. En el libro se sigue esta forma de transcripción hasta el capítulo 6 (aunque se observan muchos casos en que no se sigue esta norma para otros autores menores), y después del capítulo 7 se observa la ordenación no japonesa de Yasunari Kawabata (es decir, nombre seguido de apellido), Yukio Mishima (ídem, capítulo 8), Kenzaburo Ōe (capítulo 9), hasta llegar a Haruki Murakami (capítlo 10). Suponemos que el editor habrá seguido algún criterio para este cambio en los autores contemporáneos y actuales. Pero si es así, sería conveniente explicarlo para un mejor entendimiento y conveniencia del lector.

Otro detalle que nos gustaría comentar. Como el libro es una colección de artículos, en pricipio independientes, escritos por diferentes autores, se nota una falta de mutua conexión entre ellos, cosa, por otro lado, muy natural. Pero hubiera sido más interesante que todos los artículos formasen una unidad e intertextualidad para presentar la narrativa japonesa como un ente orgánico en el contexto de una corriente histórica continuada. En ese sentido, habría sido más interesante, por poner un ejemplo, hacer saber al lector cómo el concepto de “Monono Aware” (sensibilidad emocional y subjetiva) comentado someramente por el autor del artículo sorbre el Genji Monogatari (pág.58), idea originaria del eminente filólogo Motoori Norinaga de la época de Edo, se sigue manteniendo en pie en otras obras aparecidas a lo largo de la historia narrativa japonesa.

Otra cosa que echamos mucho de menos en el libro es un detallado estudio sobre Ueda Akinari, autor de la conocidísima obra Ugetsu Monogatari (Cuentos de claro de luna y de lluvia) de la época de Edo -que inspiró en 1953 la ya legendaria película del mismo título, realizada por el director Mizoguchi- como una de las figuras de gran interés en la tradición de la narrativa japonesa popular fantástica. Este tipo de novelas se denomina “Kaidan”, en las que aparecen los “mononokes”, es decir, espectros, montruos, seres imaginarios con una ambientación sobrenatural, que invita al lector al mundo del más allá. Esa tradición, empezada ya en los tiempos de Heian con el famoso Konjaku Monogatari y Nihon Ryōiki, se afianza definitivamente en la época de Edo con Ueda Akinari, Ejima Kiseki, Takebe Ayatari, y después con Takizawa Bakin, para convertirse en un nuevo género tradicional de literatura japonesa. Y más tarde, en la nueva época de Meiji, esta traición se conecta con la colección de cuentos del famoso Kwaidan del singularísimo autor Koizumi Yakumo (nombre japonés naturalizado del Lafcadio Hearn) y “Bonzo mendicante del monte Kōya” de Izumi Kyōka. Y, finalmente, ya entrando en el siglo XX, esta línea se manifiesta en autores como Edogawa Rampo, Yumeno Kyūsaku, para llegar, por ejemplo, hasta los “mangas” actuales de Mizuki Shigeru y al mundo de espectro y ánima que aparece en el conocido “ánime” Princesa Mononoke del director de renombre internacional Miyazaki Hayao.

Bien, dejando aparte estos pequeños escollos que hemos apuntado, hay que reconocer que el libro posee un gran mérito como resultado de un conciezudo trabajo colectivo de investigación, y que se merece un elogio general tanto de especialistas como del público como excelente guía e introducción al rico patrimonio de la literatura japonesa. En fin, se podrá decir que se trata de un libro de consulta obligatoria para el estudio de esta materia para los lectores y estudiosos de habla hispana.