TRIBUNA
Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 02 de marzo de 2015
Pero, el protagonismo principal lo reclaman con justicia los hombres que allí lucharon, expuestos a la muerte en condiciones durísimas: el calor, la falta de agua, las omnipresentes moscas… “Os quedan diez minutos de vida” llegará a decir un comandante aliado a los hombres que deben resistir una acometida otomana. No faltan, sin embargo, escenas amables: los baños temerarios y no por ello menos masivos en las playas, los partidos de fútbol, e incluso viñetas de camaradería y respeto entre los enemigos, como ocurriera durante la tregua pactada para enterrar los cadáveres. Especial mención debe hacerse a las tropas australianas y neozelandesas (Anzac). Los “nuevos Apolos” llegados del otro lado del mundo son, sin duda, el elemento más llamativo de la campaña. Su vigor, su inocencia y su heroísmo (cuyo túmulo más destacado fue la acción en Pino Solitario) marcan la entrada de sus países en la Historia. Así, se considera unánimemente que Galípoli es el inicio de la conciencia nacional australiana: suele afirmarse que Australia fue a la guerra como seis provincias y salió de ella como una Nación (el 25 de abril es festivo en las antípodas). Galípoli es el Gólgota redentor del pecado original fundacional de Australia como colonia penitenciaria.
Volvamos al libreto. Tras el intento fallido de agosto, la dificultad de coronar con éxito la misión así como, especialmente, el cambio en la situación griega y la previsible entrada en la guerra de Bulgaria determinaron que Londres adoptara la decisión más dura: la evacuación (en la resolución tuvieron también un papel significativo las críticas a las condiciones de la operación vertidas por el corresponsal australiano, Keith Murdoch, padre del magnate mediático de la actualidad). Con todo, cabe subrayar que la retirada aliada se cuenta como modelo de reembarco, dado que se culminó sin penas bajas. En cuatro noches de diciembre y enero se produce un milagro bélico, cuyo relato reviste evidente dramatismo (la tensión de las últimas unidades ante la posibilidad de que los turcos se dieran cuenta de que las posiciones apenas estaban defendidas), gotas de humor (los ardides empleados para hacer creer al enemigo que todo era normal) y dosis altas de heroísmo (fueron muchas las peticiones de ser los últimos en abandonar las playas).
Atrás quedaban miles de muertos en ambos bandos (se estiman cerca de 250.000 bajas en cada ejército). Uno de ellos, fallecido por septicemia dos días antes del desembarco, el poeta británico Rupert Brooke, presa de excitación febril ante el hecho de hallarse rememorando a sus admirados héroes en la tierra que estos hollaran, dejó escrito: “Si yo he de morir, pensad de mí sólo esto;/ Que hay algún rincón en un campo extranjero/ Que es ahora Inglaterra para siempre”. Muchos rincones de Gelibolu son hoy, para siempre, rincones para toda la Humanidad, testigos de una hora en la que lo peor y lo mejor del ser humano se fusionaron en extraña y trágica pócima para enseñanza de los que vinimos después.
El mito griego de Leandro y Hero relata cómo cada noche los dos amantes, separados por el estrecho y por la oposición familiar, se encontraban tras cruzar a nado el primero (“siglos más tarde” Byron repetiría tal “gesta”) gracias a la luz del faro encendido por la sacerdotisa. Una noche el viento apagó la luz y Leandro, desorientado, se ahogó en los Dardanelos, ante lo cual su amante se arrojó al mar. Para nosotros la luz de Galípoli, lo que aprendemos de él entre tanto dolor, brillará para siempre.