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El Estado Islámico se asienta en Libia, la antesala de la Unión Europea

TERRORISMO

Borja M. Herraiz | Martes 03 de marzo de 2015
Los yihadistas se aprovechan de "la Somalia del Mediterráneo". Por B.M.H.


Hasta hace unas semanas, la barbarie yihadista de Estado Islámico era una amenaza lejana, una cascada de noticias sangrientas que tenían lugar en Siria o Iraq, a miles de kilómetros del llamado Occidente.

Sin embargo, el ahora grupo terrorista más poderoso y mediático del momento ha dado el salto a Libia, "la Somalia del Mediterráneo", en palabras de un alto diplomático británico, aprovechando el caos político y el descontrol social que padece el país del norte de África, partido en dos desde las pasadas elecciones del mes de junio, y empieza a representar una seria amenaza para la estabilidad del sur de la Unión Europea.

La caída del régimen de Muamar el Gadafi en agosto de 2011 trajo consigo promesas de prosperidad y libertad para los libios a lomos de la Primavera Árabe, unas promesas que han caído en saco roto casi un lustro después víctimas de las luchas fratricidas entre clanes y la imposibilidad de una élite política de llegar a un pacto de estabilidad que fortalezca un Gobierno.

Así, los extremistas radicales han logrado hacerse fuertes entre una clase baja obrera y rural descontenta con el devenir del país y ésta se ha convertido en un caldo de cultivo perfecto para el reclutamiento de centenares de yihadistas dispuestos a imponer el poder de Estado Islámico en un país que dista apenas 400 kilómetros de las costas italianas y griegas.

La primera gran demostración de fuerza del EI en territorio libio fue la ejecución de una veintena de cristianos a los que decapitaron para luego colgar el vídeo en Internet como un reclamo para futuros voluntarios y un aviso para sus enemigos. Tras esto, EI volvió a sacar músculo con la ocupación de la ciudad de Sirte, una de las urbes costeras de mayor peso estratégico y ciudad natal de Gadafi, con la entrada de miles de milicianos fuertemente armados en un eterno convoy de furgonetas Toyota.

Desde la embajadora de Estados Unidos en el país, Deborah Jones, hasta representantes de Francia y Reino Unido, pasando por el ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, todos llevan meses advirtiendo del peligro que supone el caos libio y el despliegue de fuerzas de Estado Islámico en el país.

El tridente de Estado Islámico
Sin embargo, más allá de los llamamientos al diálogo y de los bombardeos unilaterales de la aviación egipcia, la comunidad internacional se ha mostrado apática ante esta creciente influencia yihadista en la ribera sur del Mediterráneo.

La esperada reacción puede ser tardía, puesto que las primeras noticias de la presencia de Estado Islámico en Libia se tuvieron en octubre del año pasado, con la fundación de la mayor sucursal de la organización terrorista fuera de Siria e Iraq en la localidad de Derna, al noreste del país.

En esta pequeña ciudad costera de apenas 100.000 habitantes levantada en las faldas de la Montaña Verde, antiguo reducto de la oposición a Gadafi, rige desde hace meses la Sharia, la interpretación más radical de la ley islámica, y los acólitos de Al Bagdadi se han hecho fuertes hasta el punto de controlar la Policía y las instituciones locales bajo el paraguas de unas milicias bien armadas y preparadas para el combate.

Estado Islámico ha logrado que impere una cierta jerarquía armada al este de Libia, pues hasta hace poco la región estaba controlada por más de un centenar de pequeños grupos armados cuya lealtad cambiante dependía de los jefes tribales.

Ahora, la influencia de EI y el temor que ha despertado entre las democracias occidentales ha provocado que los hasta ahora diseminados milicianos se hayan unido en pos de un objetivo común: plantar cara al poder de Trípoli, la capital, y de Tobruk, sede del Gobierno reconocido por la comunidad internacional presidido por Abdalá al Zani, y expandir los dominios del califato de Al Bagdadi hasta las puertas mismas de la Unión Europea.

Esta alianza de circunstancias pone de manifiesto que la amenaza de Estado Islámico en Libia no es uniforme ni está enteramente compuesta por fanáticos religiosos, sino que a estos les acompañan mercenarios y milicianos oportunistas que buscan sumar fuerzas contra un objetivo común. Esta coalición del terror ha sido bautizada como Wilayat Barqa (al este de Libia) y no debe ser confundida con Ansar Al Sharia, otra milicia yihadista alineada con el Consejo de la Shura y, por tanto, de Trípoli, aunque combatan juntas en ciudades como Bengasi, o los Mártires de Abu Salim. Además, en las últimas semanas han surgido otras dos células presuntamente vinculadas a EI: Wilayat Fezzan, al sur del país, y Wilayat Trípoli, al oeste, ambas sospechosas de perpetrar recientes atentados.

La falta de una coordinación de las fuerzas políticas libias ha fomentado la expansión y el poder de convocatoria de estos grupos, que también se nutren de voluntarios tunecinos, argelinos, egipcios y marroquíes. Mientras Trípoli rechaza de pleno que haya un solo combatiente de EI en territorio libio, el Ejecutivo de Tobruk exagera la amenaza en busca de la atención y los apoyos de Occidente a su causa, revestida de un halo de libertad y democracia puesto en duda por sus propios vecinos y por Bruselas mismo.

Por ahora, en el seno de la Unión Europea no hay unanimidad a la hora de abordar el problema o de levantar un embargo de Naciones Unidas vigente desde 2011. Todo con la amenaza de una nueva guerra civil sobrevolando la cabeza de millones de libios atrapados en una contienda con centenares de frentes, odios cruzados e intereses cambiantes.

Mientras Francia e Italia son partidarios de armar a las facciones del general Jalifa Haftar, héroe de la guerra con Chad, y dependientes de Tobruk para hacer frente al pujante yihadismo, España y Reino Unido, cuyos ministros de Exteriores, Moratinos y Hammond, se reunieron hace unos días en Madrid, condicionan esta ayuda a la formación de un Ejecutivo de unidad nacional que no tiene visos de construirse y cuya labor de mediación recae en el español Bernardino León, enviado especial de Naciones Unidas para Libia.

Por ahora, los expertos recalcan que la presencia de milicianos ligados a EI en Libia no es muy numerosa, pero la cercanía de su zona de influencia a la permeable frontera con Egipto hace que las posibilidades de que sus filas se vean notablemente incrementadas en los próximos meses son muy altas, sobre todo de darse un trasvase de yihadistas con experiencia en combate desde Siria e Iraq. Esto en un país en el que se calcula que hay 20 millones de armas fuera del control oficial, casi cinco por habitante.