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El Barça convierte al City en un trapo, por enésima vez, y resuelve en la ida (1-2)

LIGA DE CAMPEONES - OCTAVOS (IDA): MANCHESTER CITY 1 BARCELONA 2

Diego García | Martes 03 de marzo de 2015
Messi desquició a los ingleses y Suárez remató la sublime primera parte catalana. Por Diego García

Destapó el sarcasmo Manuel Pellegrini el fin de semana para referirse al partido de este martes, a la ida de los octavos de final de la Liga de Campeones. "Aprendimos a no hacernos expulsar y lo único que pido es que a ver si esta vez podemos acabar los partidos con todos los efectivos", lanzó el ingeniero. Resultaría un ejercicio fútil abstraerse duelo de acaecido la temporada pasada, allí donde Demichelis derribó a Messi fuera del área y el colegiado señaló penalti para sentenciar la eliminatoria en el primer suspiro. Con el Etihad citizenrepleto de aficionados y de ardor por avanzar, al fin, hacia los peldaños de la élite del fútbol continental, el ambiente quedaba aliñado de manera ineludible por una esencia de venganza esperada.

Para dar un giro a lo pragmático -el técnico chileno se aseguró lo anímico confesando que en el último envite no llegaba en un punto de forma tan afinada como ahora-, Pellegrini decidió virar en su apuesta contra el bloque culé casi 180º. Estaba previsto que la baja de Toure Yaya condicionaría el despliegue del City, pero, el preparador buscó un golpe de efecto alineando una estructura extremadamente ofensiva. Pobló el centro del campo de talento y lo vació de sabiduría táctica y de repliegue. Así, tan solo Fernando actuaría como red de seguridad y tocaría a Milner -flecha acostumbrada al carril lateral- ejercer de complemento central para que Nasri y Silva disfrutaran de la pelota y alimentaran a Dzeko -trabajo de situación del juego aéreo- y el irresistible Agüero. Con esta suerte de salto al vacío ofensivo, acrecentado con la entrada de DeMichelis por la potencia anatómica de Mangala para una mejor salida de pelota, el equipo inglés apostaba todo al gol. Ahondando en su agujero en el achique.

Luis Enrique, por contra, no varió un ápice su planteamiento, si bien introdujo a Mascherano en el centro de la zaga y Rakitic, manteniendo a Iniesta, en la medular. EL rival planteaba batalla por el monopolio de la pelota y esto obligaba a los catalanes a un esfuerzo de pericia para pulir la mutación hacia lo vertical, con Messi como generador de contras efervescentes. La altura de los laterales y de la presión colectiva quedaría en suspenso ante la disposición del Manchester. Ter Stegen volvía a sacudirse a Bravo. Así pues, con la incógnita del nivel de esfuerzo sin balón, la cohesión en el repliegue y la intensidad -y horizontalidad- del manejo de la pelota, arribó un Barça favorito con intención de resolver la ida y los fantasmas generados tras la debacle malacitana a través de un plumazo de autoridad.

Con estas apuestas simétricas arrancó un partido en el que el ritmo empezó congelado y las hostilidades tardaron en reproducirse. Las posesiones no rebasaban las zonas de seguridad ni aceleraban en el intercambio de pases. Los primeros 10 minutos se consumieron bajo un centrocampismo que denotaba una mayor altura de presión blaugrana y menor paciencia en la elaboración local.

Con este guión anti riesgos, las opciones no podrían nacer de cuna diferente a las imprecisiones y errores o el balón parado. Y así se desarrollaron los primeros acercamientos hasta el primer mordisco del enfrentamiento. Luis Suárez ejecutó el primer chut del partido tras un fallo en el pase de Fernando a sus centrales que dejó en franca posición al uruguayo. Corría el minuto 12 y Lucho no encontraba puerta. Instantes antes, Neymar resbaló en un regate ante Zabaleta en la medular y Agüero lanzó una contra que concluyó en falta de Mascherano en la frontal blaugrana. Milner no había sobrepasado la barrera.

Y, sin un dominador del tempo claro, sobrevino el punto de inflexión a través de la pelota parada para desnudar el maquillaje en el gigante de barro. Lo hizo de una manera rocambolesca que provocó que los labios de Pellegrini dibujaran un "no puede ser". Alves sacó de banda en plácida sincronía con Messi y el argentino levantó la vista para comprobar cómo Suárez, único peón culé en medio de la maraña de zagueros ingleses, era también el único ser en movimiento y tensión competitiva. Kompany se anticipó al envío de la Pulga pero dibujó un despeje horrible que recuperó el charrúa para, a placer, cruzar su remate a la red. En el minuto 16 golpeaba primero el Barça.


No cambió el paso el City, acuciado por una mejor ocupación de los espacios del equipo visitante, que jugueteaba ya con la línea de presión. El cabezazo desviado de Dzeko tras la apertura de Silva a Clichy y centro desde la cal del francés en el 20 resultaba entonces un espejismo. El Barça metió la pelota en formol, sabedor de la imposibilidad del rival para recuperar el balón por el tipo de jugador que confeccionaba el centro del campo. Con Messi fluctuando de la banda hacia el centro, reclamando el mando organizativo, el favorito impuso su calidad con rotunda claridad. En los locales tan solo Silva parecía gozar de concepción asociativa fluida. La batalla estaba coja.

Parecería cuestión de tiempo que el visitante subiera los voltios de su combinación para convertir la sangre en sangría y Neymar dejó en mano a mano a Suárez pero Hart se anticipó en la salida seis minutos más tarde y solo tres antes de la sentencia.

Porque esta eliminatoria ha durado viva, por más que uno de los contendientes caminó trompicado desde el 16 de competencia, media hora. Un slalom horizontal de Messi dejando atrás sombras -retratando de paso a sus marcadores- confluyó en apertura a Jordi Alba. El lateral apuró la línea de fondo y, una vez allí, esperó, en un oasis temporal solitario, hasta atisbar la presencia de Luis Suárez en el centro del área, otra vez como única pieza amarilla rodeada de estatuas azules. Centro y anticipación del delantero móvil y astuto, pelota que golpea el poste y besa la red. Eliminatoria resuelta en un suspiro. Sin expulsiones ni penaltis.

Pasó el City a representar el estado de marioneta al que ha quedado sumido el club británico de turno que se mida en calidad ante la posesión continuada del Barça. Ni siquiera en intensidad física -tradicional baluarte inglés- pudo ganar pulgadas y honor el colectivo de Pellegrini. El sonrojo defensivo creció bajo el mandato sublime de un Messi todocampista. Marsical completo de este duelo de octavos de final de Liga de Campeones. Por enésima vez, un adalid de la Premier se deshilachaba en balones perdidos en campo propio, impotencia palmaria en la faceta defensiva, incapaces de relacionar el acelerado movimiento de la pelota y de las camisetas amarillas y confinados a la amargura por el fango creativo en el tercio atacante, aderezado con una indecisión inquietante en el envío y recepción de la pelota.

De una acción marciana -pero sintomática e identitaria del balompié británico en competencia internacional- que tomó cuerpo con despeje de DeMichelis a la espalda de un compañero nació una contra de tres para tres que zanjó Alves con centro chut al larguero en el 44. Se había esfumado el primer acto de dominio palmario blaugrana, que desquició a los locales con su presión sin balón. Ter Stegen bajó el telón der la exhibición parcial con un despeje al remate desde la frontal de Nasri, en el único intento serio del City en 45 minutos de debacle.

Quiso sacudirse el complejo el City y quitarse el barro de la cara en el arranque de la reanudación. Coincidió que el Barça se manejó en el mismo ritmo cansino con el que había dirigido la parte precedente y se destapó un escenario de diferented niveles de intensidad. En esta ocasión, el City aceleraba y las ocasiones se generaron en consecuencia. Un cabezazo de Dzeko que lamió el poste tras un córner ejecutado por Silva abrió el espectáculo en el 47. Mascherano taponó in extremis el disparo de Nasri desde el punto de penalti tras pase atrás de Silva y pérdida descuidada de Messi en campo propio y el bosnio realizó un tímido testarazo, en soledad absoluta y desde el área pequeña, que detuvo Ter Stegen, sorprendido por el nivel del remate en aquella tesitura tan favorable.

Agüero amplió el bagaje comiéndose en lo físico a Mascherano, obviando la presencia de Dzeko en clara posición de gol y en un 3 para 2 citizen, y cruzando un intento desde la frontal que lamió el poste. DeMichelis cerró la explosión de orgullo y siesta catalana en el 56 con otro cabezazo muy blando, esta vez tras falta lateral botada por Nasri.


Con el Barça todavía fuera de eje, despreocupado por la ventaja en el marcador, Pellegrini entendió que necesitaba músculo y repliegue en el centro del campo para compactar a los suyos -no lo concibió de inicio- y sacó del césped a Nasri para dar entrada a Fernandinho. El intento alto de Rakitic, primero del segundo acto culéen el 63 de partido, despertó la posesión del Barça, aunque la cohesión entre líneas todavía permanecía anestesiada. Y en la frontera del ecuador de segunda parte, Bony –potencia necesitada de espacios- entraba por Dzeko -negado de cara a gol- y Aguëro mordió por primera vez. En el 70, Messi, presa de la apatía, perdió la pelota ante Clichy y el equipo quedó partido para asistir al taconazo de Silva y cañonazo del Kun.

Luis Enrique quiso recuperar el control y frenar la indolencia con consecuencias de ruptura táctica sacando del juego a Rakitic y dando entrada a Mathieu. Mascherano regresaba al pivote central para apoyar a Busquets en las contras locales. La intensidad había premiado a los pupilos de Pellegrini y el Barça debía recuperar el mando del ritmo a través de la posesión. Apareció entonces el guiño para el técnico chileno: un fallo de cálculo de Clichy -que tenía amarilla- se convirtió en patada a destiempo del lateral, que veía la roja. Antes el paisaje de decrepitud del City, las rotaciones hicieron acto de presencia y Adriano entró por Alves, Silva -único faro inglés- abandonó la hierba por Sagna y Neymar -extra en la película- cedió su lugar a Pedro antes de los últimos 10 minutos.

Solo se complicaría el cuadro el propio Barça si no juntaba línea y protegía la pelota. Había que respetar lo excelso del primer acto, administrar el resultado y matar el duelo con anestesia. Y no lo hizo. Si bien no recuperó el monopolio del tempo en lo absoluto, el esfuerzo de un City descabezado, sin Silva, no llegó a la orilla y con el penalti marrado por Messi -ante la torpeza de Zabaleta y el atino de Hart- quedó sellado 1-2 en los libros de la Liga de Campeones. Gran primera parte de los pupilos de Luis Enrique. Luis Suárez demostró que no goza de buen oído para escuchar el ruido y recuperó su halo goleador y Messi, termómetro blaugrana, mandó y recalcó que, si está comprometido sin la pelota, contagia y su equipo sube peldaños de competitividad en ritmo exponencial. El Camp Nou, visto lo visto, no solo no decidirá, sino que disfrutará.