Opinión

De Colombia a Madrid

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Martes 03 de marzo de 2015
Gracias a la iniciativa la Primavera del Arte Colombiano en Madrid no sólo hemos podido contemplar las tendencias artísticas de la Colombia más actual, sino que también nos ha permitido contemplar algunas joyas de la historia del arte de Colombia, entre estas últimas destaca La Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá, conocida como "La Lechuga". Esta pieza única en el mundo podrá contemplarse hasta el 31 de mayo en el Museo del Prado. Pero, antes de ver esta pieza, aconsejo a mis lectores que visiten la Academia de Bellas Artes de San Fernando para valorar en su justa medida la Custodia colombiana.

La exposición de la Academia de Bellas Artes se titula El Triunfo de la imagen. Tesoros de arte sacro restaurados por la Comunidad de Madrid, es un repaso por las obras del arte desde el medievo hasta el final del siglo XVIII en la comunidad de Madrid. Aparte de la importancia que tiene la restauración de las piezas singulares, quiero destacar el paralelismo, si no la unidad de temas y estilos, entre la pintura y la escultura peninsular y las de la América Hispana; en efecto, los Siglos de Oro también abarcaron el Nuevo Mundo. Si comparamos las piezas de los siglos XVI y XVIII peninsular y americano, veremos con facilidad que el gran legado de la evangelización fue la incorporación de nuevas tierras a la cultura occidental. Miguel Cabrera, Cristóbal Villalpando, Juan Correa para la Nueva España y Juan de Calderón, Basilio de Santa Cruz Puma Callao, Diego Quispe Tito para el virreinato del Perú, muchos de origen mestizo o indio, todos ellos tuvieron por sus maestros a los pintores peninsulares y europeos. Basta comparar los cuadros de los maestros del Nuevo Mundo con las obras de Vicente Carducho, Alonso Cano o Juan Antonio de Frías y Escalante, que contemplamos en la exposición de la Academia, para percatarse de que todos participan de una inmensa civilización artística.

Sin duda, si prestamos más atención a la exposición y a la custodia de Colombia, también notaríamos las diferencias de matices entre el arte religioso de la península y el de América. La realidad novohispana o peruana, por poner otros dos ejemplo, dejaron su impronta en los rasgos faciales indígenas o en técnicas que combinaban los materiales europeos con los indígenas, enriqueciendo la obra. La comparación entre el arte religioso de cada provincia, sea peninsular o del Ultramar, nos daría una buena lección de cómo el arte religioso refleja a la vez lo universal y lo particular, la convivencia de lo eterno y de lo cotidiano. La muestra del arte religioso de la Comunidad de Madrid es una faceta de una gran escuela de arte que une a los dos lados del Atlántico; otra faceta es, por ejemplo, La lechuga colombiana, tiene 308 años, 1.485 esmeraldas, 1 zafiro, 13 rubíes, 28 diamantes, 62 perlas barrocas y 168 amatistas. He ahí la gran joya del arte barroco colonial. Quizá uno de los más grandes testimonios del sincretismo católico en la llamada, en otro tiempo, Tierra Firme.

Visiten, pues, la exposición de la Academia de San Fernando y la custodia colombiana para evaluar con respeto la historia de la cristianización de América. Las apreciaciones de este acontecimiento vacilan entre el cauto silencio, que oculta su importancia, y las aguerridas acusaciones que tachan de intransigentes a los religiosos que sustituían algunas costumbres indígenas por las creencias cristianas. Por muy fundadas que nos parezcan estas opiniones, no dejarán de ser opiniones, es decir, afirmaciones poco objetivas. Por fortuna, el legado cultural nos ayuda a evaluar con más imparcialidad la evangelización de los pueblos indígenas. La lechuga, esa pieza del arte sacro colombiano, es una imagen imperecedera de la grandeza de la evangelización.