Opinión

Represalias a la disidencia rusa

TRIBUNA

Cristina Hermida | Miércoles 04 de marzo de 2015
El líder opositor Boris Nemtsov, ex vice primer ministro, fue asesinado de una forma brutal -con más de media docena de disparos- el pasado 27 de febrero en su propio coche, tras salir de una cena en la que había sido acompañado por una modelo ucraniana –Anna Duritskaya, de 23 años- con la que mantenía una relación sentimental desde hacía más de tres años. Las sospechas de que detrás de este asesinato se encuentra Vladimir Putin parecen inevitables al ser de todos bien conocida su mano férrea, especialmente, con la oposición y con todo aquel que pretenda poner en cuestión su “intangible” régimen político.

Ello es precisamente lo que había hecho Nemtsov al haberse opuesto a la postura del presidente en la Revolución Naranja de 2004 y al defender ahora el fin de la intervención rusa en la guerra de Ucrania a través de la unión de todas las fuerzas de oposición al régimen de Putin. Además Nemtsov era uno de los organizadores de la “marcha de la primavera”, convocada para el 1 de marzo, con el fin de poner freno a la intervención rusa en Ucrania. De hecho, el Presidente ucraniano, Poroshenko, había manifestado que Nemtsov tenía redactados varios informes en los que se recogían “convincentes pruebas” de ayuda tanto material como logística de las Fuerzas Armadas rusas a los rebeldes antigubernamentales en el este de Ucrania. Por si esto fuera poco, Nemtsov había atacado también severamente el ambiente corrupto que rodea al presidente ruso. Como se suele decir, no hay mejor defensa que un frontal ataque y por ello el gobierno del Kremlin se apresuró a decir que el asesinato a Nemtsov representaba una “provocación” en toda regla, dirigida a un objetivo muy concreto: “desestabilizar el país” y que no desistiría hasta dar con los que habían ejecutado este cruel crimen que pone en el punto de mira precisamente al Kremlin.

Como ya ocurrió en Rusia otras veces, resulta cuestionable que verdaderamente se consigan esclarecer los hechos ocurridos pero en todo caso creo que Putin está en la obligación de demostrar que el país no está regido por el vandalismo y la barbarie de los que apoyan “a muerte” su política. A mi modo de ver, con este nuevo acontecimiento Rusia se aleja, una vez más, de las reglas del juego democrático, eludiendo los imperativos europeos y norteamericanos traducidos, como sabemos, en duras sanciones al país que han repercutido de un modo previsible en la caída del precio del petróleo.

Como si de una novela de Ian Fleming o John le Carré se tratara, este acontecimiento se nutre de ingredientes que generan un alto grado de tensión e intriga por el desenlace final entre los espectadores, sobre todo, porque este asesinato no es un hecho aislado sino que se suma al de otros anteriores como el de Boris Berezovski, Serguei Yuchenkov, Serguei Magnitski, Yuri Shchekochikhin, Anna Politkovskaya, Aleksandr Litvinenko, Stanislav Markelov o Anastasia Baburova, todos ellos unidos desde distintos ámbitos (espías, abogados, periodistas, políticos…) en su postura de disidencia e inconformismo frente al régimen de Putin.

Quién sabe si se dejó viva a la modelo ucraniana, Duritskaya, para desviar así más fácilmente la atención de la opinión pública a la que se distrae por televisión estos días con imágenes que resaltan intencionadamente la frívola relación que mantenía supuestamente la pareja. La manipulación de la opinión pública viene claramente apoyada por los medios de comunicación en Rusia lo que dificulta todavía más poder conocer el apoyo con el que realmente cuenta el mandatario ruso. De lo que no hay duda es que la censura y la falta de libertad de expresión merman los derechos de los ciudadanos rusos fuertemente intimidados por acontecimientos como este.

Quizás cuando Putin dice que Nemtsov muerto es más peligroso que vivo, en realidad, lo que teme es que su espíritu le persiga hasta el final de sus días y termine destapando las supuestas relaciones entre el Kremlin y los atentados ocurridos en 1999 que llevaron a la terrible segunda guerra de Chechenia. Ahora le toca a Putin seguir escribiendo este cinematográfico guión que probablemente no tendrá un final feliz con “rosas blancas” para su protagonista.