Opinión

Nicolás Maduro, a La Moncloa

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 04 de marzo de 2015
“Otro vendrá que bueno te hará”. Este popular refrán me ha venido de improviso a la mente mientras leía una entrevista realizada a Luis Chataing, uno de los personajes televisivos más populares en Venezuela de los últimos 20 años. “¿Chávez o Maduro?” le daba a elegir el entrevistador para finalizar la charla, y al humorista caraqueño de 47 años no le quedaba más remedio que admitir – entre risas de perplejidad – que, visto lo visto, “se quedaría” con Chávez. Y hablando de quedarse, donde Chataing no pudo hacerlo fue en su trabajo como presentador de uno de los programas más vistos de Venezuela. Los directivos de su cadena, Televen, ya llevaban meses advirtiéndole de la creciente presión del Gobierno para que lo pusieran de patitas en la calle, pero su último programa - ironizó con la fabricación de correos electrónicos para incriminar a personas inocentes en complots y golpes de Estado, en referencia a las continuas acusaciones de Maduro -, colmó el ya rebosante vaso.

La familia Camero, dueña de Televen, se encontraba, según declara el propio Chataing, “entre la espada y la pared”. En definitiva, que él mismo comprende que finalmente “decidieran” echarle por el bien de los trabajadores y del canal. Con precedentes como el cierre temporal de Radio Caracas Televisión y más de 30 emisoras de radio, cualquiera se arriesgaba a perder la licencia. Y, por supuesto, Chataing no es el primero que se ha topado con la falta de sentido del humor (libre) de la censura chavista. El ex presentador de Televen cita como ejemplos los casos de Rayma y Well, dos de los caricaturistas de mayor tradición en aquel país, igualmente sacrificados en su profesión por no hacer ni pizca de gracia a Nicolás Maduro. Está claro que el presidente venezolano solo se ríe de sus propios chistes o chascarrillos. Como el último, sobre que su nombre se pronuncia más en España que el de Rajoy y que si se presentara aquí como candidato presidencial, seguro que ganaba. Aunque para ello, por fortuna, tendría que hacer primero limpieza y controlar, igual que ya hace en su país, más del 90% de los medios de comunicación, eliminando cualquier espacio de opinión medianamente contraria al chavismo. Y si de lejos ya lo quiere intentar – amenazó con expropiar empresas españolas si no presionaban a la prensa de aquí para que dejara, por ejemplo, de atacar a Podemos -, imagínense lo que supondría tenerlo en La Moncloa o paseándose por Madrid al grito de “¡exprópiese!”.

De momento, quienes sí han salido a las calles españolas han sido venezolanos residentes en nuestro país para reclamar, entre otras cosas, que se investiguen los pagos del gobierno de Venezuela a Podemos. Se preguntan, por ejemplo, cómo es posible que se haya pagado, presuntamente, tan importante suma de dinero – se habla de 7 millones de euros - cuando en su país la gente tiene que soportar, cada vez con mayor frecuencia, colas interminables para poder llevarse a casa productos tan básicos como la harina o el papel higiénico. Y, para colmo, sin derecho a protestar. O, más bien, con miedo a hacerlo. Y no solo a nivel individual o en las manifestaciones que tratan de reprimirse. También hay comprensible miedo en los profesionales de los medios, lo que Luis Chataing califica de “autocensura descomunal e insólita”. La Asociación de Estudiantes Venezolanos en el Exterior, por su parte, lleva meses alzando la voz para denunciar la situación de su país y, más en concreto, la suya propia. No es, desde luego, una situación fácil. La mayoría de ellos procede de familias con cierto poder adquisitivo, es decir, disponen del dinero necesario para pagar sus estudios en el extranjero, pero las autoridades de su país no les permiten sacarlo de allí.

La caída del precio del petróleo y la constante salida de divisas ha provocado que el Centro de Comercio Exterior, organismo que debe autorizar el cambio de moneda nacional por dólares o euros, haya cerrado aún más el puño. Y muchos estudiantes, que llevan meses viendo cómo sus peticiones de autorización para el cambio de moneda son rechazadas de manera sistemática, no han tenido más remedio que abandonar sus cursos universitarios o de postgrado. Venezolanos atrapados incluso fuera de Venezuela. En todo caso, saben que allí, dentro, es probable que estuvieran peor. A no ser que se abstuvieran de unirse a las protestas universitarias o tuvieran el “sentido común” necesario para cambiarse de chaqueta. La muerte de Keylorth Roa, el muchacho de 14 años abatido a tiros por la Policía en San Cristóbal de Táchira, ha sacado en los últimos días a más venezolanos indignados a las calles, pero, en definitiva, el trágico suceso viene a sumarse a los ocurridos durante las protestas que tuvieron lugar entre los meses de febrero y julio del pasado año. Entonces, de acuerdo con un informe de Amnistía Internacional, murieron 43 personas, hubo 870 heridos y más de 3.000 manifestantes fueron detenidos.

Es probable que Luis Chataing no sea el único venezolano que asegure que “Con Maduro estamos mucho peor”. La situación económica actual es tan dramática, que a finales del pasado año el Banco Central de Venezuela, presionado por el Gobierno, dejó de emitir sus informes mensuales sobre la inflación y la escasez. Ahora, la periodicidad de los datos oficiales parece ser lo de menos. Debe de bastar con echar un vistazo a las fábricas, las tiendas o los frigoríficos de las casas. Venezuela arrastra una deuda escandalosa de miles de millones de dólares, y restringir el cambio de divisa o establecer un máximo de ganancia conduce a unas condiciones macroeconómicas en las que los empresarios aseguran que es imposible producir. A ello se une otro dato terrible: Venezuela es uno de los países más peligrosos del mundo, con una tasa de 79 homicidios por cada 100 mil habitantes, en un ambiente de creciente inseguridad personal. Como siempre ocurre cuando la tragedia afecta a un personaje popular, el asesinato en 2014 de la actriz Mónica Speer junto a su familia, víctimas de un atraco, sirvió para abrir algunos ojos – pocos, aún – y admitir que la escalada de violencia no es un invento de los enemigos del chavismo para desacreditar a su caudillo. Echar balones fuera, denunciar ejes malignos, prohibir la entrada al diablo, amenazar con expropiaciones, presionar a la prensa, aplastar manifestaciones o dedicar el tiempo a criticar a otros países y sus gobernantes no parece, señor Nicolás Maduro, la mejor forma de sacar a su país de la complicadísima situación en la que se encuentra.