Ganar al Barça. A este Barça y por dos goles. Sobresalir como uno de esos equipos que disfrutan de la exclusividad de hacer morder el polvo a un gigante con delantera de leyenda. Así despertó la tarde en El Madrigal, con la ilusión de asegurar una plaza en competición continental y, de paso, romper la nefasta inercia de semifinales caídas en desgracia -primero en Liga de Campeones, ante el Arsenal y a un penalti- y, después, en Europa League, ante el Oporto y el despertar de un delantero prometedor llamado Radamel Falcao García-. Lanzados por el punto arrancado del Bernabéu con un sistema salpicado de suplentes y sabedores del sudor frío con el que el Barça consiguió defender el Camp Nou en Liga, el Submarino abordaba esta cita con una fe legitimada en su fútbol y en la confrontación con las marcadas debilidades del coloso blaugrana.
Dispuso Marcelino una alineación de gala a la que solo le faltaba Bruno y Gio. Con el regreso a la titularidad de Musacchio y Cheryshev como puntales, el bloque levantino buscaba la velocidad y la intensidad como puntales de esa transición y asociación energética en la que basaban su esperanza de alcanzar los dos tantos de distancia. Trigueros y Pina sostendrían la elaboración propia y amarrarían las líneas de pase ajenas para robar y salir con capacidad de alimentar esa contra de la que Vietto, Uche y el canterano ruso merengue debía sacar veneno. La concentración en el repliegue, piedra angular de la estabilidad ante la máquina barcelonesa.
Luis Enrique, por su parte, percibió cierto terreno para la rotación e incluyó en su apuesta inicial a Montoya -por Alves- y a Rafinha -por Rakitic/Xavi-, de modo que la estructura permanecía inalterable con Mascherano en el centro de la zaga y el tridente intacto para engordar bagaje estadístico y sentenciar el cruce con celeridad. La victoria en la posesión de la pelota y la gestión de las contras rivales y de la verticalidad propia en transición, puntos sobre los que hacer hincapié en los primeros minutos y en el resto del duelo.
Cheryshev abrió el duelo constatando la intención del Villarreal de aplicar efervescencia al ritmo de partido. El ruso cabeceó desviado un centro desde la banda izquierda en plena entrada en tromba de segunda línea. Los pupilos de Marcelino no hacían ascos a subir líneas de presión asumiendo el riesgo que eso conlleva en la creación de espacios a la espalda de su medular. En el minuto 1, primer aviso local de un despliegue rotundo en la intensidad y vertical en el planteamiento.
Pero la eliminatoria sufrió un proceso severo de criogenización por el camino. Antes de que la tribuna del coliseo alicantino degustara el menú elaborado por García Toral, Messi recibió en banda un cambio de banda en transición de Luis Suárez, oteó el desmarque a la espalda de la zaga de Neymar y dibujó con bisturí un centro que dejó al escurridizo punta en mano a mano con Asenjo. Ney remató a la red con displicencia y en el dos de partido se consumaba la primacía del maquiavélico plan de Lucho. Con o sin pelota, lo importante es sentenciar. Como en el Calderón en la fase previa. Un mal balance de la zaga penalizaba la resistencia local.
La palabra "tranquilos" se dibujaba en los labios del técnico amarillo, enérgico en la banda, pendiente de que los suyos siguieran con su idea de juego a pesar del mazazo. Y así lo hicieron durante todo el primer tiempo, con un intervalo de respiro en el tramo central del mismo. Quizá con demasiados decibelios en sus revoluciones en campo contrario, la asociación frenética desconcertaba a la zaga del favorito y el Villarreal se disparó en pos del empate.
Cheryshev mandó su remate en el área pequeña a las nubes tras un error en el despeje visitante a un córner en el 7. Segundos después, un robo en la salida de pelota visitante, muy arriba, confluyó en el prematuro chut del punta ruso, protagonista, que se perdió demasiado cruzado después de obviar opciones aliadas para llegar a la meta de Stegen. Las manos del meta alemán se estrenaron en el 12, gracias a un cabezazo centrado de Vietto que tomó forma a través de una combinación que dejó a Costa sentando a Montoya en banda izquierda.
Entretanto, el Barça jugaba con su línea de presión, tratando de ahogar la posesión local y buscando la anestesia del duelo a través del manejo horizontal de la pelota. Este movimiento coyuntural rebajó el achique catalán y agazapó al Submarino, aplicado a buscar la contra y a cerrar las líneas de pase con fruición. Un remate que abrazó el lateral de la red de Stegen ejecutado por Uche y el disparo cruzado de Cheryshev que despejó el meta teutón -en los minutos 18 y 19- suponían los únicos chispazos peligrosos para el estado de calma del que gozó el Barcelona tras el arreón inicial.
Con Messi luciendo la responsabilidad de la bajada de velocidad del ritmo de juego, cada vez mejor asentado en las labores de la gestión de la pelota, Iniesta empezó a participar y el envite alcanzó grados muy bajos de temperatura competitiva. Con este paisaje de dominio del tempo, solo un fogonazo de Leo representó el bagaje ofensivo blaugrana hasta el intermedio. En el 26, la Pulga levantó la mirada desde su celda en la derecha, detectó al entrada al desmarque de Iniesta y dejó al manchego en duelo con Asenjo con un envío sublime. Musacchio se rehízo para enviar a córner el intento.
Antes de que el descanso reclamara su lugar, el partido languidecía con un Villarreal que asomaba sin concretar las transiciones que trazaba. Hasta que en el 39 Jonathan remató a la red y en soledad un centro de Costa, que había superado de nuevo a Montoya, producto de una brillante combinación entre líneas. El empate llegaba para inyectar fe a los levantinos, que buscaron el desbalance visitante antes del intermedio. Una situación resbaladiza a la que contribuyó la lesiónde Busquets -que viajó al vestuario con el tobillo malherido por el pisotón involuntario de Pina-, que salió por Mathieu. Mascherano regresó a la medular y el Barça recibió el descanso como una victoria parcial.
Sin modificaciones arrancó un segundo acto en el que se apreció una diferencia notable de intensidad en favor del bloque local. Dos minutos después del inicio Vietto cabeceaba demasiado cruzado tras centro de Costa. Luis Enrique no había corregido el agujero en el perfil derecho de su repliegue. Aceleraba el Villarreal ante un Barça que no había calentado y Musacchio, incorporado al remate, probó a Stegen de nuevo. Pero reaccionó el colectivo blaugrana elevando su presión en defensa propia ante un rival volcado y en posesión del balón. De este movimiento nació el robo y remate desviado de Suárez y el chut ajustado con despeje de Asenjo fabricado por un slalom individual de Messi. Se cerraban 10 minutos de vibrante aperitivo.
Los técnicos movieron su banquillo con intenciones opuestas. Marcelino sacó a un intrascendente Uche y dio entrada a Gio para aportar lucidez a las contras a las que quedaba abocado su equipo y Xavi hizo acto de presencia por Rafinha, en plena búsqueda del preparador asturiano de congelar el enfrentamiento a través del balón, asumiendo el riesgo de perder físico para aplacar las transiciones locales.
Sin embargo, pasado el ecuador de segundo acto y como en el 2 de partido, García Toral comprobaba como otro elemento ajeno a su preparación de partido condenaba las opciones de atisbar un hueco en la final. Neymar se escapaba en una contra con aspiraciones de letalidad y Pina estiró el concepto de falta táctica hasta rozar la agresión. Roja directa al motor físico y colchón defensivo amarillo y eliminatoria, al fin, resuelta.
Desde este punto de inflexión hasta el desenlace del duelo, el Barça monopolizó sin miramientos la pelota, ganando en profundidad y riqueza combinativa con el paso de los minutos. El sistema local quedaba cercenado a buscar contragolpes aislados de continuidad y en número de efectivos. Y las ocasiones visitantes se multiplicaron hasta conocer la sentencia. Neymar desaprovechó un 3 para 1 apostando por la resolución egoísta que condujo al desvío de Asenjo en el 72 y Luis Suárez ganó al espacio a Víctor Ruiz, regateó al meta local y anotó el segundo de su equipo a placer en el 73.
No le faltaba orgullo al Villarreal, que trató de robar la pelota al Barça y buscar la meta de Ter Stegen con su habitual disposición alegre en el cortejo del balón, de camino al final del duelo. Trigueros y Cheryshev dejaron su sitio, en seguimiento estricto de las rotaciones, a Moi Gómez y Joel Campbell y Rakitic entró por Mascherano en intención similar al bloque local y para proteger al ordenador argentino de ver una tarjeta que le prive de la final. En este displicente escenario, que vería todavía como Xavi asitió a Neymar en jugada calcada al primer tanto para la consecución del tercero, se consumó el final del camino local en esta Copa del Rey y el paso adelante de un Barça cada vez más cómodo en su faceta poliédrica: con gran posesión, sin ella, en estático o en repliegue y contra, con Messi en banda, llegando u organizando. Los catalanes, que sufrieron menos de los esperado, siguen en el firme crecimiento al que el aboca el compromiso colectivo y la presión elevada al rival, dos elementos novedosos con respecto a pasadas campañas.