Cultura

Borja Cobeaga: "El tiempo nos da distancia de lo absurdos que éramos"

ESTRENA NEGOCIADOR

Laura Crespo | Sábado 07 de marzo de 2015
El Imparcial entrevista al cineasta días antes del estreno de su último trabajo, Negociador, una original visión sobre las negociaciones del Gobierno con Eta en 2006 pasadas por el tamiz de la comedia y con la cotidianidad que se cuela en actos solemnes como guía. Por Laura Crespo

Un tipo de la izquierda abertzale en el País Vasco, muy radical, se oculta, se tapa y se dirige, de incógnito, a un quiosco de prensa. El objetivo: comprar, sin levantar sospechas, el diario La Razón. El motivo: con el periódico regalan ese día el DVD de una película que le gusta. Se trata de un sketch nunca rodado del programa de la ETB 2 Vaya Semanita. Uno de tantos que se quedaron en un cajón y que Borja Cobeaga cuenta en una entrevista con El Imparcial. “Eso es lo que me interesa y no tanto la postura política en sí. Esas cosas cotidianas que se entremezclan con lo político y que configuran un terreno en el que me siento seguro”.

El cineasta donostiarra une a ese espíritu del programa de sketches –del que es director-, pionero en hacer humor sobre Eta en el País Vasco, a la esencia de la comedia que nutrió sus primeros cortos y pare Negociador, su tercer largometraje, que llega el próximo viernes 13 de marzo a las salas. Tras Pagafantas (2009) y No controles (2010), Cobeaga retoma la visión cómico-amarga de Éramos pocos, que le valió la nominación al Óscar al mejor cortometraje en 2006, con una historia que fabula sobre los pormenores de las negociaciones del Gobierno socialista con Eta en 2006. Detalles como quién pagó el minibar del hotel en el que las partes estuvieron alojadas o de qué hablaban los representantes del Ejecutivo y de la banda terrorista cuando se encontraban en el ascensor pueblan la cinta, que se estrenó el septiembre en el Festival de Cine de San Sebastián.

Ramón Barea interpreta al personaje inspirado en el ex presidente del PSE-EE Jesús María Eguiguren, mientras que Josean Bengoetxea y Carlos Areces hacen lo propio con Josu Ternera y Thierry respectivamente.

A punto de terminar el guión de la secuela de Ocho apellidos vascos y retomando ya el proyecto de la adaptación de Súper López (que dirigirá Javier Ruiz Caldera), Cobeaga se muestra encantado de poder combinar en un mismo año una comedia alocada de taquilla récord con “el gran capricho” que, dice, es Negociador. “Si pudiera perpetuar eso sería el mejor plan del mundo”.

Depués de hacerte un hueco en la gran pantalla con las comedias puras Pagafantas y No controles, vuelves con Negociar al tono de tus cortos, sin abandonar el género pero con un punto de amargura. ¿Ha sido un giro consciente?
Sí, ha sido bastante consciente. Todo esto surge de cuando estaba todavía en el proceso de escritura de Ocho apellidos vascos. Como con cualquier película -quizás no con la secuela, que sale de manera más directa-, cuesta levantar el proyecto y estás sujeto a un montón de impasses. En esos impasses pensé que podía escribir algo que había dejado de hacer hace tiempo, ese tipo de comedia que sí que hacía en mis cortos, que quizás no estaba tan presente en mis largos y que me apetecía mucho retomar. Lo bueno de la comedia es que tiene un abanico muy amplio de tonos. Me encanta hacer una comedia loca y tener una sala llena con gente riéndose. Eso es una experiencia brutal, pero sí que echaba de menos este tipo de historias menos cómicas, con menos gags, con un humor más incómodo o más seco. Era muy consciente de que me apetecía eso, por encima incluso de una historia en concreto. Y luego encontré esta historia, que se adecuaba perfectamente a lo que me apetecía.

De hecho, has dicho en alguna ocasión de entre todos tus trabajos sigues sintiendo predilección por Éramos pocos, un corto con un tono muy parecido al de esta película.
Sí, me encanta Éramos pocos. Diego San José y yo escribimos mi segunda película, No controles, pensando sobre todo en lo que no nos gustaba de la anterior. La idea era la de hacer otra comedia romántica pero intentando corregir los defectos que detectamos en Pagafantas y, frente a aquella, que era más melancólica y acababa mal, hacer otra que acabase bien. Cuando estuvo terminada, mi impresión fue que la película estaba bien pero que era algo que podía haberlo hecho cualquiera. Era una comedia muy clásica, le faltaba personalidad. Así que me propuse que mi siguiente proyecto sí la tuviese. Creo que lo que tiene Éramos pocos es justo eso, personalidad, por esa mezcla de drama y de comedia, por ese tono tan auténtico de comedia sin interpretaciones altisonantes, sin chistes evidentes. Me apetecía mucho retomarlo.

El público que te ha seguido en tus dos anteriores largometrajes y no te conozca tanto por los cortos, ¿deberá ir con otra actitud a la sala a ver Negociador?
Precisamente, cuando íbamos a estrenar la película en San Sebastián, más allá de la posible polémica por el tema, lo que más me preocupaba es que se esperase un tipo de comedia mucho más alocada. Y creo que el primer cartel que lanzamos iba un poco en ese sentido: avisar de que esto no es una comedia loca. Aún así, por mucho que lo intentemos, por mucho que lo cuente en esta entrevista, va a haber quien espere encontrarse con una comedia mucho más desenfrenada. Son cosas que no se pueden evitar. De la misma manera que los actores se encasillan, los directores y guionistas también podemos encasillarnos.
“Los directores y guionistas también podemos encasillarnos”
Primero lo hiciste en Vaya Semanita en la ETB y ahora te lanzas a la gran pantalla. ¿Cómo se afronta tratar un tema como el del terrorismo de Eta en clave de comedia?
La experiencia de tantos años en Vaya Semanita sí me daba bastante confianza, pero también me decía a mí mismo que esto tenía que ir un paso más allá, porque no estamos hablando de un programa de sketches ni de la caricatura, sino de algo más realista. Lo que me daba mucha más seguridad es el tener un punto de vista, no sobre lo político, sino sobre lo cotidiano, o sobre lo cotidiano que tiene lo político. En estos márgenes me siento muy seguro por la propia experiencia, porque sé que no voy a ofrecer una postura ideológica. Creo que todo el mundo se puede reconocer en ciertos detalles porque no estoy haciendo sátira tanto de los políticos como del día a día, de las cosas cotidianas que se entremezclan con la política y que configuran un terreno en el que me siento seguro. Pero, claro, nunca se sabe. El festival de San Sebastián tenía unos precedentes de polémica que insinuaban que podía ser algo llamativo o poco adecuado. Soy consciente de que una película que junta en la misma frase comedia y Eta, en principio, choca. Pero, vista la reacción de la gente que ha visto la película, creo que se ha entendido bien.

¿No hay nada que te hayas arrepentido de incluir en el montaje final por alguna reacción menos comprensiva?
Por mejorar la película sí, pero no por reacciones. Es que considero esta película como una especie de gran capricho. La he producido yo mismo, la he hecho con los actores que quería, de la manera que quería y en el tono que quería. No he tenido que dar explicaciones a nadie al respecto. Se ha hecho enteramente en libertad. Eso hace que te puedas arrepentir de los errores que veas a nivel cinematográfico, como en todas las películas, pero nada más.



Con esa idea fundamental de la película de la cotidianidad por encima de la política, ¿podría haber hecho Negociador un director que no fuera vasco?
En realidad, me encantaría que alguien de fuera diese su punto de vista sobre esto. Quizás yo me fijo en los detalles más cotidianos de esto porque son los que he vivido. Por ejemplo, en el lenguaje. Eso sí que ha estado muy presente en el País Vasco, siempre has tenido que hablar con prudencia, sabiendo quién te escucha y a quién te diriges. En este sentido, me apetecía mostrar la pequeñez que somos en realidad. El tema de Eta es algo que ha estado muy presente en lo cotidiano, por encima de muchas cosas, en las conversaciones diarias, pero para alguien que no ha oído hablar del País Vasco, su importancia es mínima. Y esto se puede aplicar a muchos conflictos de otros países que nosotros no tenemos ni idea de qué van. No me siento especialmente legitimado por el hecho de ser vasco, pero es cierto que eso a nivel práctico lima muchas aristas. Había un cómico que fingía ser manco para contar chistes de mancos sin que nadie le criticara. Pero cualquiera puede hacer una película, sea cómica o dramática, hablando de conflictos ajenos.
“Me apetecía mostrar la pequeñez que en realidad somos”
¿Se podría haber hecho esta película hace cinco o seis años, antes del alto el fuego de Eta?
Creo que hubiera sido bastante complicado, precisamente por el tono que tiene. Yo incluso en algún momento he pensado que cuando hay que hacer este tipo de películas es cuando todavía lo estamos viviendo y no tanto, dentro de que todavía hay mucho camino por recorrer al respecto, ofreciendo una mirada hacia el pasado. Pero por otro lado creo que el tiempo también nos da cierta distancia de lo absurdos que éramos con algunas cosas. La película igual sí se podría haber hecho, pero probablemente yo no hubiera tenido el impulso porque esta película es un fruto de este tiempo que hemos vivido desde que Eta declaró el alto el fuego.

¿Crees que es delicada la humanización del terrorista que plasma la película?
Tengo claro que es algo que llama la atención, pero también que es muy real. Mientras estudiaba o, luego, por trabajo, he conocido a gente bastante radical de la izquierda abertzale, pero a nivel humano. Y no tenían cuernos ni rabo, ni olían a azufre. En algunos casos, de hecho, eran personas maravillosas. Eso te lleva a plantearte muchas cosas y a hacer muchas preguntas. ¿Por qué esta persona que me cae tan bien apoya esta barbaridad y esta locura? Creo que es necesario verlo desde perspectivas distintas. Cuando opinamos de otros conflictos desde la distancia, cuando alguien de aquí habla de los problemas que puede haber con las FARC o en el conflicto árabe-israelí, la conclusión es que se tienen que poner a dialogar. Pero con nosotros mismos nos cuesta muchísimo más llegar a esa deducción.
“He conocido a nivel humano a gente bastante radical de la izquierda abertzale y no tenían cuernos ni rabo, ni olían a azufre”
La cotidianidad, la humanización, no solo de los negociantes de Eta sino de todos los personajes en general, y la sociedad vasca tienen un nexo común e incisivamente presente en la película: la comida.
La comida es fundamental. Aparece una sociedad gastronómica y la cosa empieza en un bar de la parte vieja de San Sebastián. Lo de comer es un acto importante para un vasco. Incluso a uno de los negociadores de Eta lo que más le importa es ir a comer, más que negociar. Es bastante retrato de una sociedad que sacraliza a los cocineros. En el momento en el que decides que todo lo que vas a contar son las cosas que suceden en torno a la mesa de negociación, cosas como desayunar o parar para comer son importantes.

Después del proceso de documentación para hacer la película, ese tipo de detalles cotidianos dentro de un acto solemne que vertebran la película, ¿son realidades hiperbolizadas?
Son exactamente eso: cosas reales hiperbolizadas. Durante la fase de documentación leí mucha prensa, el libro que escribió el propio Eguiguren sobre las negociaciones, vi dos documentales, leí muchísimo de lo que hay publicado al respecto. Esa parte de ir tomando notas fue apasionante porque no lo había hecho en mis anteriores películas. Pero pensé que, aunque en esos testimonios en los que me basé contaban cosas cotidianas, tampoco lo estarían contando todo. Así que no he podido evitar fabular con el “que habría pasado si…”. Por ejemplo, se sabe que la intérprete faltó un día y se tuvo que parar la negociación, pero yo, como guionista, pienso en cuáles serían los motivos y especulo sobre ellos. He querido trasmitir el contaste del tema que se trataba, muy importante y solemne, y las pequeñas cosas cutres que rodearon la negociación. Creo que ese ambiente general sí se retrata de manera fiel en la película, pero no necesariamente los hechos concretos. Muchas veces, la ficción sirve mejor para contar un hecho real que un análisis objetivo.
“Muchas veces, la ficción sirve mejor para contar la realidad que un análisis objetivo”

A pesar de que las negociaciones acabaron como todos sabemos, y sin desvelar nada al lector, ¿podemos decir que Negociador tiene un final positivo?
Creo que sí. Esta película era la crónica de un fracaso. Pero, sabiendo lo que sabía cuando escribí el guión, que al final ha habido un alto el fuego de Eta y que estamos mejor que antes, no quería acabar con la sensación de fracaso. En la vida cotidiana de Eguiguren, algo cambió, algo consiguió con lo que había hecho en el proceso de negociación. Era una manera de bonita de decir que, a pesar de que esto ha fracasado, para algo ha servido.