TRIBUNA
Nacho López | Sábado 07 de marzo de 2015
“El dolor a perder es, según las investigaciones neurológicas, dos veces más potente que el placer de ganar”. ‘En la espiral de la Energía II’. Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes.
Después de un par de décadas siguiendo el comportamiento de la economía mundial, no salgo de mi asombro; el juego es cada vez más creativo. La lógica que hay detrás de casi cada movimiento expansivo, junto con su justificación pública correspondiente, es la antítesis de lo razonable. Sigo atónito las noticias económicas, corporativas y políticas y, como si se tratara de un gran puzle con las piezas predeterminadas, veo cómo todas ellas se van acoplando poco a poco para conseguir el efecto deseado: la increíble evolución en los precios de los mercados financieros e inmobiliarios. Las reglas del juego a priori parecen no tener sentido alguno, se incumplen y se reinventan una y otra vez. Pero no es así, las normas están muy claras, al menos para unos pocos.
Mientras la mayoría de la población sigue con interés la legalidad y la pertinencia de los movimientos de aquellos que manejan el planeta, estos últimos en realidad tienen permiso para hacer y deshacer, siempre y cuando la economía no deje de crecer. Nadie quiere abandonar la fiesta. Es cierto que los anfitriones son los más interesados en que la música siga tocando y el alcohol fluyendo, en el fondo es su festejo, su oportunidad y están en ‘su derecho’. Los participantes tampoco queremos abandonar la celebración, no somos ni tan ricos ni tan triunfadores como ellos, pero no queremos quedarnos fuera, nos gusta estar en la lista de invitados y, en el fondo, también disfrutamos.
Siempre hubo un gran conflicto de intereses en la relación entre lo público y lo privado, o mejor dicho -y de forma más precisa-, siempre existió una enorme disonancia cognitiva. Todavía existen muchas ‘personas influyentes’ que hablan del bien común motivados por intereses individuales de lo más evidente y obsceno, ni se ocultan ni se avergüenzan, es parte del juego. Como en la publicidad, hay una gran distorsión entre el mensaje que recibimos y la realidad de lo que nos llevamos. Cuando escucho a los dirigentes de nuestro país (y del mundo entero), a los aspirantes a ocupar sus puestos y a sus verdaderos jefes, tengo la misma sensación que me produce una persona que sonríe mientras me está insultando, disonancia estomacal. El juego y la fiesta continúan por lo pronto, pero ¿durante cuánto tiempo?
La cosa funciona de la siguiente manera: el progreso no solo se apoya en conceptos como la propiedad privada, el capital y los beneficios crecientes, sino que también parte de la premisa de que es posible una expansión económica, productiva, monetaria y demográfica ilimitada. El castillo de arena se construye con la certeza de que la playa es infinita, no hay límite de tamaño. Todo el planteamiento capitalista actual, o ‘progresista’, ya que afecta a todos y cada uno de los países del mundo sean o no capitalistas, se basa en la presunción de que el planeta tiene unas reservas de combustibles fósiles ilimitadas (gas, carbón y petróleo) que nos ayudarán a crecer sin descanso, indefinidamente. Esta presunción se mantiene bajo el mismo principio activo que todavía nos lleva a creer en un ‘político’ o en un ‘gestor’ de una corporación (o institución financiera) cuando nos promete que velará por nuestros intereses por encima de los suyos propios, o cuando afirma con vehemencia que existen fuentes suficientes de energía alternativa para sustituir a los hidrocarburos, una fe ciega.
Siempre tuve una extraña inquietud-curiosidad, sencilla y poco original, que consiste en hacer el ejercicio de imaginar un mundo sin dinero, ¿qué sería de nuestras conversaciones, relaciones sociales y problemas si, de repente, desapareciera el dinero? Opiniones aparte, está claro que la cosa cambiaría, el dinero es causa y parte de muchas discusiones, preocupaciones y emociones, como también lo es la semilla de la codicia que hay en cada uno de nosotros, en algunos se multiplicó y en otros apenas creció. Pero este no es el ejercicio que les quiero pedir hoy. Me gustaría pedirles otro un poco más fuerte ya que para empezar les dejaría sin coche, sin medicamentos, sin comida y, muy probablemente, sin trabajo ¿qué pasaría si de repente un día se agotaran las reservas mundiales de petróleo?
A nadie le gusta aguar la fiesta y yo no voy a ser menos, si tiene que continuar que continúe; tampoco quiero ser el que se lleve el ponche y les deje secos, tan sólo pretendo ofrecerles un poco de agua para suavizar la resaca, por si la música deja de tocar algún día, y hacerles saber que aunque nos sigan invitando, estas fiestas y sus anfitriones no llegarían a nada sin unos asistentes agradecidos, y sin petróleo en abundancia, por supuesto.
"Hay suficientes recursos para satisfacer las necesidades de todo el mundo. Pero no para satisfacer la codicia de todo el mundo". Moisès Broggi.