ORIENT EXPRESS
Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 07 de marzo de 2015
En virtud de la Ley de Reconocimiento de 1912, el Imperio Austrohúngaro fue el primer Estado europeo en reconocer a las comunidades islámicas y dotarlas de una regulación específica. Hace un par de semanas, el parlamento austriaco ha modificado ese texto legal para afrontar la amenaza de la radicalización islamista y garantizar los derechos de los musulmanes austriacos en el seno de una sociedad democrática. El texto ha sido polémico porque prohíbe la financiación de mezquitas desde el extranjero al tiempo que prevé planes de formación para los imames austriacos y regula la versión del Corán que debe emplearse en Austria. Si le parece que esto es excesivo, tal vez debería preguntarse cómo penetran las organizaciones islamistas –y, de su mano, los grupos más violentos- en las sociedades occidentales. No se trata, pues, del islam sino de la influencia extranjera; especialmente de la de los radicales.
Al principio, rara vez aparecen barbudos armados con kalashnikovs, banderas negras y cinturones explosivos. El terrorismo es una de las formas de la actividad yihadista, pero no es la única. Según los países, ni siquiera es la principal. La influencia islamista suele llegar a lomos de una chequera y cargada de proyectos que sirven a un único fin: la difusión de las tendencias más fanáticas y, a menudo, menos representativas del islam.
Austria fue durante los años 90 una de las puntas de lanza del wahabismo en los Balcanes. Desde Viena, Graz o Linz, distintas organizaciones autodenominadas de caridad aprovecharon el vacío de poder que la destrucción de Yugoslavia fue dejando para extender su influencia por Bosnia, Macedonia y Albania así como por Kosovo y otras provincias serbias. A medida que se iba detonando Yugoslavia, las ONG islamistas financiaban la construcción de mezquitas y centros culturales con fondos procedentes de Arabia Saudí, Irán, Pakistán, Turquía y otros países islámicos. Chiíes y sunníes competían por la dirección de las comunidades islámicas por toda la península balcánica.
Así, como advertía Deliso, los islamistas actuaban en grupos pequeños pero con conexiones por todo el mundo, financiados por Estados y organizaciones con formidables recursos económicos y, poco a poco, iban realizando actos de afirmación pública de un islam completamente distinto del tradicional de la región. En Bosnia, armaron grupos de paramilitares y terroristas que lucharon junto a Alija Izetbegovic contra los serbobosnios. En Albania, se infiltraron en los servicios de información y seguridad del Estado. En Macedonia, dividieron a las comunidades islámicas locales y fueron desplazando a los líderes nacionales para situar a otros títeres al servicio de las organizaciones del islamismo internacional más radicales. En Kosovo, apoyaron a las organizaciones terroristas albanesas contra el Estado yugoslavo y la minoría serbia. Por todas partes, las mezquitas de inspiración saudí -monolíticas, cuadradas, blancas- reemplazaban a las de estilo otomano. Algunas de ellas se construyeron en zonas donde ni siquiera había musulmanes. A través de la financiación de ONG islamistas, la influencia extranjera condicionó el desarrollo social y político de la región. Junto a las fundaciones y asociaciones que pretendían ser de caridad, llegaron los agentes de inteligencia, los reclutadores yihadistas, las células, los campos de entrenamiento, los flujos internacionales de fondos que acababan pagando atentados en cualquier lugar del mundo. Desde los Balcanes, las células terroristas operaban en otros países. En 2005, las fuerzas de seguridad italianas y croatas evitaron un intento de atentado durante los funerales del Papa Juan Pablo II.
Esta penetración extranjera islamista se hizo a costa de las comunidades locales. Muchos de sus líderes, por ejemplo en Macedonia y Albania, fueron acosados y expulsados. En Kosovo los islamistas extranjeros se hicieron con el control de las actividades propagandísticas, incluso a costa de los propios musulmanes de Kosovo. A cambio de la tolerancia con las organizaciones islamistas, algunos países como Albania se beneficiaron del apoyo de la Conferencia Islámica, a la que por cierto Albania se incorporó en 1992.
Esta penetración fue posible porque los Estados que podían impedirla fallaron o, peor aún, la toleraron o la propiciaron. Como sucedió con los talibán, alguien debió de pensar que los islamistas y los yihadistas eran útiles para desestabilizar a Yugoslavia o sustituir la identidad comunista por otra religiosa más fuerte. Debió de ser uno de los errores de cálculo más graves de la segunda mitad del siglo XX. A través del wahabismo saudí, de la ideología revolucionaria islámica de Irán y de las demás corrientes radicales, los conflictos balcánicos se hicieron más profundos, las fracturas sociales más dolorosas y las tensiones más insoportables. El islamismo en los Balcanes no fue parte de ninguna solución: fue una parte esencial e insoslayable de todos los problemas.
Por eso, hay que celebrar cualquier decisión que tienda a reducir la influencia que llega a través de la financiación islamista extranjera de las organizaciones islámicas nacionales. El islamismo es una ideología que solo acepta las reglas de juego democrático para subvertirlas y, finalmente, abolirlas o desvirtuarlas. La decisión del Parlamento austriaco sienta un precedente para otros Estados europeos.
Ojalá los países que colaboraron en la expansión islamista en los Balcanes hubiesen dedicado aquellos esfuerzos a evitarla. Es muy difícil creer que nadie supiese, por ejemplo, del envío de 120 toneladas de armas procedentes de Sudán y descubiertas por las autoridades eslovenas en julio de 1993 en el aeropuerto de Maribor rumbo a Bosnia. Es casi imposible pensar que nadie conocía la actividad de la Third World Relief Agency (TWRA), una ONG de Sudán fundada en 1987 y que llegó a ser una de las organizaciones que confundían la caridad con el suministro de armas. Por cierto, esta organización operaba desde Austria.
La decisión del Parlamento austriaco llega en un momento crucial para Europa. Uno de los grandes logros de las sociedades democráticas ha sido la garantía de la libertad religiosa para todos. Sin embargo, el apoyo a una determinada comunidad religiosa no puede ser un pretexto para que la influencia extranjera más radical termine socavando los fundamentos de la convivencia. La historia de los Balcanes enseña una lección terrible para Europa: los islamistas nunca llegan solos, los fanáticos no se limitan a actuar en otros Estados sino que tarde o temprano se vuelven contra quien los acogió y los violentos no suelen ser los primeros en dejarse ver. Antes hay otros que les allanan el camino sirviéndose de las instituciones y libertades que pretenden dinamitar.
Austria ha dado un paso para impedirlo.