Opinión

Martin Buber: Paz en Palestina (y II)

TRIBUNA

Rafael Narbona | Lunes 09 de marzo de 2015

Martin Buber no es un filósofo de moda y no se le presta mucha atención en el ámbito académico, pero su perspectiva humanista es una invitación permanente al diálogo y a la convivencia pacífica. En una época de crispación y deshumanización del adversario, conviene recordar que el otro “no es una cosa entre cosas”, sino un Tú que nos interpela y posibilita la constitución de nuestro Yo. El ser humano no es un individuo, sino una persona y la persona se gesta en la relación con el otro. El ser no es un ente, sino un entre, pues el universo es simple caos hasta que la palabra lo ordena y lo convierte en cosmos. No es casual que el Evangelio de Juan afirme: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios”. Al margen de la connotación religiosa, la palabra representa la aparición de lo humano, que necesariamente conlleva un orden social y moral. “Todo vive de su luz”, escribe Buber. Y la palabra nos lleva al Tú, al Otro, combatiendo las pulsiones más oscuras de nuestra naturaleza: “Mientras el cielo del Tú se despliega sobre mí, los vientos de la causalidad se aplastan bajo mis talones, y el torbellino de la fatalidad se detiene. […] Ninguna decepción tiene lugar en este ámbito: Aquí está la cuna de la vida verdadera”. Ningún sistema político ha resuelto las deficiencias de la coexistencia humana. El capitalismo transforma a la persona en mercancía, alimentando el individualismo. El comunismo despersonaliza al hombre, convirtiéndolo en masa. Para restituir a la persona y superar esas dos formas de alienación, Buber estima que es necesario el amor, no como sentimiento, sino como un a priori moral: “El amor es responsabilidad de un Yo por un Tú: en eso consiste la igualdad (y no en ningún tipo de sentimiento) de todos los que se aman, desde el más pequeño hasta el más grande, y desde el anímicamente guarecido, aquel cuya vida se halla incluida en la de un ser amado, hasta el de por vida escarnecido en la cruz del mundo, aquel que pide y aventura lo tremendo: amar a los seres humanos”.

Martin Buber propone una ética del encuentro, que rechaza el dinamismo de la guerra. Nuestro antagonista no es un enemigo, sino el otro polo de una tensión dialéctica: “Por muchas razones que yo pueda tener para oponerme al otro, yo digo sí a su persona aceptándolo como interlocutor en un diálogo auténtico. […] Únicamente cuando el individuo reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo, como hombre, y marche desde ese reconocimiento a penetrar en el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro riguroso y transformador”. Martin Buber afirmó que “Dios se transformó en persona para poder hablar con el hombre”. Es la reflexión de un judío, pero creo que guarda un estrecho parentesco con una inspirada frase de Ignacio Ellacuría, sacerdote jesuita asesinado en El Salvador: “Jesús era un gran hombre”. O dicho con las palabras de Leonardo Boff, al referirse al hijo de José y María: “sólo Dios puede ser tan humano”. La filosofía es un saber marginal y, a veces, menospreciado, pero es la base del conocimiento y la moral. La ciencia cartografía la realidad, partiendo de una posición filosófica. Newton y Einstein creen en Dios. Stephen Hawking, no. La moral es el manual de instrucciones de la ética. Puede decirse al revés y tal vez se entienda mejor: la ética es la justificación racional de nuestras costumbres. Buber nos recuerda que no somos humanos hasta reconocer la humanidad del otro, no ya del igual, sino del radicalmente otro, del que cuestiona y relativiza nuestra perspectiva. Lo inhumano es convertir la diferencia en odio. Afirmar que Dios es una persona, no es una objeción contra la trascendencia, sino una manera de hacer asequible un misterio. Humanizar lo divino no es una herejía, sino una exigencia de la razón, que se rebela contra la idolatría. Dios no es un fetiche, sino la plenitud del encuentro entre las diferentes formas de humanidad. El mundo sería mejor si hubiera más lectores de Martin Buber, pero casi nadie se aventura en un libro de filosofía. Tal vez porque pensar es un ejercicio arriesgado e inquietante. Somos palabras y sólo las palabras podrán salvarnos. Cuando lo olvidamos, renunciamos a la posibilidad de un mundo mejor, más justo y más humano.