Opinión

Venezuela en la agonía de la dictadura

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 10 de marzo de 2015

Seguramente los gobernantes de Venezuela saben, o suponen o intuyen, que el final está cerca. En cualquier caso están más cerca que la perpetuidad que añoran, con un poder sobreabundante, una oposición que han intentado silenciar por distintas vías y una opinión pública internacional que se ha distanciado de la retórica revolucionaria bolivariana. Las autoridades del régimen chavista también comprenden que la falta de una condena internacional más decidida contra su gobierno se debe más a cobardías o conveniencias que a legítimas convicciones, y que no logran disimular el desprecio que muchos países sienten hacia la dictadura venezolana.

Por su parte, existen líderes valientes, a pesar de que el pueblo venezolano carece de apoyos internacionales relevantes. Muchos de ellos están pagando sus ideas con cárcel. Lamentan cada semana muertes en las calles. Diariamente se ven invadidos por la televisión oficial, las monsergas del poder y el matonaje oficial. Más grave todavía, sufren la escasez de artículos de primera necesidad, que se ha vuelto crónica, y un clima de odio que parece invadirlo todo, transformando a una sociedad de compatriotas en una de enemigos, donde la paz es cada día más frágil y la violencia cada vez más activa.

Cuando Hugo Chávez comenzó la revolución bolivariana contaba con algunos activos importantes. De partida, el desgaste del régimen político precedente, sumado a sus dificultades para generar apoyos relevantes y para resistir las tentativas golpistas del propio líder bolivariano. En segundo término influía esa combinación histórica entre los recursos del petróleo venezolano con la antigua fuerza de la revolución cubana, como simbiosis que permitiría construir el socialismo del siglo XXI. Finalmente, no podemos dejar de mencionar el liderazgo "carismático" y popular del comandante Chávez, que da origen al régimen, lo bautiza con su propio apellido y le da incluso una importante proyección internacional, al punto que algunas fuerzas políticas extranjeras comienzan a sumarse al proyecto y se convierte en una alternativa relevante en la región.

No cabe duda que la muerte de Chávez fue una lápida para un régimen que ya languidecía, porque con él se fue el único hombre que podía combinar todos los aspectos que todavía daban alguna fortaleza al gobierno chavista, a pesar de su incapacidad crónica para relacionarse con los que piensan distinto y de la repetición incesante de un discurso ideológico bastante básico.

Hace un par de años, cuando murió Chávez y se convocó a nuevas elecciones, se abrió una esperanza para Venezuela. Sin embargo, la candidatura de Nicolás Maduro, finalmente electo Presidente a pesar de las acusaciones de fraude y otras cuestiones, permitió darle continuidad al sistema bolivariano, aunque con un apoyo popular cada vez menor, si bien todavía importante, una legitimidad venida a menos y con una clara proyección a la baja. Se estima que hoy la popularidad del gobierno no suma más de un 20% de la población.

Así ha sido en este par de años, y el régimen bolivariano, establecido como promesa, hoy ha resultado ser una lamentable realidad para el pueblo venezolano. Nadie fuera de Venezuela pretende dirigir los destinos de esa nación, pero no es verdad que haya habido voces que se hubieran levantado contra Venezuela, como han insinuado algunas autoridades de ese país. Simplemente hay personas que han manifestado sus legítimas aprehensiones ante el curso que han tomado los acontecimientos, la incapacidad gubernativa para revertir el desastre económico y social del país, la falta de creatividad que ha llevado al régimen a seguir repitiendo acusación tras acusación contra sus opositores, pero que en la práctica han terminado por denigrar al propio Maduro. Ante cada problema el gobernante plantea soluciones simplistas, populistas, carentes de un análisis más racional y que enfrente efectivamente las dificultades.

No resulta razonable, a ojos de cualquier observador imparcial, que un país con las riquezas y la población de Venezuela, con su historia y sus posibilidades, esté sumida hoy en la situación de deterioro en que se encuentra. No se trata simplemente de una crisis económica y social, sino que es mucho más profunda que eso. La polarización es una de las características de la actual situación, y los odios que se van acumulando podrían tener resultados tan visibles como lamentables en el corto plazo. El presidio para los disidentes, que pretende acallar a la población, en la práctica ha resultado ser una manifestación ostensible de la debilidad del régimen, el cual ante su propia incapacidad de liderazgo ha optado por incrementar la represión. A ello le ha sumado las consabidas denuncias de intentos golpistas y de apoyo norteamericano a la subversión, sin pruebas y con abundante publicidad.

Ante la visible agonía de la dictadura, el tema de fondo es qué va a pasar en Venezuela: si será posible resolver los enfrentamientos actuales por las vías del derecho y la democracia, o más bien algún actor recurrirá a la violencia que nadie desea, pero que aparece como una invitada que ha sido imposible expulsarla de la vida cotidiana de los venezolanos. No se sabe aún. si habrá una transición pacífica hacia un régimen de libertades y civilizado, o bien continuarán las agendas de odio y división. Si, en definitiva, la retórica de la exclusión quedará de lado frente a los esfuerzos comunes por una mayor unidad nacional y con sentido de futuro

Algunos pueden creer que los países se construyen con violencia, petróleo y abuso de poder, pero las veleidades de la historia prueban que esos experimentos tarde o temprano se derrumban por estar construidos sobre fundamentos muy débiles. Por eso los clamores de libertad y paz para el pueblo venezolano se escuchan con fuerza en distintos lugares del mundo, como una especie de anuncio de un tiempo que está por llegar.