TRIBUNA
Juan José Vijuesca | Miércoles 11 de marzo de 2015
Corría el año 1589, curiosamente un 3 de mayo, cuando los ingleses tuvieron la osadía de asaltar nuestras fronteras gallegas. Desembarcaron cerca de La Coruña dispuestos a saquear la ciudad en una clara muestra de darnos matarile y de paso bajarnos los humos por el lío aquél de La Armada Invencible. Durante el asalto se encontraron con una fuerte oposición por parte de la ciudadanía, entre las que cabe destacar el arrojo de una mujer que pasaría a la historia con nombre propio: María Mayor Fernández de Cámara y Pita, más conocida como María Pita.
Quizás esta breve reseña no sea lo suficiente gráfica para lo que nos ocupa, pero el espíritu en lo expuesto bien merece aplicarlo a la designación de Esperanza Aguirre para defender el bastión del Partido Popular en lo que a Madrid se refiere. Difícil papeleta tiene, quizás no tanto por el “pedigrí” que atesora, sino por el enroque político que acompaña a la elección de nuevos cargos. En el caso de Esperanza Aguirre la cosa viene de lejos, yo diría que desde el 2008 cuando en aquél congreso de Valencia le faltó “ir a por todas”, dicho en argot taurino “dar la estocada” y entonces hoy sería la dueña del juego de llaves de Moncloa. Pero claro, quedó a merced de Don Mariano y éste es de los que no perdonan sublevaciones sin contrapartida. Desde entonces la cosa ha ido en merma continua para Doña Esperanza quien, atrincherada en su presidencia regional del PP, se ha negado a formar parte de la docilidad hacia quienes mandan en su partido. Ella, a pesar de todo, siempre tuvo claro que el trabajo bien hecho es aquél que se ejecuta por compromiso hacia militantes y voto de urna.
Su condición de mujer liberal, crítica e insumisa y su feeling personal dice mucho a su favor de cara al electorado, ahora bien, en temporada alta como lo es este año, con las municipales, autonómicas y generales, con la plétora de nuevas alternancias en alza de poder, es otro cantar, por eso Rajoy ha sometido a Aguirre a una disciplina de partido que o lo tomas o lo dejas. Y ahora qué, -se preguntarán-, pues resultado incierto se antoja, debido a esas oscuras maniobras de encaje dentro del partido que desorientan al más pintado. Si Doña Esperanza llega a la alcaldía no dejará a nadie indiferente aunque para ella resulte un premio más honorífico que sustancial en aspiraciones, porque no es lo mismo ser regidora consistorial, aunque se trate de Madrid, que política de primera línea.
A pesar de todo, si Aguirre consigue el entorchado no solo habrá hecho una muesca más en la culata de su carrera, sino que tendrá ante sí un Ayuntamiento muy necesitado de sentido común, honradez y transparencia. A casi nadie se escapa que esta mujer es quizás, hoy por hoy, el mejor activo que tiene el Partido Popular y por eso la apuesta es un órdago a grande a tenor de cómo se vienen cocinando las encuestas. De momento ya ha prometido bajar todos los impuestos y ha asegurado no pisar el palacio de Cibeles, actual sede del Ayuntamiento de Madrid, porque no quiere un Consistorio “megalómano” sin duda en clara alusión al faraónico gestor Alberto Ruiz Gallardón, quien propició un capricho que costó 500 millones de euros a las arcas públicas el abandonar la Plaza de la Villa. Eso la honra y hace mantener fe en su programa de gobierno, que a buen seguro estará fundamentado en la honradez y el trabajo.
Lo que haya detrás de toda esta maniobra orquestal el tiempo lo dirá, pues en política de alturas los que tejen con hilo del fino no tienen medida y además no acostumbran a sacar traje sin cortar; aún así, me temo que de salir bien la obra, Esperanza Aguirre, a diferencia de Maria Pita, contará con muy pocos arcabuceros y artilleros de La Invencible que la den apoyo desinteresado, será el don de su honestidad y su fiel infantería quienes defiendan la capitalidad, cosa que servirá para el salvar el trasero del Partido Popular y del propio señor Rajoy.