Rafael Sánchez Mantero | Domingo 25 de mayo de 2008
Para los universitarios que cursamos nuestros estudios a comienzos de los años sesenta, la Milicia Universitaria se convertía en un veraneo forzoso entre tiendas de campaña, marchas de muchos kilómetros bajo el tórrido sol del mes de agosto, instrucción y clases de cálculo de tiro bajo los olivos esparcidos por el campamento de turno. El ambiente opresivo de la milicia, con su férrea disciplina, sus rígidos horarios y su rutinaria programación, nos sacaba durante tres interminables meses de nuestra plácida vida dedicada al estudio y a la Universidad.
A mi me correspondió hacer la Milicia, como a muchos andaluces, murcianos y valencianos, en el Campamento de Montejaque, en las proximidades de Ronda. Durante los descansos de las innumerables y fatigosas tareas que había que desarrollar diariamente, en los altavoces repartidos por todo el campamento resonaba machaconamente una canción en catalán: "Al vent, la cara al vent…". Su autor y su intérprete, que debía de andar también por allí, era el ya famoso Raimon. Poco después Raimon se convirtió en el cantautor protesta y en uno de los símbolos de la lucha contra el franquismo. Sin embargo, en aquellos veranos de los primeros sesenta debía ser un artista mimado por el Régimen, porque se supone que los militares -que mandaban mucho entonces- no estarían por la labor de propagar ni la música ni la letra de alguien que fuese un contestatario.
Al cabo de los años, resulta curioso recordar que aquella canción que llegó a convertirse en uno de los himnos de la protesta contra el Régimen, comenzó a hacerse conocida en un campamento militar. Como también puede llamar la atención el hecho de que la represión no llegara hasta el punto de prohibir el uso de otras lenguas distintas al castellano, ni siquiera en ámbitos tan cerrados como los cuarteles y los campamentos.
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