La nueva realidad política obliga a hablar de pactos. Más que nunca, ahora, cuestionado por esta posibilidad, un político no puede contestar “primero vamos a votar y después ya veremos”. Ante un realidad tan atomizada, algo a lo que no estamos acostumbrados gracias al bipartidismo imperante, es de obligado cumplimiento dar respuestas concretas y decir al electorado con quien sí y con quien no se tiene pensado discutir el programa después de las elecciones para llegar a un acuerdo de gobierno.
Parece lógico que, como votante, me adviertan de los planes que hay el día después. También es de entender que la primera reacción por parte del candidato sea la de afirmar que la idea es gobernar en solitario y si puede ser con mayoría absoluta, mejor.
Pero lo dicho, ahora que las encuestas, sondeos y estudios demoscópicos andan como locos intentando sacar conclusiones de una sociedad más dividida que nunca y, según dicen, sin mucho éxito; ahora que las nuevas opciones políticas suben con la misma velocidad que bajan las más veteranas; ahora que casi todos prometen lo mismo (la solución definitiva al paro, igualdad social, crecimiento económico de calidad…), es absolutamente necesario que me digan si, en caso necesario, y no hay mayor hambre que ser parte de un Gobierno, se pactaría con unos o con otros.
En el silencio está la trampa. Si no dicen con quien pactarían, el votante no tiene que pensar en dos formaciones políticas. Si dicen que están abiertos al diálogo y la negociación, que parece lo más correcto, tampoco están dando una solución al pobre votante que puede ver cómo el partido por el que apuesta se acopla con el que odia.
Si a mí me gusta el PSOE, pero no estoy de acuerdo con Podemos, ¿a quién voto si sé que los socialistas están haciendo ojitos a Pablo Iglesias? Y si me gusta el PP, pero no comulgo con Ciudadanos, ¿qué hago si sé que se están planteando llegar a un entendimiento con Albert Rivera para gobernar en coalición? Como estos dos ejemplos, estudien y calculen todas las variables que ofrece el amplio espectro de partidos con opción a tener representación.
Pero esto no es lo peor. ¿Qué hago si quiero votar a un partido que en Andalucía dice que está dispuesto a pactar con unos y en Madrid con otros? ¿Cómo le doy mi apoyo a una persona en la que confío, pero que, sin embargo, estará sujeta a lo que le digan desde su Ejecutiva nacional que, puede darse el caso, no me ofrezca esa misma confianza?
En el PSOE no hablan de pactar con nadie, algo que se puede entender como que están dispuestos a hacerlo con quien mejor convenga, y en el PP que “Dios dirá sobre los pactos”. Difícil saber qué es más frustrante.
Y digo yo: ¿Tienen claro los partidos qué van a hacer el día después de las elecciones? ¿Disponen de una lista de prioridades por afinidad o solo van a tener en cuenta el número de votos? ¿Cuánto está dispuesta a distanciarse Susana Díaz de Pedro Sánchez? ¿Cuánta injerencia está dispuesta a aguantar Esperanza Aguirre en su campaña?
Largo me lo fían si esperan que opte por una formación u otra sin una expectativa tangible y sincera sobre con quien tienen pensado negociar un pacto. Debería ser exigible que apareciera en el programa electoral estas intenciones. Aunque ya sabemos para qué sirven los programas…