Opinión

El estoicismo en política

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 13 de marzo de 2015

Cicerón, en su magnífico “Pro Lucio Murena oratio” hace una detallada semblanza de su oponente judicial, Marco Catón, que creo resulta muy interesante conocer en estos tiempos de histerismo político, en que una inmensa caterva de candidatos vamos a competir en distintos ámbitos públicos y territorios durante todo el 2015, un año que va a ser larguísimo políticamente hablando, y en el que la corrupción y los casos de políticos imputados van a constituir dos temas fuertes, estridentes y muy recurridos de campaña. Pues de manera indirecta e implícita Cicerón nos ayuda a encontrar ese dechado enteléquico imposible que podría ser “el candidato ideal”.

Reconoce Cicerón que Marco Catón, talento preclaro, es campeón en fortaleza de carácter, que no falta en nada, ni se manifiesta en cosa alguna como digno de corrección. Que la propia naturaleza le forjó grande y excelso, inclinado a la honradez siempre, a la seriedad, a la moderación, a la magnanimidad, a la justicia, y, en fin, a todas las virtudes. Un político ejemplar e incorruptible, desde luego. Pero ese perfil de hombre honrado se hizo duro, áspero y casi intratable cuando abrazó la filosofía política del estoicismo, haciéndola norma de su vida, la escuela de Crisipo y Zenón, que hoy los partidos de izquierda abanderan y propalan sin tener la base humana, desde luego, de Catón. Aunque esta filosofía política siempre ha sido muy atractiva para el pueblo, enemigo siempre de las medias tintas, es la filosofía política que esconde mayor dosis de irracionalidad y que más daño ha hecho a la humanidad a través de las revoluciones que la han tenido como modelo (el período de la Convención en la Revolución Francesa, la segunda parte de la Revolución Rusa, etc). Los principios del estoicismo político vendrían a ser los siguientes – citando sólo los más conocidos -: El sabio nunca se mueve por sentimientos de gratitud. Nunca perdona un delito a nadie. Ningún hombre, sino el necio o el frívolo, es compasivo. No es de hombres dejarse convencer o aplacar con súplicas. Todas las faltas son iguales. Todo delito es un crimen abominable, y no es menos delincuente el que ahoga a un gallo sin necesidad, que el que ahoga a su propio padre. El sabio no conjetura, no se arrepiente de nada, no se equivoca en nada, no cambia nunca de opinión política.

Es decir, la rectitud moral puede convertirse en algo desagradable, cruel e inhumano si se la desmesura. Hasta la razón se hace irracional si no se la toma con ánimo mesurado. “Serías un malvado y un criminal si hicieras algo movido por la compasión”. “Es un crimen perdonar el delito, aunque se trate de un delito leve, porque todas las faltas son iguales”. Si ha expresado uno cualquier opinión, el estoico dirá: “Eso ya queda fijo e inmutable”. “Es deshonroso cambiar de parecer; dar oídos a súplicas, un verdadero crimen; compadecerse, una vergüenza”. Por otro lado, la Historia política nos enseña que salvo en el caso de Catón – que quizás tuviera un problema psíquico, como ya el penetrante César barruntase -, todas las grandes poses políticas estoicas, solían esconder soberbios políticos fariseos. La observancia escrupulosa de la leyes no es incompatible con la dulzura de carácter y eso que los griegos llamaban epiekeia, que es una especie de tolerancia hacia la naturaleza humana e interpretación positiva de los textos legales.

Por otro lado, el farisaico rigorismo moral y legal de los políticos judicializa la vida pública, haciendo que el Poder Judicial pueda invadir territorios que no le son propios, pues que todos sabemos desde Las Leyes de Platón y desde El Espíritu de las Leyes de Montesquieu que la principal forma de mantener la libertad del ciudadano frente al poder es la división de poderes. Y si es estúpido y falaz pensar que en el Poder Ejecutivo y en el Poder Legislativos sólo hay demonios, es más estúpido y más falaz considerar que el Poder Judicial está compuesto por ángeles y arcángeles. Es por ello inicuo e insensato establecer que toda imputación conlleve la muerte política del político, sobre todo cuando comparamos la relación porcentual que existe entre imputados y culpables. Una democracia fuerte no puede permitir que un juez haga las listas de los candidatos de los partidos, en la misma medida que no puede permitir tampoco que un político sentenciado como culpable no habite en seguida en una mazmorra pública. Ya en el Libro XI de su inmortal obra Montesquieu nos previene de que el juez puede tener la fuerza de un opresor si hace funciones de los otros dos Poderes del Estado. Una cosa es ser justiciable y otra distinta culpable. Los jueces tampoco son Catón.

Es lógico sin duda que ante los numerosos casos de corrupción de la clase política, encontrados en todos los partidos – incluidos aquéllos que ni siquiera han tocado poder -, se haya producido un histerismo popular que ha posibilitado que se abra la puerta a una nomocracia incontrolada y desenfrenada, indeseable, que puede dar al traste con la actual Constitución. Y contra ello lo único que puede hacer la sociedad es multiplicar los controles que disuadan al político de la tentación de caer en un delito, aprovechando de forma infame el cargo que le han otorgado sus conciudadanos. Y no hay mejores controles sociales que la participación efectiva de la sociedad en el continuo desarrollo de objetivos políticos comunes.

Por lo demás, el Poder Judicial por sí solo no puede acabar con la corrupción. Al contrario, la época más moralmente corrupta de la República romana fue el nefasto tiempo de los decemviros, en donde hubo abuso a menores, malversación, prevaricación, robo a ciudadanos privados, traición a la patria (“perduellio”) y asesinatos.