Joaquín Vila | Domingo 25 de mayo de 2008
La noticia más destacada de los últimos días es que José Blanco ha dicho algo sensato y atinado. El sábado, tras reunirse con miembros de las Juventudes Socialistas, declaró que “Rajoy es lo mejor que le puede pasar al PSOE”. Y hay que reconocer que tiene razón. Porque, mientras los pesos pesados, los medios y los ligeros del PP se lanzan ganchos de izquierda, de derecha y, sobre todo, de centro reformista en el cuadrilátero de Génova, el presidente del Gobierno sigue agujereando el mapa de España sin que nadie le tosa.
Se inventa Zapatero un amago de trasvase, copiando mal el proyecto del PP, y Rajoy ni se moja. Prepara un referéndum en el País Vasco calcado del Estatuto catalán, y Rajoy le felicita por amagar un reproche a Ibarreche. Pone parches a la crisis económica que siempre había negado, y Rajoy hace palmas. Detiene a uno de los etarras más sanguinarios y que, casualmente, se sentó a negociar con el anterior Gobierno, y Rajoy ni se lo recuerda. Rebaña sin pudor en el fondo de los Presupuestos para pagarle a Montilla la deuda del Estatuto que él se empeñó en aprobar, y Rajoy ni se da cuenta ni hace cuentas.
Zapatero disfruta del momento más plácido de su vida política, por no decir de toda su vida. Pero el agujero en el mapa de España puede convertirse en un boquete si nadie lo remedia. Y no parece que Rajoy lo vaya a remediar. Porque, además de gobernar a sus anchas, Zapatero intenta aprovecharse de la crisis del PP para colar dos reformas que pueden resultar decisivas en el cambio de régimen con el que sueña desde que llegó a La Moncloa: la del Poder Judicial y la de la Ley Electoral.
Es sabido que la reforma del Poder Judicial que prepara el PSOE pretende arramplar con la escasa independencia que le queda a la Justicia en España. José Antonio Alonso, que fue miembro destacado y radical de Jueces para la Democracia, diseña un torpedo para, de momento, copar con magistrados “progresistas” los Altos Tribunales. Así, pasarían por el aro socialista el Estatuto Catalán y un puñado más de recursos que ponían los pelos de punta a Zapatero. Rajoy, para que no le acusen de crispar el panorama político, intenta alcanzar un acuerdo cuanto antes. Soraya Sáenz de Santamaría se va a estrenar negociando esta inquietante reforma con el correoso exministro de Defensa. Pero Rajoy está tranquilo.
La reforma de la Ley Electoral es, sin duda, la más urgente de nuestro ordenamiento jurídico. El enorme poder que acumulan los nacionalistas, cada día más soberanistas y sectarios, en el Parlamento español no se corresponde ni de lejos con el número de votos obtenidos. Y no parece que María Teresa Fernández de la Vega, que es quien muñe de momento la reforma, tenga la más mínima intención de corregir tal injusticia. Y menos ahora que Zapatero se siente a sus anchas con ellos y, como la mayoría de los presidentes de la democracia, depende de esos escaños para gobernar. Sólo si el PSOE y el PP toman la decisión de enmendar este despropósito podrían lograrlo. Y no parece que ése sea el objetivo de la reforma emprendida por los socialistas. Pero Rajoy está tranquilo.
La crisis del PP se resolverá tarde o temprano. En el Congreso de Valencia o cuando vayan cayendo elecciones sobre el calendario y sobre la chepa de Rajoy. Pero si el PSOE reforma el Poder Judicial y la Ley Electoral a su medida, desde el más puro sectarismo, sin oposición, sin que nadie frene las tropelías que pretenden colocar en la Legislación española, ni la democracia, ni la igualdad recogida en la Constitución, ni, por supuesto, la unidad de España resistirán el envite. El PSOE se convertirá en el PRI y Zapatero gobernará por los siglos de los siglos. Pero Rajoy está tranquilo.
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