Opinión

La España suicidada

Ignacio Fernández Candela | Lunes 16 de marzo de 2015
Existe un país de tragedias calladas sin salir de nuestras fronteras: trescientas personas se suicidan al mes en España. A propósito de este silenciado exterminio que empuja al límite de la resistencia a tantos españoles olvidados, trascribo un discurso perteneciente a una de mis novelas ambientada en tiempos apocalípticos allá... por el ya nada lejano 2019. El personaje encarna el hartazgo visceral ante un mundo que se desenmascara y muestra la realidad maligna que ya no disimula. Derecho al... suicidio

"Admitamos que una vindicación así posee algo de sensacionalismo por lo escabroso de la determinación que manifiesta. No lo es tanto mirando este orbe falaz, envidioso, desagradecido. En realidad lo sensacional es este mundo de inmundicia que va mostrando la cara real tras la que se develan las intenciones de un sistema donde solo somos cobayas. El suicidio debería ser ese derecho a decir basta y esquivar a tantos majaderos del infierno que convierten en imposible vivir bajo las imposiciones egoístas de una minoría.

Matarse ha de ser una liberación frente a la manada carroñera de esta organización social conformada de salvajes parásitos y delincuentes excusados tras leyes y mandamientos para esclavizar a los honrados. Matarse debería ser una opción en vez del lento homicidio del alma que se practica con el fin de ser útiles a un grupúsculo de canallas apestosos que deberían estar enterrados para la liberación de quienes los soportan.

En vez de matar, matarse desertando de este ejército de diablos conchabados en esto que se llama Sistema donde nada es honorable y asoma la basura por encima de esas dignidades inexistentes... nadie parece ser lo que simula, en realidad aún deberíamos descubrir qué clase de iniquidad los inspira para saber la dimensión real de sus hediondas existencias. Ya no sospechamos; sabemos. Pero no confundamos la sapiencia con la apariencia. No soy antisistema, no soy oportunista que quiera imponer una dictadura para ganancia propia denunciando las injusticias que me importan un rábano. Parásitos a la espera de dar el zarpazo radical siempre han existido cuando un país libra sus contiendas ante una crisis. Ese cinismo se lo dejo a otros sin escrúpulos. Es preferible marchar callado que desgañitarse en un atril para engañar a incautos.

La zancadilla taimada y disimulada de los mediocres, el abuso laboral, administrativo, fiscal, jurídico, se conforman como orden del día. Los Derechos Humanos son una patraña para excusar las obligaciones, las imposiciones de unos dementes codiciosos que visten togas, trajes ejecutivos, esgrimen siglas políticas siendo hijos de Satanás que dicen trabajar para el colectivo, cuando son defensores de la exterminación llegado el momento en que los ciudadanos no pueden ofrecer más allá de sus sacrificios. Multas, embargos, persecuciones judiciales en nombre de una ley pútrida, acoso por deudas en tanto se subsanan las deudas de quienes acosan. Así reorganizar el sistema depredador para dejar en indefensión a los pobres ciudadanos retorcidos sin piedad en sus resistencias morales, sociales, económicas , familiares y personales. Por eso el suicidio debería ser la solución para que se aprovechen de sus inmundos congéneres en vez de sacar los hígados a quienes importan un cojón ajeno.

Son tan hijos de rata que pretenden convertir en delito el derecho a elegir no soportar más sus presencias que hieden a corrupción. Reivindiquemos pues el suicidio para que estas rémoras no se aprovechen más de la gente honrada. Al fin y al cabo muchos son los que se suicidan con el acuerdo tácito de los que silencian estas tragedias, no sea que cunda la inteligencia determinante y se queden sin elementos a los que explotar. Ya que no puede triturarse a esta escoria de oportunistas que se encargan de llevarse el pastel sin repartir nada, elijamos la muerte voluntaria para dejarlos con tres palmos de narices, provocar un corte de mangas contra la yugular de estas bestias de la avaricia y huyamos de estos engendros de Satanás que pretenden nuestras vidas para la explotación infame con las cuentas económicas que sostienen a sus familias de rastreras genéticas.

Viva la muerte liberada, la que libra de un día más aguantando a esta inmunda calaña problemática de hienas, buitres y serpientes que viven tan bien a base de la supervivencia al límite de la mayoría. Muerte justificada porque quitándonos de en medio estos hijos de mala madre pierden la ocasión de seguir explotando el cuerpo, la mente y las miserias a las que nos abocan. Una vez muertos, escupan la rabia de la impotencia de no poder perseguirnos, riéndonos de sus burdas patrañas legislativas, judiciales y ejecutivas. A ver quién persigue el delito del suicida que está harto de aguantar gentuza tan digna. A la mierda la justicia humana del fingimiento, esa que de ciega solo tiene el ano de los que se sientan en sus poltronas para dar parcialmente, la imparcialidad es un engaño, por culo a los demás. Muerte como vida y cuando estos sarnosos caigan en las garras de la Parca, tengamos el derecho de arrancarles a dentelladas el alma, para recordarles la barbarie de las viles existencias terrenas que brindan al demonio de sus nauseabundas parasitaciones. Quiero el derecho de la muerte y que les den por saco."

Por supuesto, el personaje, visceralmente indignado,-cuando se protesta sin considerar la llegada de un nuevo día, el verbo es afilado y la contención evitable- vive hasta que es exprimido por esa explotación sin piedad de la que pretende huir. Como la vida misma, también.

Finalmente, como contrapunto al coraje que se blande al límite del ánimo, lejos del derrotismo la novela reivindica una verdad que implica gran humildad, sencilla y consistente, más allá de la destructiva soberbia del poder humano, porque siempre ha de quedar la magnánima esperanza del espíritu por encima de la mundana farsa social.

Mi novela es ficción en el discurso pero exacto reflejo de una realidad que trasciende con acerbo y pragmático silencio, en tanto cada mes trescientos seres humanos optan por quitarse la vida ante la barbarie civilizada que los desatiende. Desgraciadamente, este número de condenados al ostracismo de la desesperanza aún aumentará si el instinto de supervivencia dicta la derrota inmisericorde a la que aboca tanta hipocresía.

Trescientas exterminaciones personales al mes se silencian en una España desesperada que ignora sus tragedias. Modos de poner fin a todo hay muchos. Unos eligen irse solos en tanto otros intentarán el suicidio ante las urnas votando Podemos a pesar de las advertencias venezolanas de crimen, ruina y aniquilación. Porque en nuestra democracia imperfecta existen papeletas que funcionan como instrumentos de terroristas inmolados, cientos de miles de autodestructivos indignados buscarán el suicidio colectivo de un país.

No debería extrañar el instinto de esa autodestrucción si antes sucedió con el zapaterismo. Ahora reivindican dar la puntilla y por eso el listo Pablo Iglesias recluta en el PSOE a los mismos que llevaron a la ruina un país en siete años, candidatos capaces de arrastrar a sus poco escarmentados votantes del socialismo. Algún electorado olvida pronto las culpas de las erradas decisiones e implica a los demás en los impulsos suicidas. Eso sí que tiene pecado y debería conllevar penitencia.

Se contabilizan discretamente trescientos suicidios mensuales que pueden ir a más, pero al día de hoy no todo es desgracia. Afortunadamente, los seis grandes de la banca ganaron el año pasado 10. 500 millones de euros, un 34% más de beneficios respecto al ejercicio del 2013 y la DGT recaudó casi 400 millones de euros a base de exprimir las constantemente saqueadas economías familiares. Y solo a cambio de la vida de unos miles de personas deprimidas; un balance excepcional con tendencia a mejorar.