Juan José Solozábal | Martes 17 de marzo de 2015
He visto dos veces esta película excelente que es Loreak. En la primera ocasión te llama la atención la capacidad del film, con un guión muy eficaz, para contar una historia intimista sobre la incomunicación en la vida cotidiana respectiva de dos parejas. Cuando Ane, que está a punto de entrar en una menopausia algo temprana, recibe en su domicilio flores que no manda su marido, insufla en su aburrida existencia un aliciente que patentiza el fracaso de su matrimonio. En realidad, como se cuenta en la película con intriga chabroliana, los ramos los envía un compañero de trabajo que no se identifica como admirador enamorado. Éste, Beñat, está casado con Lourdes y viven con el hijo pequeño de ésta, a los que visita ocasionalmente Tere (magnífica Itziar Aizpuru) que es una suegra dominante y metomentodo. Cuando llega la tragedia Ane creerá ver en Beñat el amor posible que no tuvo en su matrimonio y Lourdes, devorada por los celos y frustrada, traspondrá a Ane un rencor injusto por disponer de un amor que ella no identificó en su marido.
Se trata de personajes dolientes que llevan una existencia triste determinada por los malentendidos, los prejuicios y el silencio del aislamiento: gentes que no encajan y que, incomprensiblemente, pues tienen buena pasta y no están privados de las condiciones materiales para llevar una buena vida, están sumidos en el tedio y el desamor. Los personajes están servidos, principalmente, por tres excelentes actrices, cuya insatisfacción se subraya muchas veces por una muy eficaz utilización de primeros planos. Bellísima, Lourdes (Itziar Ituño).
Al lado del desamor está la tragedia de la muerte que llega de modo inopinado (verdaderamente nadie conoce el orden de la muerte, le tengo leído a Marías que decía Benet) y que permanece irremisiblemente en las vidas de los que quedan, que tienen que gestionar el peso del recuerdo (los nuestros solo mueren cuando los olvidamos, dice Tere), recurriendo simbólicamente, como hacemos con el afecto, nuevamente a las flores (Loreak en euskera, que es el idioma en el que felizmente está rodado todo el film). Las escenas necrológicas –la visita al cementerio que Beñat no quiere hacer con Tere en recuerdo del padre, la agonía mortal del protagonista masculino, el depósito de cadáveres, la clase de anatomía en la facultad de Lejona- son de una exactitud y veracidad pasmosas.
Están después, los exteriores: la autopista, omnipresente, que hiende el paisaje guipuzcoano; las carreteras interiores, donde se encuentra la muerte; las laderas verdes, con las ovejas paciendo; la pequeña ciudad del interior de la provincia, con la cafetería impersonal, donde se encuentra, un tanto absurdamente, Ane con su falsa suegra Tere; el paseo atiborrado de la villa; la concentración para celebrar(¿) el enlace de la autopista… Donosti, irreal y extraña, dibujada al lado del Urumea por la noche, con la oveja atropellada. La lluvia que no ceja… También las escenas de trabajo, muy bien organizado, que se desarrolla en condiciones de salubridad y eficacia, aunque la empresa de la construcción en la que se ocupan Ane y Beñat destroza un paisaje en el que, antes de llegar al fondo, en medio de edificios sin alma y amontonados, se ve un bello caserío de imponente planta tradicional.
Cuando se revisita el film lo que uno se pregunta es de donde mana ese ambiente plomizo, esa angustia y tristeza que enmarca las vidas de todos, con excepción quizás de Tere, que disfruta con su posición hegemónica, confirmada por la obediente hija soltera mayor, guardando las esencias del orden, reclamando que las cosas sigan como estaban, mejor dicho, como deben estar, que desaprueba el matrimonio de su hijo, introduciendo la discordia de éste con Lourdes, a la que margina y acosa , que además no parece dispuesta a compensar su hijo anterior, con uno de Beñat. Hay una severidad y una rigidez moral, casi luteranas o jansenistas, en todo el film, en el que no hay una sola ocasión para la sonrisa, que considero bien guipuzcoanas (no puedo menos de recordar los testimonios de la vida religiosa de la provincia de José de Arteche en sus recuadros o los orales de Joseba Arregi,) y que explican la intransigencia de ciertos comportamientos, y no solo en la vida social o espiritual (otros rasgos de esta firmeza son, en cambio, admirables, sea la consecuencia con las propias convicciones, la lealtad, o la seriedad).
Tal rigidez, que en la película lleva a la infelicidad personal de los protagonistas, produce el aislamiento y la aspereza de algunas actitudes políticas, determinando también el dogmatismo de las posiciones ideológicas. Bien mirado el microcosmos de esta película es la condensación parabólica de un mundo demasiado cerrado y opresor que no se identifica siempre, pero que queda patente en el excelente film de Jon Garaño y José Mari Goenaga.