Cada uno tiene sus propias razones para leer. Desde luego, en las escuelas y universidades uno de los principales motivos es la obligación a través de lecturas que serán controladas y que llevan a los estudiantes a leer. Hay quienes leen porque es parte de su trabajo, para estar al día, para generar mayores ingresos a través de su función profesional, para no quedarse fuera de las corrientes principales de su profesión. Están los que leen por moda, porque hay alguna obra que todos comentan, e ingresan a las páginas del libro para estar en dicha moda, aunque quizá nunca terminen el libro comenzado.
He leído ahora último con interés un libro breve y sugerente, titulado curiosamente La literatura es mi venganza (Barcelona, Anagrama, 2014). Se trata de un diálogo entre los escritores Mario Vargas Llosa y Claudio Magris, que ambos sostuvieron en Lima, Perú, bajo el título "Novela, cultura y sociedad". Felizmente hubo quienes pensaron que convenía dejar plasmada la discusión en forma de libro, para hacerlo accesible a más gente interesada en estos temas cruciales y que muchas veces quedan relegados en el maremágnum de acontecimientos que pueblan la vida cotidiana.
Vargas Llosa y Magris no sólo son dos grandes novelistas y ensayistas, sino que se destacan como lectores voraces, cultos, inteligentes. El escritor peruano ha reconocido que aprender a leer es lo más importante que le ha ocurrido en la vida, mientras el escritor italiano se refiere a las principales lecturas y autores que ha leído con una admiración que invita a seguir su senda.
El autor de La ciudad y los perros y Conversación en la Catedral ha hecho una reflexión interesante sobre lo que llama "la experiencia mágica de la lectura de ficción como una realidad", al señalar que "volvemos al mundo con una sensibilidad muy aguzada para entender lo que nos rodea, para descubrir mejor las jerarquías entre lo que es importante y lo que es adjetivo, y, también, con una actitud crítica". Es verdad, podríamos pensar, que Vargas Llosa no es un lector cualquiera, y que con seguridad sus lecturas son más profundas e inteligentes de lo que nosotros podamos hacer, pero también es cierto que eso no altera el tema de fondo planteado por el ganador del Premio Nobel de Literatura del 2010.
Sin embargo, la lectura personal, hecha en la soledad del hogar o en un viaje, lejos de condenarnos a una especie de alejamiento de la realidad, más bien podría acercarnos todavía más a reconocer a los demás, a involucrarnos con decisión en la vida social, a comprender que la sociedad política es también nuestra casa y nuestra obligación. Esto en parte se debe, como dice ahora el autor del Danubio, a una de las funciones sociales de la literatura, que no debe proponer programas determinados en lo político o ideológico, pero que sí debe "hacer sentir, experimentar esta necesidad aventurera de crear cada vez un mundo nuevo". Con ello, sabemos que la soledad de la escritura en el lugar propio donde el autor piensa y desarrolla sus historias tiene una importancia social que vale la pena considerar.
No es lo mismo leer una buena novela que reflexionar sobre el sentido de la literatura, como tampoco son equivalentes escribir un libro y pensar en el significado profundo de la escritura. Pero es algo que conviene hacer de tarde en tarde, sin perder lo esencial y sin distraerse en lo accesorio. La clave está en acceder a una obra literaria simplemente por esa sencilla pasión por la lectura, por el placer de sumergirse en una historia de la que pasamos a formar parte, de involucrarnos con los dolores y afectos de los protagonistas, para comprender un mundo que página a página se vuelve tan real como la vida misma, con la sutil y maravillosa realidad de la ficción literaria.
Es verdad que leer exige una determinación especial y también requiere un cierto esfuerzo, frente a otras alternativas claramente más pasivas, como podría ser ver televisión o realizar otro tipo de actividad. Pero también es cierto que después de un tiempo, a medida que leer se vuelve un hábito y la literatura se convierte en pasión, la situación cambia y nos transforma, desde la aventura de visitar una librería, escuchar sugerencias, leer comentarios sobre una obra, hasta la decisión de comprar la obra, o solicitarla en una biblioteca. Después, a comenzar la aventura, a leer el libro, a gastar horas y vivir la historia.
En otra parte de La literatura es mi venganza, Vargas Llosa señala que "las historias nos entretienen, nos divierten, nos producen placer, pero también nos educan para adoptar frente al mundo real una actitud censora". Es decir, la literatura tiene también una función de pedagogía cívica y nos anima a una actitud crítica frente a la realidad, así como nos enseña sobre la vida humana, con sus grandezas y miserias.
Quizá la literatura no sea propiamente una venganza, pero sí tiene algo de rebelión. Implica, desde luego, distanciarse de nuestra vida diaria y ser capaces de construir mundos nuevos. Ciertamente, son experiencias que no debemos confundir con la realidad, porque la hermosura no debe conducirnos a la locura. Pero sí debe llevarnos a una misión de colaboración social que no podemos dejar olvidada en un baúl de recuerdos, como manifestación pobre de un vulgar egoísmo.
La belleza de un libro, la grandeza de un escritor, la maravilla de una historia debe ser comunicada una vez que la conocemos. Quizá esa sea una aventura que esté esperando nuevos rebeldes en pleno siglo XXI, capaces de transmitir y multiplicar esas páginas que nos hicieron reír y llorar, que nos hicieron ser más plenamente humanos, que nos animaron a dar gracias por la literatura.