Opinión

Fortaleza del idioma gallego

Antonio Domínguez Rey | Martes 17 de marzo de 2015

El gallego pierde vida. El presidente de la Real Academia Gallega, Xesús Alonso Montero, hizo una declaración a finales de enero con título de eslogan exultante: “El gallego da vida, por la vida del gallego”. Respondía así a datos críticos que el Instituto Gallego de Estadística publicó a comienzos de diciembre de 2014. El informe “Conocimiento y uso del gallego” despertó en la sociedad culta gallega una alarma no exenta de frustración que adquiere matices de decadencia ante el retroceso de este idioma.

Solo uno de cada cuatro gallegos menores de quince años habla esta lengua. Y la generación siguiente, entre quince y treinta años, se inclina en otro tercio por el castellano. A su vez, del total de la comunidad galaica, que se aproxima a los tres millones de habitantes, habla gallego solo un tercio y además por boca de gente mayor de sesenta y cinco años. El idioma autóctono envejece sin renuevo.

Se sabe que mengua desde hace tiempo y de forma acelerada a partir de este siglo, el XXI, coincidiendo además con el auge de la democracia, la incorporación de España a Europa, la expectativa internacional del Atlántico y la consolidación oficial de la lengua gallega, además de económica. La Xunta de Galicia invierte sumas considerables de euros en la promoción idiomática. Aun así, el retroceso aumenta desde hace diez años en torno a un peligroso cinco por ciento. Y a pesar de las disposiciones legales y planificación lingüística iniciadas con la promulgación del Estatuto de Autonomía de Galicia en 1981, al que siguieron, para recuperar el dominio de la lengua, la Ley de Normalización Lingüística de Galicia, de 1983, matizada con un Plan General de Normalización de la Lengua Gallega en 2004 y, más reciente, un controvertido Decreto que afianza el plurilingüismo en la enseñanza no universitaria, de 2010.

A la presión ambiental del castellano en medios de comunicación, cultura nacional e internacional, se suma ahora oficialmente la demanda de una tercera lengua europea, el inglés sobre otras, en escuelas e institutos. Niños y jóvenes gallegos se ven, como en algunas comunidades autónomas, ante un reto trilingüe que incide, por razones sociales, políticas, culturales y económicas, sobre su régimen y expectativas de vida.

Una tarea que se convierte en carga y, a la postre, para muchos de estos ciudadanos, en impotencia y frustración. El aprendizaje de una lengua no autóctona o compartida requiere esfuerzo, incentivos, y medios que convierten a la cultura en recurso económico. El resultado es un bilingüismo asimétrico del cincuenta por ciento, punto arriba punto abajo, entre gallego y castellano. Esto sería incluso una esperanza, pero hablamos más bien de diglosia o dilingua, como denominó Alonso Montero a este fenómeno lingüístico en 1973 en un Informe Dramático sobre la Lengua Gallega. Un drama anunciado hace más de cincuenta años, pues se remonta a comienzos del siglo XX y se incrementó con la Guerra Civil española.

La frustración resulta evidente. Se crearon diversas entidades civiles, como la Mesa por la Normalización Lingüística, de 1986, o el Instituto Gallego de Estudios Europeos y Autonómicos, de 1987, entidades, éstas y otras, que reforzaron sus expectativas al amparo internacional de la Carta Europea de Lenguas Regionales y Minoritarias, de 1992, y especialmente de la Declaración Universal de Derechos Lingüísticos, de 1996, referencia casi común hoy día de tales iniciativas. No obstante, las tensiones políticas, muy acusadas en Galicia, quebraron el consenso de normalización de la lengua conseguido en 2004. Y la ruptura acrecienta el disenso social, de tal modo que la “norma” lingüística se ha convertido –lo fue casi siempre- en gonce de discordia y desencuentro en torno, por parte, a una y otra lengua, gallego y castellano, y por otra, a la única natural de Galicia. Es la más centenaria de todas las lenguas latinas, probablemente incluso milenaria desde un posible galaico prerromano.

Y la frustración carga, con razones no siempre válidas, pero sin duda ciertas, contra la hermana, si no, para algunos, proahijada lengua castellana. No contra la lengua de Castilla en sí, más bien frente a quienes la impusieron dejando languidecer al gallego secularmente. Dicen algunos que… ¡desde los Reyes Católicos al partido actual de Gobierno autonómico! Una decadencia de más de cinco siglos tras resistir sus costumbres, usos, habla y normas a la invasión romana; convertir la lengua en flor medieval de los siglos XIII y XIV bien avanzado, donde el gallego era norma lírica de la corte castellana; resurgir - Rexurdimento- en el XIX, primer cuarto del XX y adquirir un asomo de recuperación histórica a raíz del Estatuto autonómico de 1981.

Visto así el panorama, debemos reconocer la fortaleza y resistencia del gallego a través de los siglos. Más sólido que quienes lo manipulan, pretieren u oficializan por razones de voto. Una pulsión noroccidental, la más extrema, de la Europa latina, y con ramificaciones históricas en América a través de Portugal y el mar Atlántico, como el castellano. Solo por esto, el idioma gallego debiera ser declarado patrimonio de la Humanidad, aunque tal título lo confirmara peligrosamente como recinto histórico. Hay iniciativa al respecto.

El mejor complemento suyo sería revitalizar el ánimo que Alonso Montero pide en la declaración académica y transmitir esta herencia histórica como tesoro que promueve vida, con sus propias palabras. Y aquí tocamos la cuestión de fondo. La sociedad galaica está desvitalizada. Carece de ilusión. Impide incluso que crezcan brotes nuevos. No acierta a asimilar el reto europeo, la ayuda millonaria y estructural de Europa, desde la entraña de su vivencia a través del Camino de Santiago, la primera red de globalización europea. Y el desánimo es mengua de espíritu civil a pesar del reconocimiento de la Catedral de Santiago como patrimonio de la Humanidad. Las torres y edificios colindantes ya no señalan altura de miras sino reclamo económico en forma de turismo. Y a su sombra siguen mercando y medrando políticos, académicos, prestes, lingüistas, los pocos que quedan, comercios, restaurantes, servicios. Por una razón simple. Lo que está en crisis, como en el resto de España, son las raíces del Humanismo. Y de esto no se salva ni el castellano, a pesar de su expansión, que es americana.

El reciente reclamo de la Confederación de Empresarios de Galicia a la Consejería de Trabajo de la Xunta confirma lo dicho. Pide que suprima toda referencia al gallego en los cursos establecidos para gente en paro y con subvenciones millonarias. La oficialidad del idioma se ha convertido en muro económico. Galicia, sí, gallego, no, euronean sin escrúpulos. Tampoco inglés, evidentemente. Ergo, la culpa la tienen…, ¡los Reyes católicos!

En 1997 propusimos a la sociedad gallega afrontar este reto con el cambio de siglo y recuperar la entraña histórica del gallego en el entorno europeo de España y su irradiación en América. Creamos una Asociación Internacional cuyo objetivo era fundar, como centro de referencia, una Universidad Libre Iberoamericana en Galicia (AULIGA). Suscribieron la propuesta intelectuales gallegos de prestigio, entre otros el actual presidente de la Real Academia Española, Darío Villanueva, entonces rector de la Universidad de Santiago. Colaboró en él también el actual presidente de la Real Academia Gallega, antes citado. Y se lo expusimos por carta en el año 2000 a la Casa Real. Contábamos con la anuencia de importante representación de Portugal y suscitó interés en Brasil y París. Hemos hablado de ello varias veces en otros artículos de El Imparcial. El gallego puede reavivar sus raíces en un horizonte renovado e inédito de iniciativa sociocultural, lingüística, política y económica que trascienda las divisiones intestinas desde la riqueza que, como lengua, atesora. Un horizonte de koiné bien estructurada transforma la diglosia e inyecta savia al organismo que toda lengua es en cuanto forma de vida.