Opinión

Memorial de transiciones

TRIBUNA

Juan José Laborda | Jueves 19 de marzo de 2015

Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona (1939) ha escrito y publicado un libro cuyo título es: “Memorial de transiciones (1939-1978). La generación de 1978.” Por su contenido y por la calidad de su estilo nos encontramos ante una obra extraordinaria, y pienso que su lectura servirá para iluminar nuestro pasado, ahora tan necesitado de juicios objetivos.

Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona fue un activo participante en muchos de los proyectos políticos y culturales que surgieron en España desde 1956, la primera de las transiciones que él registra en su libro. Ese año, muy marcado por importantes acontecimientos internacionales (las crisis de Hungría y de Suez, entre otros), en nuestro país fue el inicio de una época caracterizada por dos factores: una nueva generación de jóvenes que, en general, no habían participado en la Guerra Civil, y simultáneamente, miembros de esa generación convirtieron la Universidad en un ámbito de protesta y de resistencia al régimen de Franco, como fue la experiencia del propio Juan Antonio Ortega.

La segunda generación que el autor señala es la de 1968, coincidente con las protestas y revoluciones que sucedieron en Estados Unidos, México, Francia, Alemania, Checoslovaquia y en otros muchos lugares; en esa ola de cambios sociales, culturales y políticos se sitúa el movimiento democrático universitario en España, que se inserta dentro de un ciclo de condujo a la tercera de las transiciones, la que el autor califica, con acierto e inteligencia, “la generación del 78”.

Juan Antonio Ortega, que profesionalmente fue letrado del Consejo de Estado (aunque también tuvo responsabilidades en empresas privadas), desempeñó cargos políticos en varios ministerios en los años de la Transición, llegando a ser ministro de Educación en el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, puesto en el que intentó un gran pacto educativo, que fue imposible al fragmentarse la UCD, el partido que lo sustentaba.

“Memorial de transiciones”, además de un relato analítico de las tres “transiciones”, es un libro de memorias, apoyado en una gran cantidad de documentos, y a la vez es una descripción de los paisajes geográficos, sociales, culturales y políticos de España, entre 1939 y 1978. El lector descubre hechos desconocidos de nuestra historia de los últimos setenta años, pero también recuerda cosas olvidadas, pues el autor consigue trasladarnos al pasado con la maestría de un novelista clásico, creando para el lector un fresco realista de la evolución de nuestro país, en el que no faltan, junto a personajes fundamentales como Franco, Ruiz Giménez o Suárez, las películas, las canciones, las modas, las costumbres, los prejuicios, y todos esos signos de una época tan inolvidable como increíblemente recordada por su penosa anormalidad. El libro te engancha como una adicción, produciéndote a menudo melancolía, irritación y risas sin interrupción.

Juan Antonio Ortega narra sus experiencias en proyectos políticos y culturales de aquellos años, desde la revista “Cuadernos para el diálogo”, pasando por el grupo democristiano denominado “Tácito” (“un grupo de “semi-oposición” en el Régimen para llegar a ser más adelante un “proto-partido” de la oposición “alegal”, según cita Ortega a Charles Powell), hasta su papel fundamental en la creación, triunfo, crisis y disolución posterior de la UCD.

Las páginas que dedica a estos hechos no sólo aporta nuevas perspectivas para comprender por qué no arraigó un partido demócrata-cristiano en España, sino que también nos permite conocer mejor las causas del estallido de la UCD, el tránsito de liderazgo cuando éste pasó de Adolfo Suárez a Leopoldo Calvo-Sotelo, y las personas de ese partido que estuvieron -como él mismo- en lo más profundo de la dramática crisis partidaria -con un intento de golpe de Estado en el momento clave de ese tránsito de liderazgo gubernamental—.

El interés de su relato y análisis se acrecienta pues la figura de Manuel Fraga Iribarne, que está siempre presente desde la primera transición, la de los años 50, se hace más presente aún durante la descomposición de la UCD, y esa circunstancia será decisiva para los acontecimientos futuros de nuestro sistema político, y aún de España.

El libro de Juan Antonio Ortega, aunque su lectura es gozosa, abre espacios para la reflexión, y no son únicamente los que dedica a aquellos tiempos de la UCD, pues sus consideraciones finales sobre la crisis que padecemos ahora mismo son una llamada serena a no olvidar los aciertos de nuestra historia reciente : “¿puede aportar algo la Transición?” -se pregunta Juan Antonio Ortega-: “Creo que sí -responde-: el método y el ejemplo para resolver conflictos mediante la cooperación, el diálogo, la transacción y las cesiones recíprocas.”

Recomiendo vivamente la lectura de ese libro. Su autor ha buscado en sus recuerdos, en sus notas y escritos personales, en los documentos públicos y privados que emplea, la verdad, un objetivo del buen historiador, que conlleva un compromiso moral o ciudadano. Aunque Juan Antonio Ortega fue un político de partido, mantuvo siempre la independencia en sus decisiones fundamentales, aquéllas que afectaban al Estado y a la sociedad. Al comienzo del “Memorial de transiciones”, cuando recuerda que ayudaba “a misa y a bodas”, y “con suerte, al final te caía alguna medianoche o dulces del festejo”, el autor escribe, como de pasada, lo que sigue: “Después nunca volví a ejercer de monaguillo o acólito de nadie, en detrimento de mi carrera política”. Muchos nos identificamos con él y con lo que él llama la gran Transición, pero sin dejar de pensarpor eso en nuestro futuro y el de la generación de nuestros hijos.