Opinión

Túnez, Yemen y la extensión del EI

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 21 de marzo de 2015

Esta semana ha habido dos atentados terroristas que revelan la inquietante expansión del Estado Islámico por la región del Oriente Medio y el norte de África.

El primero fue el del pasado miércoles en Túnez. El atentado contra el Parlamento y el Museo del Bardo causó 19 muertos -17 de ellos extranjeros, incluyendo a dos españoles- y todo parece indicar que los terroristas se entrenaron en Libia, donde el Estado Islámico opera aprovechando el caos que vive el país desde la caída del coronel Gadafi.

El segundo fue este viernes en Yemen. Dos terroristas suicidas se hicieron estallar en sendas mezquitas chiíes de Saná. Alguna información añade un segundo terrorista suicida en una de ellas. Los dos atentados han dejado un saldo total de 147 muertos –les pido que se detengan un momento a considerar la cifra- y la conclusión de que la guerra en Yemen está lejos de concluir. La victoria de Ansarullah (la organización armada chií integrada en su mayoría por los huthi) sobre los suníes es precaria y no se extiende a todo el país. Los chiíes controlan el norte y la capital pero el resto del Yemen se resiste. La antigua Arabia Feliz es hoy un caos donde la violencia entre las dos grandes ramas del islam es imparable. Teherán y las monarquías del Golfo libran una guerra fría sobre el suelo yemení cuyo resultado es incierto. Por lo pronto, el Estado Islámico ha reivindicado los dos atentados suicidas de Yemen haciendo buena la sospecha de que las derrotas en Irak –por ejemplo, la reconquista de Tikrit por el ejército de Bagdad y sus aliados iraníes- no han mermado su capacidad de exportar el terror.

En las últimas semanas, el Estado Islámico ha ampliado su teatro de operaciones a Nigeria, Libia, Yemen, Túnez y Egipto, donde la Península del Sinaí es un foco de inestabilidad. El juego de las alianzas y juramentos de lealtad a Al Baghdadi por parte de sucesivas organizaciones terroristas –Boko Haram entre ellas- contrarresta los mensajes triunfalistas del retroceso de los yihadistas suníes en Irak. Los esfuerzos combinados de la coalición internacional liderada por Estados Unidos, el ejército iraquí, los peshmergas kurdos y la Guardia Revolucionaria iraní –el siniestro Pasdarán, que ha desplegado efectivos de la célebre unidad Al Qods al mando del general Soleimani- han detenido el avance yihadista sobre Irak, pero no han mermado sus esfuerzos propagandísticos hacia el exterior ni su expansión territorial más allá de su fronteras. En la pugna por el liderato en la yihad global, el Estado Islámico parece ser el futuro mientras que Al Qaeda e incluso organizaciones como Hizbolá parecen quedar ancladas en el pasado. Esto no les resta capacidad operativa ni peligro. Todas son peligrosísimas. Sin embargo, el ímpetu que en la primera década del siglo tuvo Al Qaeda parece haber cedido ante el avance de estos terroristas que combinan el terror urbano, la política talibán, el combate en campo abierto y la propaganda en redes sociales con una planificación y unos recursos ingentes.

El Estado Islámico solo podrá ser derrotado por musulmanes. Las intervenciones internacionales tendrán que contar necesariamente con los países islámicos que sufren su amenaza. La lista crece cada semana y hace extraños compañeros: el gobierno de Al Sisi, el régimen de Asad, la Revolución Islámica de Irán, la monarquía jordana, la República de Túnez, lo que queda del caos libio y los huthi mientras mantengan el control de la capital yemení y el norte del país. Súmenles los kurdos, los cristianos que resisten, los chíies del Líbano encuadrados en Hizbolá, las tropas occidentales integradas en la coalición y las distintas facciones del conflicto sirio y verán hasta dónde llega el laberinto de Oriente Medio y el norte de África. De Nigeria ni les hablo. Sin la participación de los países islámicos, será imposible vencer a Al Baghdadi.

He aquí la principal fuerza del Estado Islámico: sus rivales están desunidos y, a su vez, tienen enfrentamientos bilaterales (los iraníes con los suníes de Irak, Hizbolá y Asad contra la oposición no yihadista). Las mutuas desconfianzas y los enfrentamientos en otros escenarios impiden construir una gran coalición. Hay esfuerzos combinados pero parecen insuficientes. Los retrocesos en Irak van unidos a la extensión del terrorismo a otros países.

Europa –y, en general, Occidente- puede desempeñar un papel importantísimo en el apoyo a los países islámicos en su combate contra el Estado Islámico, pero no puede sustituirlos. Las guerras de Irak y Afganistán enseñan la lección de que no basta vencer en el campo de batalla sino que hay que ganarse la legitimidad y, en el Oriente Medio y el norte de África, el elemento religioso es crucial. Al Baghdadi y sus asesinos deben ser desautorizados y derrotados desde el mundo islámico, no desde fuera.

El problema es que, como recordó Benjamin Netanyahu en su discurso en el Congreso de los Estados Unidos, cuando se trata del Estado Islámico “el enemigo de tu enemigo es tu enemigo”.

Y ese problema tampoco puede soslayarse.