Opinión

Antídoto contra la agitación

TRIBUNA

Nacho López | Sábado 21 de marzo de 2015

“Existe una brecha o un espacio entre el estímulo y la respuesta. En el empleo de ese espacio está la clave de nuestro crecimiento y nuestra felicidad”. Stephen Covey

Empecemos poniendo varios ejemplos de situaciones cotidianas incómodas o desagradables en las que resulta crucial la gestión de ese espacio que hay entre estímulo y respuesta, entre acción y reacción:

1- Unos amigos le han invitado a una cena en su casa junto a otras 8 personas. Después del primer plato, un invitado que no conocen pregunta al resto su opinión sobre un nuevo partido político, cada vez más popular, que se presenta a las elecciones en Mayo. Al principio usted prefiere no intervenir y se limita a escuchar las opiniones de los demás pero, en un momento determinado, otro invitado alega con vehemencia que el partido en cuestión es la única alternativa política sensata y que el resto, los otros partidos, están llenos de egoístas, dementes y ladrones. Por último añade que aquellos que les votan también comparten alguna de estas tres cualidades.

2- Hace 4 años invirtió todos sus ahorros en un fondo que invierte en La India y lleva acumulado un beneficio del 145%. La inversión fue meditada, estudiada y muy acertada. Por caprichos del destino, el banco en el que tenía contratado el fondo ha sido intervenido por posibles delitos financieros y no puede liquidar el fondo ni cambiarlo de banco. Sus ahorros están congelados por orden del estado.

3- Siempre ha sido una persona deportista. Jugaba al baloncesto, al fútbol y al tenis, esquiaba, corría y se apuntaba a cualquier tipo de deporte. Se sentía muy bien cada vez que tenía un partido o compartía una actividad física con sus amigos, era su mayor satisfacción en la vida. De repente un día, jugando al tenis, empieza a tener pinchazos y un fuerte dolor en sus rodillas. Al poco tiempo le comunican que sus cartílagos están muy desgastados y que es normal que se resientan. El médico le prohíbe hacer más deporte y también le dice que tiene usted mucha suerte de poder seguir andando. Le invita a andar (o a nadar) todo lo quiera, siempre y cuando no fuerce las rodillas, y no suba o baje escaleras ni pendientes pronunciadas.

¿Cómo afrontarían cada una de estas circunstancias? ¿Con rechazo, con rabia, con resignación? ¿Creen que se agitarían mucho? ¿Creen que duraría mucho el malestar? En estas situaciones, ¿qué serían capaces de hacer para ‘templar’ su estado emocional?

Todas estas preguntas en realidad ya tienen respuesta. Si hacen un poco de memoria estoy seguro de que han presenciado escenarios parecidos o incluso peores, la vida no da tregua y nos pone a prueba una y otra vez.

Existió una vez un brillante científico que tras varios años estudiando la naturaleza de la mente hizo un importante descubrimiento: 1) Toda la información que recibe la mente a través de los sentidos (cada visión, sonido, sabor, olor o sensación táctil), provoca una determinada sensación en el cuerpo. 2) Cualquier emoción, recuerdo o sentimiento agradable o desagradable, siempre viene acompañado también por una sensación en el cuerpo. 3) Son esas sensaciones en el cuerpo (y NO la situación que las ha provocado ni la emoción o recuerdo que las acompaña) lo que nos hace reaccionar de manera ciega y automática. Reaccionamos a las sensaciones del cuerpo. Y lo hacemos de manera continua a lo largo de nuestras vidas, sin ser en absoluto conscientes de ello. Es decir, cada vez que oímos o vemos algo, cuando olemos, probamos, sentimos o pensamos en algo, se producen reacciones químicas interiores que nos hacen sentir bien o mal. Cualquier cosa que entre en contacto con los sentidos o nos haga pensar en ello produce una sensación y, por naturaleza, queremos que las malas sensaciones duren muy poco y que las buenas duren para siempre, pero resistirse al dolor y apegarse al placer nos produce aún más agitación, así es nuestra biología. El cerebro nos ayuda en muchos sentidos pero ‘lo sufrimos’ en muchos otros.

Los deseos y los anhelos más fuertes son creados por nuestra mente y no por nuestra biología. Para que sirva como ejemplo,el hambre sería la necesidad fisiológica básica, el apetito el deseo virtuoso y equilibrado y la gula la necesidad perjudicial y adictiva que surge para calmar una agitación generada en nuestra mente y no por nuestro cuerpo. Con los vicios, las obsesiones y las adicciones en el fondo lo que deseamos es ‘parar de desear y dejar de tener tensión’, estar tranquilos y satisfechos.

Hay una actividad que puede ayudarles a disminuir sustancialmente la agitación que sufren con casi cada ‘estímulo’ externo e interno. Esta práctica también reduce la ‘tensión penosa’ de la que hablaba Erich Fromm, es decir, la necesidad de satisfacer vicios o adicciones aparentemente placenteras pero nocivas, para nosotros y para los que nos rodean. La actividad de la que hablo es la capacidad de observar las cosas tal y como son, sin juzgarlas y sin apegarnos a ellas, para bien o para mal y en la medida de lo posible. Prestar atención y darnos cuenta de que todo cambia, de que nada permanece, y de que no hay nada que podamos hacer al respecto. Ejercitar y cultivar la capacidad de controlar el secuestro emocional al que nos vemos sometidos casi todos los días para no reaccionar como casi siempre. Dicha actividad no es otra más que la meditación, y es una poderosísima técnica que inventó el Buda, el ‘brillante científico’ que mencioné antes. Les invito a probarla. ¿O prefieren seguir como hasta ahora?

"La vía más eficaz para destruir las ideas no es reprimirlas sino ignorarlas". Ursula K. Le Guin, 'Los desposeídos'.