Premio Biblioteca Breve 2015. Seix Barral. Barcelona, 2015. 280 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9, 99 €
Por Carmen R. Santos
Las relaciones paterno-filiales dan mucho juego. Están pobladas de historias, repletas de amor, pero no menos de conflictos, incluso de odio, que merecen, que en muchos casos casi exigen ser contados, transmutarse en literatura. Literatura sugerente y apetecible. Como es La isla del padre, de Fernando Marías, que se ha alzado con el Premio Biblioteca Breve de este año. Un libro que se adentra en el amplio territorio de la autoficción para sumergirnos en un relato que busca en el pasado las claves del presente y en el que lo real y lo ficticio revelan su cercanía. Lo importante es comprender en una rememoración cargada de lucidez y no exenta de nostalgia.
El 16 de febrero de 2009, el narrador recibe la llamada de su hermana, Ana, que le comunica que su padre, Leonardo Marías Barreras, de ochenta y nueve años, había sido internado de urgencia en el hospital. El diagnóstico es de gravedad y le vaticinan pocos meses de vida. Fernando acude desde Madrid hasta su Bilbao natal y en una de las visitas a su padre este le dice: “Un día, en cuanto salga del hospital, subimos tú y yo al Pagasarri”. El comentario es para Fernando “un hachazo emocional seco y limpio” que, de alguna manera, actuara como la magdalena proustiana que se reactiva al producirse, cuatro años después, la muerte de su progenitor.
Tras esa muerte, Fernando Marías explora en una doble dirección: “Concretar en un puñado de líneas lo que sabemos de las personas que amamos es un interesante ejercicio de escritura, pero, también, y ante todo, un involuntario autorretrato. Las palabras que elijo para contar quién fue mi padre cuentan en realidad quién soy”. En el comienzo de su celebérrima Carta al padre, apunta Kafka: “Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo”. En la novela de Marías, se nos habla de un “Miedo Mutuo”, diferente al que sentía el autor de La metamorfosis hacia su padre.
Porque Marías no puede olvidar la demoledora pregunta que hizo de niño cuando Leonardo Marías vuelve de uno de esos largos viajes como marino mercante para conocer a su hijo, a quien solo había visto recién nacido: “¿Quién es ese hombre?”, pregunta el pequeño, a lo que su madre responde: “¡Es papá…!” Su reacción no es correr a abrazarlo: “En vez de eso le di la puntilla sin dirigirme siquiera a él; hablándole, desinflado y entristecido, a mi madre: ¿Y se va a quedar?”.
Descubrimos así dos personalidades en una intensa y emocionante narración a corazón abierto. Triste y jubilosa a la vez, con esa escena que hiere: “¿Y se va a quedar?”, pero también con la presencia consoladora de su padre, a su lado durante toda la escritura del libro: “Así lo prometió ante la muerte, o así sentí yo que lo prometía. Nada importa lo demás. Ahora sé que se va. Era el trato”. En realidad, juntos han vuelto a subir al Pagasarri, la cima más popular de Bilbao, “isla nuestra del tesoro, de la ofrenda, del secreto”. Literatura, buena literatura, como cauterio.