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José Pazó | Domingo 22 de marzo de 2015
“Paris era una fiesta”, dijo Hemingway. También dijo, “Paris es una fiesta que nos sigue”. Es difícil evaluar el peso de estas palabras en el inconsciente mundial. París, en guerra, era una fiesta. Mediante esa frase, se convirtió en un jardín del amor, del arte y del sueño que todavía encandila a Woody Allen o a los miles de norteamericanos que siguen viajando alguna vez en su vida allí para tener un pequeño papel en aquella fiesta del pasado. O se entierran allí, como Susan Sontag, para estar más cerca de la fiesta eterna.
Bueno, pues Madrid también fue una fiesta. Lo fue durante la transición. Todavía recuerdo, en 1977, ver bajar un coche Serrano abajo, soltando por las ventanillas panfletos de algún partido político que se preparaba para sus primeras elecciones tras muchos años. Era una tarde de primavera, y los papeles formaban una nube blanca llena de ilusión. Era el confeti de los sueños, el final de una guerra. Madrid era una fiesta. El coche, con una cara sonriente, una melena rubia al viento, y un brazo asomando por la ventanilla, avanzaba por el Viso hacia la plaza de la República Argentina, la plaza de los delfines para los que vivían cerca. En aquellos años, el Madrid moderno terminaba desde el norte más o menos allí, a la altura del Ramiro de Maeztu, del CSIC, y del entonces decadente edificio de la Residencia de Estudiantes. Más allá, hacia el centro, comenzaba el Madrid oscuro y gris del Franquismo: al pasar la Avenida de América, la sombra del Dodge 3700 de Carrero Blanco trazaba todavía una parábola sobre las cabezas, y poco antes de Goya, se dejaba a la derecha el café Roma, el avispero de los niños que todavía llevaban brillantina, camisa azul remangada, y conducían sus Bultacos con un brazalete rojo y negro (o rojo y amarillo) sobre la camisa. Y alguna niña con vaqueros ajustados detrás.
Madrid era una fiesta. En mi colegio, por aquellos años, céntrico y cetrino, los estudiantes de COU (o PREU no recuerdo bien) tiraron un día varios pupitres desde el piso más alto del pabellón nuevo en protesta por los exámenes de reválida que se acabaron eliminando. El aire estaba lleno de posibilidades. De esperanzas nocturnas y diurnas, canallas y oficiales, de ternos grises que desparecían, bigotitos cortos o estrechos que se borraban y coches negros que se iban al desguace. Lo moderno era tener un 2cv o un 4L de algún color básico, y ponerle adhesivos de flores o de algún animal encantador. Madrid era una fiesta que nos ha seguido hasta hace poco.
Hasta que se ha visto que los que protagonizaron esa fiesta, a pesar de los 2cv versión Charleston, en realidad se habían educado en otra fiesta anterior, la fiesta del tardofranquismo. Al llegar a esta dura realidad, una mano giró el interruptor de la luz, y la fiesta de la transición se quedó a oscuras. Luego se oyeron ruidos de vajillas rotas, algún grito femenino y secas voces masculinas. Y ayer, como quien dice, han comenzado las pesquisas para averiguar quién va a pagar los platos rotos. Porque la cuenta ahí está, en la bandeja, esperando a que alguien la recoja.
La transición me sumió en un estado de perplejidad. Era una perplejidad divertida, de esas que te pinta una sonrisa muda en la boca. Había noches, había fiestas, había droga introspectiva y delirante, había crepúsculos en salones llenos de libros, y conversaciones que se fundían con el alba, había sexo inesperado tras una esgrima de miradas en una barra bajo ritmos simples y letras alegremente saboteadoras de la cotidianeidad. Los que lo vivimos, o sucumbimos o mantuvimos la sonrisa perpleja y satisfecha hasta hace bien poco. Pero hace bien poco la fiesta cambió y las luces se apagaron.
Ahora, vagamos por una habitación oscura y silenciosa, como lazarillos en casa de mal amo. Sumidos en el silencio. A nuestro alrededor, hay sombras de corrupción, de engaño, de abuso, de ocultación. Es como si, en alguna tumba monumental pero escondida en los valles, una sombra se hubiera despertado y hubiera bajado a la villa, a intramuros, a llevarse el alma y el cuerpo de los seres sonrientes que allí habitaban. Mi vecino es un corrupto… ¿Mi vecino es un corrupto? ¿Lo es el cabeza de estado? ¿El presidente? ¿Los ministros? ¿Los nuevos candidatos? ¿Los opositores? ¿Los defensores de los ricos y de los pobres, de los rentistas y de los trabajadores? Ahora jugamos a las tinieblas, como antes de la transición, aunque yo, en silencio, me acuerdo con añoranza de aquel Seat 1430 que corría Serrano abajo con una nube de confeti detrás.
Un expresidente dice que no se debe excluir a los imputados de las listas, que los imputados son meros sospechosos o testigos, pero no culpables de nada. Otro, dice que hay que ir caso por caso. Otros, que la corrupción se ha convertido en un arma política y que no hay que hacerle caso, que está exagerada. Algunos, que pasa en todos sitios. Unos pocos, corren a Andorra a ver si llegan a tiempo de sacar algo. Otros pocos, dicen que allí tenían una herencia dickensiana, de un pariente rico y muy discreto. Los contables de los partidos miran sus anotaciones, pero de reojo miran hacia el principado pirenaico, o hacia Gibraltar, y susurran números y nombres. Con las luces apagadas, todas estas voces suenan raras, como si la vida se hubiera convertido en una obra de teatro experimental. Uno, en las tinieblas, encuentra una esquina y se sienta en el suelo. Se acuerda de que en Alemania un ministro dimite por haber plagiado una parte de su tesis doctoral. O de que, en Japón, una ministra lo hace por haber usado a dos escoltas para guardar su domicilio privado en vez del domicilio oficial. Pero aquí, en España, volvemos a jugar a las tinieblas. Una voz habla de la necesidad de transparencia, y yo pienso que sí, que lo ideal sería ser transparente, muy transparente. Como una medusa japonesa. Entonces alguien me pone la mano encima. Está muy oscuro. Me sobresalto, pero sigo en silencio. La transición ha acabado. Hay que volver a casa.