Ignacio Fernández Candela | Domingo 22 de marzo de 2015
Los andaluces eligieron su próximo destino jugándoselo a la carta del extremismo. Prefirieron dejarse engañar por la actual presidenta de la Junta que sopesar los muchos perjuicios y mínimos beneficios derivados de estos pasados cuatro años. Los votantes han justificado los malos modos de quien se quedó sin argumentos para defender una candidatura con mucho que esconder. El PSOE en Andalucía es caso perdido cuantas más elecciones acumula y gana.
No debería de extrañar la extrema soberbia que gastan algunos políticos ante la opinión pública considerando lo que se disfraza tras los semblantes agrios, los gestos severos y los desmentidos sin dejar hablar al contendiente dialéctico: corrupción encubierta. Susana Díaz es ejemplo clarificador de cómo reacciona un mediocre candidato cuando disimula la deshonestidad con la pose de la indignación sobreactuada y la displicencia. Acaso no solo pretendía solapar lo sabido durante el debate en la televisión española con Moreno Bonilla y Maíllo, siendo todavía más grave lo que está por saberse dada la desastrosa gestión en la comunidad andaluza que tiene por imputados a Griñán y Chaves. Porque una cuestión es la corruptela conocida y otra la que todavía no, la que es de aceptación generalizada en el lodazal de la Administración Pública que anquilosa la economía del país con chanchullos aceptados por unos y por otros en tanto no les pillen con las manos en la masa o en las tarjetas black, verbigracia. A saber lo que desconocemos después de tantas décadas con patente de corso autonómico, además.
Aun siendo la podredura generalizada, Andalucía se lleva de calle las corruptelas de muy alto nivel. Es representante destacada de esa fermentación que se desenvuelve en la cosa pública como un nido donde sustanciar las embrionarias parasitaciones que se preservan desde hace lustros favoreciendo a familiares, amigos y simpatizantes que roban a destajo a los engañados contribuyentes; los acosados fiscalmente por no desmontarse el chiringuito de carácter vitalicio, el remanente como causa primordial del desvalijamiento preponderante que impide una verdadera recuperación económica.
En Andalucía es evidente el cariz de putrefacción que describe la clase de ilegalidad facilitada por la Junta que está pringada de ere o cursos de formación, con la cierta sospecha de que el feudo síndico socialista se instauró durante décadas con la apoteosis actual del despilfarro, en detrimento de las prestaciones sociales para los andaluces que perdonan, sin embargo, el exabrupto político una vez más.
Rajoy ha perdido un primer encuentro con las urnas que no le favorecerán previsiblemente en próximos comicios. Porque si lo del socialismo andaluz es de vergüenza, existe una percepción desconfiada sobre la intencionalidad de cumplimiento del Partido Popular cuando vuelve a reivindicar un programa de regeneración económica de cara a las cercanas citas electorales. Bien se diría, a tenor de lo pasado estos tres últimos años de la legislatura popular, que el electorado ha sido el pretexto para mantener políticas beneficiosas de quienes ostentan el poder que no para los ciudadanos que han de votar por representantes de los que no se fían ni de su programa ni de la decencia para cumplirlo. Y así ha quedado demostrado en la pobre Andalucía-que se aferra a su perdición como una agonía perpetuada escuchando los cantos de sirena de los peores elementos políticos que puede elegir- que no hay fe en el optimismo marianista.
Por tanto, la culpa no es de los andaluces, erráticos y resignados que mendigan los favores de la Junta que se pregonan en mítines con refresco y bocadillo pagado o se condicionan con el descarado voto cautivo, sino también de un gobierno central incapaz de convencer en las próximas Autonómicas y, de no corregirse la equívoca tendencia, tampoco en las Generales con lo que conllevaría de incertidumbre para el panorama sociopolítico que nos aqueja en la actualidad.
Los ciudadanos viven mal. Más allá de la tímida mejora o del exultante optimismo de Mariano Rajoy lo cierto es que la ciudadanía no vive en primera línea los brotes de la recuperación sino que sobrevive en retaguardia económica, bajo una presión fiscal insoportable, en tanto comprueba con perplejidad que la Administración Pública sigue siendo la red de corrupción encubierta e intocable, el nido ponzoñoso donde se ocultan los verdaderos parásitos que lastran una recuperación económica real.
La deuda pública supera el billón de euros y sigue incrementándose por el lastre autonómico. Los datos positivos de empleo son insuficientes mientras existan colectivos castigados, como el de los autónomos, por una carga fiscal que convierte en inviable la posibilidad de subsistir en un entorno laboral mermado en demasía por las medidas abusivas de un Gobierno que no mira por las necesidades perentorias del trabajador. Se puede pedir sacrificios pero no mantener sine die las consecuencias de tanto esfuerzo poco gratificado. Esa es la aprensión primera del votante que ve como desafío resarcirse en las elecciones contra todo tipo de imposición que ha soportado durante la última legislatura con un gobierno ajeno a los problemas, tanto de quienes les votaron como del resto de los contribuyentes maltratados por una represión continuada y lacerante y una absoluta falta de atención a los compromisos con los que se ganaron por mayoría absoluta unas Elecciones Generales.
El Partido Popular ha perdido en Andalucía lo que puede perder también en el ámbito nacional. Y eso no es culpa de Podemos, el partido oportunista de la radicalidad al que han dado alas con un reiterado incumplimiento de promesas electorales. Solo resta para próximas citas electorales una reacción o la penitencia. Penitencia... Andalucía acostumbra a cargar con ella, ahora rizando el rizo de lo temerario.