La pírrica victoria del PSOE, el trastazo del PP y la fulgurante irrupción de Podemos suponen que, como estaba previsto, el tablero político español ha dado un vuelco de consecuencias todavía imprevisibles. No se trata de la muerte definitiva del bipartidismo, pues las dos grandes formaciones todavía encabezan el apoyo de la soberanía popular. Pero su retroceso les obligará, en Andalucía hoy y probablemente en las generales en noviembre, a gobernar mediante alianzas que se antojan más que complejas, pues Podemos parece ser el único grupo que puede aportar suficientes escaños para formar Gobierno, aunque Ciudadanos también irrumpe con energía. Y el partido de Pablo Iglesias no aparenta ser un camino muy recomendable para el PSOE, pues supondría el suicidio de sus siglas y, como parece obvio, el PP jamás se acercará a los populistas.
Como ya se ha comentado hasta la saciedad, en Andalucía, si impera la sensatez entre los dirigentes del PSOE y del PP, Susana Díaz podría gobernar en minoría con la abstención o los apoyos puntuales del partido de Rajoy. Con el resultado de estas elecciones, sería la fórmula ideal para evitar que Andalucía se asome al abismo y lo mejor para frenar los letales ímpetus de Podemos ante las municipales y autonómicas de mayo y las generales de noviembre. Y, de paso, se inaugura la norma más democrática: permitir que gobierne el partido más votado.
Rajoy y Pedro Sánchez, por mucha urticaria que les produzca a ambos, están condenados a entenderse. Si, como parece más que probable, los resultados de Andalucía se repiten en las autonómicas y generales, solo esa alianza, más o menos tácita, entre los dos grandes partidos puede salvar la estabilidad de España. Y aunque hoy ha ganado el PSOE las elecciones, son los socialistas quienes de verdad corren el riesgo de esfumarse del mapa político español si se les ocurriera coquetear con el partido de Pablo Iglesias.
Con la desaparición anunciada de UPyD, Ciudadanos se ha estrenado con nervio y el previsible éxito del partido de Albert Rivera en las elecciones generales podría convertirlo en la tercera pieza del gran pacto de Estado, pues los comunistas de IU tienen los días contados.
La nueva era que se avecina en España no deja de ser una moneda al aire. Si cae de cara, puede servir para que los dos grandes partidos salgan de sus madrigueras, abandonen la prepotencia, se alejen de la corrupción y se dediquen a trabajar para lo que se les paga: servir a los ciudadanos, luchar por su bienestar y no por sus intereses partidistas. Si cae de cruz, hay que sacar, sin dudarlo un segundo, el billete, solo de ida, para Australia.